Nuestras celebraciones decembrinas, más allá del mercadeo, ofrecen unos matices sobre la manera en la que entendemos la vida, con claves que podrían ayudarnos a ir más ligeros de equipaje. El momento más oportuno para dicha meditación, no obstante, está por fuera de estos días entre la Navidad y el Año Nuevo. No, estas fechas están bien para el trabajo de campo, la documentación, el archivo y luego, con más calma, destapar las cajas y comenzar la curaduría que restaura, que toma venganza, que decide, que abandona o que construye. Esa ingeniería de los afectos que coloca en su lugar a las personas por sus gestos.
Sin embargo, es difícil, cuando se tiene por oficio la escritura, evitar que las luces, los mensajes, las redes sociales, la música, los regalos, no se nos cuelen entre las imágenes a las que deseamos apelar. Por esa misma razón, siento la necesidad de escribir sobre los fantasmas que se materializan en Nochebuena y en Nochevieja. Contamos con una amplia playlist que los nombra al recordarnos que no compartirán mesas ni brindis por hallarse lejos o porque han fallecido. Es precisamente sobre estos últimos, sobre los que quiero escribir.
A veces he necesitado un manual para organizar la alacena durante el duelo y lo que se me ha ocurrido quiero plasmarlo hoy. Quizá estas líneas puedan ayudar para que estas horas sean más serenas y así, aceptemos los dones con que los otros nos convidan a su alegría y, a la vez, corresponder con una chispa que avive la esperanza.
Perdonar
La evocación de nuestros muertos resulta tormentosa por falta de tiempo y silencio. No somos capaces de acallar ruidos externos y por eso escuchar la frágil voz interna se torna una tarea agobiante. Y, sin poder preguntar dónde y por qué duele, no iniciará el proceso del perdón. La borrachera no ayuda mucho, a pesar de que nos insistan en sus beneficios. La embriaguez exacerba los ánimos, los mezcla, les confunde el rostro. En cambio, es más beneficioso el armarse de paciencia, tomar el lápiz y la libreta para preguntarle a nuestros difuntos: ¿por qué me hiciste daño? A mí me dolió, no sé si te diste cuenta, pero cuándo…
Entonces, también es necesaria la imaginación: inventar la vida de los otros con los retazos que sabemos. ¿Repitieron con nosotros algo que ellos soportaron? ¿Fue su tosca manera de protegernos de algo que vivieron? ¿Fuimos su frustración, su batalla y su ilusión porque carecieron de esto y aquello?
El ejercicio también va de vuelta. Hay que reconocer que les hicimos daño y que fuimos, en muchas ocasiones, quienes les endilgamos tareas y modelos a nuestra necesidad de realización y no a la semilla que traían adentro. Si la soberbia no nos da para escuchar a quien sufre y no descendemos de nuestro podio, quizá leer los testimonios de las víctimas aceiten el aparato de la empatía.
Reparar
¿Qué podemos hacer para experimentar la misericordia? Si bien pedirla y concederla son tareas arduas, el verdadero reto está en percatarse de que ya no tenemos la atadura. Cargamos tanto tiempo el bulto que la liberación no se deja sentir frente a la costumbre y su registro en nuestro cuerpo. No solemos darnos tiempo para acariciar con bálsamo la cicatriz hasta que desaparezca.
El viaje, los regalos, los rituales, las sorpresas pueden bastar para no sucumbir entre bloques de rencor. También el atreverse, renovarse, ir a terapia e incrementar la actividad física, inventariar sabores y texturas, retomar aprendizajes, limpiar y sacar lo que ya cumplió su tiempo con nosotros pueden devolvernos dosis de confianza. El perdón es posibilidad, así que me imagino que nos sabemos reparados cuando, aún en la adversidad, seguimos explorando los sentidos, la memoria, la conciencia, la imaginación.
Agradecer
Nuestras redes están llenas de fotos. Así las borremos de nuestros perfiles, en el de otros seguiremos apareciendo. Apostemos por organizarlas, por usar herramientas sencillas para administrar nuestros álbumes y datar quiénes estuvieron allí, en qué fecha tuvieron lugar. Contemplar, detener la mirada, alivia. Incluso, por lo que una imagen denuncia de nuestras equivocaciones: las citas que nunca debimos cumplir, de quienes no nos supimos acompañar. Conservar puede ser gratitud, así como inventariar los matices del fracaso el primer paso para no volver a repetirlos.
Cuando ya no contamos con las personas a las que dirigíamos el cariño, la ternura, el amor, acoger el registro de sus rostros abre el espacio para retomar las conversaciones pendientes. Si vienen lágrimas, bienvenidas sean. El llanto suele desempañar nuestra atención: ayuda a fijar la vista en lo que realmente importa.
Continuar
La vida sigue, aun cuando experimentemos orfandad. Los compromisos no cesan con la muerte. Empuñar las banderas de una causa comunitaria, la solicitud de justicia, la investigación de la verdad, el derribar muros y tender puentes, la causa de la naturaleza, no pueden quedar saldadas en el dolor de la muerte y la enfermedad. Vale la pena apostar por la transformación de la ausencia en presencia efectiva. ¿Qué legado recibimos y queremos continuar? ¿Cuál es el gesto frente a la vida con el que honramos la memoria?
Una imagen
Desde que asistí a sus funerales, he pensado qué hacer con mi vida ya sin él. Las frases que he intentado hilvanar alrededor de esas cuatro acciones: perdonar, reparar, agradecer y continuar nacen de mis visitas a su tumba. Le deseo el cielo y oro pidiéndolo para él y para nosotros después. Intento simplificar su ejemplo y así imitar sus gestos sabios. Hay una parte de mi vida diaria en la que quiero que lo reconozcan y lo observen.
En la última Navidad que compartimos fue su deseo entregar un plato de natilla con buñuelos a los que fueron sus compañeros de trabajo. Conservo una foto de esa tarde. Sonríe. Está al lado izquierdo, en el centro la mujer que amó y al lado derecho está una amiga de casa, de esas que amplían la familia. Ella sostiene la canasta lista con los platillos a repartir.
Así, como él, espero mi propia hora. Todo lo que he escrito no ha sido más que una canasta para acompañar las existencias de quienes han compartido trayectos conmigo. Buen provecho, feliz año nuevo. Y como lo canta Mecano “A los que ya no están echaremos de menos y a ver si espabilamos los que estamos vivos”.