Durante el conversatorio entre el curador de arte Álvaro Medina y el pintor Santiago Cárdenas, realizado esta semana en el Museo de Arte de Caldas, usaron dos palabras preciosas —por su sonoridad y etimología— que no es frecuente escuchar. La primera fue “palimpsesto” que, según la Real Academia de la Lengua Española – RAE, significa “manuscrito antiguo que conserva huellas de una escritura anterior borrada artificialmente”. La otra fue “trampantojo”, que es esa “ilusión con que se engaña a alguien haciéndole ver lo que no es”.
Escucharlas, en medio de esta disertación, fue como un bálsamo porque —no nos engañemos— generalmente hablamos mal. Repetimos las mismas palabras olvidando que, muchas veces, existe la expresión precisa y adecuada para definir algo. La cosa, ¡qué digo “cosa”!, la conversación se agrava ante la mediocridad que adoptamos al momento de comunicarnos a través de las redes sociales. En X (antes Twitter), las personas debíamos “trinar” a modo de telegrama pues la plataforma sólo nos habilitaba 140 caracteres para expresarnos. Entonces era necesario abreviar e inventar siglas o acrónimos; códigos que se harían populares con el tiempo y que, a pesar de que ahora se permiten 280 caracteres, se siguen usando. Hoy, quien no sepa lo que es LMAO, F4F, TKS es porque está desconectado de IG, TW, WA, LI, EM, FB o YT. HTH, ¿o es TMI?
La cuestión es que adoptamos estas abreviaturas a nuestro lenguaje verbal y no es raro escuchar a alguien decir “LOL”, en vez de reírse, o que está en un “TBT” porque rememoró algo. Y uno queda patidifuso y como un gaznápiro ante las maneras de comunicarse de hoy. Porque los nuevos desarrollos tecnológicos nos han enriquecido el lenguaje. Es así como, en el 2014, la Fundación del Español Urgente – Fundéu BBVA declaró “selfie” como la palabra de ese año. Ellos piden que se escriba “selfi”, como suena, pero al ser un anglicismo considero que debe ir en su versión original, así como ellos recomiendan usar “googlear” en vez de “gugliar”; y “facebookero”, no “feisbuquero” o “carelibro”. Otros neologismos incorporados a nuestro idioma relacionados con las redes sociales son “chatear”, “tuitear”, “mensajear”, “trolear”, “bloguear, “viralizar”, “escrachar”, “influencer”, “youtuber”, “estalkear”, “emitocón” y “wasapear”.
Pero ninguna de esas tiene la sonoridad y profundidad que las pronunciadas en el conversatorio antes mencionado. Porque hasta el arte tiene eso: belleza estética en la palabra. No hay punto de comparación entre decir “impresionismo” y “NFT Art”. Uno cambió la manera de representar el mundo y enunciarlo implica toda una reflexión que evoca a Borges: “el nombre es arquetipo de la cosa”; lo otro es una estafa con criptomonedas (otro neologismo).

Sin embargo, por ahí hay aportes curiosos al léxico contemporáneo. Uno de los que más me gusta es “ayuwoki”, que define a una persona con excesos de cirugías estéticas en el rostro al punto de desfigurarse como Michael Jackson. Y la etimología no podía ser más pop: En la canción Smooth Criminal, Jackson canta “Annie, are you okay?” que, al escucharse y castellanizar, suena “ayuwoki”. Posteriormente, se creó un meme con una figura distorsionada del Rey del Pop, al que llamaron Ayuwoki, y que se le aparece a las personas como un espectro, a las 3:00 de la mañana y te asusta haciendo ese gritito que hacía Jackson “jiii – jiii”.
Otro hallazgo lingüístico lo encontré en el aviso de un numerólogo que pauta en el periódico local, y que incluye los testimonios de clientes satisfechos. Uno de ellos dice que era “incéptico” de estas cosas de tahúres, pero que ahora la fortuna le sonríe. “Incéptico”. En un inicio pensé que había leído mal, que había caído en un trampantojo, y lo que estaba impreso era “escéptico”. Pero no. Ahí decía “incéptico”, que suena a nombre de algún robot villano de los Transformers. Googleé la palabra y la RAE no lo registra. Tampoco la Fundéu BBVA ni el Panhispánico de dudas. No existe etimología alguna en las lenguas romances ni en las anglosajonas; si acaso el prefijo “in” que suele significar “adentro” o “al interior”.
Es una palabra bastarda que quiero apadrinar y dar una definición, aunque todavía no sé a qué. Ojalá aplicarla al arte. Para que algún día, en un conversatorio entre un esteta y un artista, digan algo como: “sus pinturas de ayuwokis tienen ese fenómeno incéptico que atrapa a quien las ve”. Que tenga un significado profundo, arquetípico de algo, para que alguien la escuche y piense “¡OMG, qué lindo es el lenguaje!” y la haga “viral”.
