A mí también me ha pasado, de la misma manera en que le ha pasado a tantas y tantas mujeres que conozco. Puedo decir algo más: en el pasado no he trabajado en ningún ambiente laboral en el que no se presenten estos casos. Es decir, en muchas instituciones suele haber una, dos o más historias de hombres que acosan o que abusan de su poder frente a las mujeres. Hoy, cuando estamos más dispuestas a denunciar, y conocemos las historias de Ricardo Orrego, Jorge Alfredo Vargas o Hollman Morris, sabemos esto con tal claridad que es difícil decir que esta es una generalización sin fundamento.
Es un problema tan extendido porque hemos asociado la masculinidad con la capacidad de poseer mujeres. Se espera que los hombres cuenten por decenas sus conquistas sexuales y en esa fantasía las mujeres somos solo un medio para ese fin.
A los acosadores poco les importa que a nosotras ellos nos produzcan asco. Sus avances no tienen nada que ver con el placer, el sexo, la sensualidad o la coquetería. Se trata de un ejercicio de poder en el que entre más desprovistas de agencia y de dignidad estemos las mujeres, más atractivo resulta para ellos avanzar sin detenerse sobre nosotras. Solo eso explica el que no paren ante el miedo, ante la negativa, ante el silencio y ante las dudas de sus compañeras de trabajo, sus subalternas o sus estudiantes.
Las ideas difundidas sobre el deber ser de la relación entre hombres y mujeres no ayudan tampoco. Que “el hombre propone y la mujer dispone”. Que “el hombre llega hasta dónde la mujer lo deja”. Que es nuestro deber decir que no si no queremos, son ideas rebatidas por lo que entendemos como consentimiento. Hoy comprendemos que cuando hay relaciones desequilibradas de poder o autoridad es más difícil hablar de un ejercicio pleno de la voluntad femenina.
No se trata tampoco de deseos irrefrenables, de la incapacidad de ver una mujer sin actuar sobre ella porque es demasiada la atracción. Los hombres, como las mujeres, son capaces del autocontrol. No son situaciones inevitables en grupos de hombres y mujeres como a veces lo presentan.
Otro elemento es la sistematicidad, la repetición y la recurrencia de los casos en los que un solo varón actúa sobre varias mujeres. Esto es importante porque la insaciabilidad del deseo de poseer debe indicar una conducta enfermiza o problemática. A estos hombres los hemos referenciado como mujeriegos, como “perros” y lo hemos presentado como necesidades masculinas naturales. Estamos equivocados.
No es culpa nuestra por ser demasiado sexys, demasiado jóvenes, demasiado pobres, demasiado inexpertas, demasiado mujeres, demasiado lo que sea. El problema está, y no me canso de decir, en la cabeza de quienes consideran que las mujeres estamos ahí para el placer, el disfrute y la satisfacción de los señores. Esta es una de las formas más básicas que toma la misoginia y por eso las feministas insistimos en que los límites son más estrechos de lo que hemos naturalizado.
No es tampoco amor, cariño o afecto. Un hombre que respeta a las mujeres, un hombre al que le gustan las mujeres, no se impone sobre ninguna de ellas. Ese deseo de posesión a la fuerza esconde un desprecio inmenso, una pequeñez inconmensurable y la convicción de que ese cuerpo de mujer hay que tomarlo para destruirlo porque solo en medio de esa destrucción los acosadores pueden sentirse menos insignificantes.
Es por esto que a las feministas nos fastidian ciertas actuaciones masculinas que somos incapaces de ver como otra cosa que patrones de conducta. La mirada, el comentario, la mano que busca controlar, poseer, dominar, y que es tan diferente del interés y de la genuina curiosidad que a veces identificamos correctamente en otros hombres que nos aprecian y nos valoran.
Esos acosadores y esos agresores sexuales no se esconden, se protegen dentro de una cultura que considera que violentar el cuerpo de las mujeres no es tan grave como para acabar con la reputación de un hombre. Vale más una idea equivocada de la respetabilidad de un varón que la integridad mental y física de nosotras.
Poco importa la devastación de la violencia sexual que nos ocurre a las mujeres. Las que la conocemos sabemos lo difícil que es recomponerse luego de eso. Se nos pide aguantar, resistir, ser resilientes. Ir por la vida con nuestras heridas, nuestras historias y sobreponernos a ellas, para que no tengamos que ver el show de llanto de los acosadores y violadores cuando son puestos en evidencia.