2025 fue en muchos sentidos un año de mierda. Sobre todo porque nos dejó la instalación del terror expuesto, de la violencia y el fascismo en plena pasarela. Algo terriblemente preocupante para el país en el que vivimos, que lleva 60 años (y más) de adelanto en estas practicas y ha tenido sus barbaries en espiral desde siempre. También en lo local, la herencia conservadora esta ahí, fresca, aunque los alternativos e independientes no quieran verla y les guste pensarse a sí mismos, como algo nuevo y diferente. Mejor, obviamente.
De otra parte, fue un año hermoso, poderoso y alegre. El año de empezar una cosecha de lo que ya son décadas resistiendo-reexistiendo. Les comparto en fragmento de un texto en el que se exploran, orígenes que nos han empujado en este camino por más de 20 años de alegres resistencias, aún en las noches más oscuras. Formará parte de un librillo sobre educación popular, que irá acompañado por 20 fotografías impresas. Todo ello, como memoria y mapa de los trayectos.
Alegres resistencias: Corporación Nodo 20 años.
“no hay nada frente a mí, sólo un instante
rescatado esta noche, contra un sueño
de ayuntadas imágenes soñado,
duramente esculpido contra el sueño,
arrancado a la nada de esta noche,
a pulso levantado letra a letra,
mientras afuera el tiempo se desboca
y golpea las puertas de mi alma
el mundo con su horario carnicero,”
Octavio Paz, Piedra de Sol
Cuando decimos: Nosotros venimos de la noche, en ella vivimos, moriremos en ella, repitiendo con lxs Zapatistas, no lo hacemos como una maquina de copiar discursos, o como un actor, que repite su texto. Realmente venimos de una noche oscura y tenebrosa. Una noche de miedo, dolor y desesperanza. De vivir y encarnar la muerte, la desaparición, la persecución y el silenciamiento. De tener la noche a dentro y de que ha cada tanto la noche vuelva, con su sombra siniestra, a recordarnos la barbarie que habita en esta vida.
Somos lxs hijxs de una vieja disyuntiva que ofrecía dos caminos peligrosos: la armas o las ideas. Abandonamos ambos. Vivimos en el borde de una generación acorralada, que intentó hacer el sueño a través de la violencia. Tuvimos que atravesar los ríos de sangre y odio que ha dejado su secuela. Traicionamos las ideas y las armas. Elegimos la educación popular, la creación y el junte. Y no fue que eso se hiciera en un asamblea, con una votación de por medio, fue que en ese irse yendo e irse encontrando, la danza pinto el juego y el baile como excusa. Sobretodo para sostenernos, para seguir, para mantenernos alegres.
Ya habían semillas de eso, claro, en las que nos inspiramos. Pienso sobre todo en Estanislao Zuleta, que había tenido que vivir y confrontar toda esa disyuntiva. Zuleta se anticipaba a la reflexión sobre la educación y los derechos humanos, quería que pensáramos en lo complejo de la humanidad que somos y como eso atravesaba cualquier intento organizativo, cualquier ejercicio político, militante, ciudadano, creativo. Sugería un algo más, sobre el que solo tenía preguntas, terminaría muriendo borracho y nostálgico. Enviando un mensaje equivoco, una advertencia de un posible corto circuito. No se trata solo de pensarlo-escribirlo.
Lxs Zapatistas y el reemerger de todos los movimientos con la tierra que develaron, tenían otras semillas. La palabra dulce y simple. El retorno de los símbolos. Y con ellos de la semilla, del caracol, del rojo, del negro, del rostro y la mirada como símbolos. Había también algo más en esas voces, un llamado al corazón alegre y a la cara levantada. Para nosotros el dolor y la angustia, para nosotros la alegre rebeldía, para nosotros el futuro negado, para nosotros la dignidad insurrecta. Para nosotros nada. Para nosotros la alegría es todo, es nada. Un llamado al desapego. Tan difícil para las mentes iluminadas por los eurocentrismos revolucionarios.
¿Para quién es el otro mundo que construimos entonces? Para los niños y niñas, respondimos. Y siempre volvimos a ellxs, que bien saben distinguir la alegría o su falta, su merma. No heredamos esta tierra, la tenemos en préstamo de nuestros hijxs. Fue una forma de decirnos esto es nuestro y no es de nadie. Es un solo gesto de justicia. Una justicia que nos hacemos a nosotros mismos, a través de los otros. Y lo hacemos alegres. Por eso las otras formas.
Por eso la música y el teatro, y la danza. Por eso el juego y la siembra y el alimento. Por eso la fiesta, y los festivales y los encuentros y los juntes. Por eso parece arte, no lo es. Por eso insistiremos en romper este mundo, y hacerlo sonriendo, mientras nos dolemos juntxs y le encontramos otros mundos a este, para hacernos ahí la fiesta.