50 millones de botellas

28 de diciembre de 2025

Con el licor pasa lo mismo que con la marihuana: hay consumos sociales y hay consumos problemáticos. Pero con el licor no pasa lo mismo que con la marihuana: el Estado promueve el aguardiente y castiga las drogas.
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Hace pocos días el gerente de la Industria Licorera de Caldas (ILC), Diego Angelillis Quiceno, celebró que el 19 de diciembre la empresa alcanzó un récord: “hemos vendido la botella número 50 millones en el año 2025. Es un hito que nunca se había logrado en más de 120 años de la ILC y que durante largo tiempo siempre se pensó que era imposible».

50 millones de botellas representan, por supuesto, mucho dinero para la Licorera, que rompe metas de ventas luego de que la Corte Constitucional acabó con el monopolio departamental de los licores. Desde hace unos meses el suave aguardiente Amarillo de Manzanares (es tan suave que mi papá le dice “caldito de pollo”) se puede comprar en cualquier rincón de Colombia, para rabia de las industrias licoreras de Antioquia, Valle y Cundinamarca, que ven cómo la de Caldas les quita mercado local.

El éxito comercial de la Licorera pone feliz a la Gobernación de Caldas, porque la Licorera, al ser empresa industrial y comercial del estado, genera ingresos que se transfieren al Departamento, principalmente a salud y educación. Así que, en principio, las 50 millones de botellas de licor (o más) vendidas en 2025 son una noticia que se supone beneficia a todos los caldenses.

A mí, sin embargo, me genera reflexiones.

50 millones de botellas son mucho licor. La meta de la ILC para este año era exportar 2,5 millones de botellas, así que vendió 47,5 millones de botellas en Colombia, un país de 53 millones de habitantes. Eso sin contar con lo que venden aquí las otras licoreras, más el trago importado. Este año la Licorera le vendió en promedio casi una botella a cada colombiano, aunque hay que sacar de esa cuenta a los bebés, a los niños, y a los adultos que no bebemos aguardiente. La realidad es que un grupo no tan abultado se bebe muchísimo más de una botella anual.

Con el licor pasa lo mismo que con la marihuana: hay consumos sociales, recreativos, controlados, y hay consumos problemáticos. Pero con el licor no pasa lo mismo que con la marihuana y otras drogas: el aguardiente se promueve desde el Estado, porque le genera ingresos, mientras que otras sustancias se castigan no solo desde el aparato penal sino, sobre todo, desde el control social. El licor es una sustancia que altera los sentidos y genera adicción, pero, a diferencia de otras drogas, goza de enorme aceptación social.

En este momento muchos lectores pensarán: “no es lo mismo”. Los invito a detenerse para pensar por qué. ¿Qué hace que la copa de aguardiente sea aceptada y el cacho de marihuana sea reprobado y perseguido?

Todos los días ocurren tragedias asociadas al licor: desde accidentes y homicidios ocasionados por conductores borrachos hasta heridas y muertes en medio de riñas alicoradas. Este año murió en Cali la joven María José Ardila, luego de un reto por consumo de licor en un bar. No obstante, celebrar la venta de 50 millones de botellas de licor ni siquiera genera un titubeo. Somos, como dice Ana María Mesa, un país alcohólico. Acá se bebe en bautizos, primeras comuniones, matrimonios y cumpleaños. Se bebe para sellar negocios y romances, y también por el despecho de perder lo uno o lo otro. Se bebe el viernes porque es viernes, y el jueves por juernes, y el sábado porque es fin de semana. Se bebe delante de los niños, quienes desde chiquitos aprenden que el licor es importante en cualquier celebración —aunque sea detonante de violencia intrafamiliar—. ¿Quiénes y cómo se tomaron esos 50 millones de botellas? No importa: el muerto al hoyo y el vivo al baile y aguardiente pa’l chofer, que no sabe qué es correr. Y celebremos los millones que llegan para salud y educación, para campañas de “no conduzca embriagado”, y otras por el estilo, que si no resultan efectivas, al menos sirven para tranquilizar conciencias.

Es muy difícil que los medios de comunicación locales y los políticos cuestionen las consecuencias sociales y de salud pública que implica vender 50 millones de botellas de licor: acá hay relaciones cruzadas de lazos familiares entre concesiones de distribución de licores y propietarios o socios de medios; intereses políticos en la abultada burocracia y contratación de la ILC y alta dependencia económica (y sumisión) a la pauta publicitaria de la ILC, que es uno de los grandes anunciantes del departamento. Es en los medios en donde se pautan esas campañas de “no conduzca embriagado”. Hay páginas web de noticias que, más que ofrecer información, parecen la vitrina de un estanquillo, llenas de anuncios de botellas: “lo tuyo es el ron”, se lee antes que cualquier titular.

Hace poco conté en este espacio que viajé a Salamina a la Noche del Fuego. Fui a ver los alumbrados con mi familia y sin embargo, me encontré con un espectáculo que estaba lejos de ser familiar: en el parque principal, entre canción y canción, el animador nos recordaba a los asistentes que el evento contaba con el patrocinio de la Licorera y nos invitaba a que nos tomáramos un amarillo. Y otro. Y otro. Y otro, en cada pausa, con cientos de niños presentes. De niños y de borrachos, desde muy temprano y hasta las 5.00 a. m., que apagaron la música.

Lo mismo ocurre en buena parte de las ferias y fiestas regionales: son fiestas patrocinadas por la Licorera, en donde la actividad principal (o el atractivo principal) consiste en beber aguardiente y ron.

Con la gracia que lo caracteriza, Pablo Rolando Arango sintetizó bien esta cultura alcohólica nuestra en la crónica “Ahogarse en una copa. Memorias improbables de un borracho grecocaldense”, que hace parte de su libro Grandes borrachos colombianos. Allí escribe: “comencé mi vida de borracho a los trece años”, y narra un diálogo entre padre e hijo, que suena conocido en muchísimas familias caldenses: “mijo, tómese todo el trago que ve aquí —y haciendo un arcoíris con el brazo, señalaba la estantería repleta de botellas—; fúmese todos los cigarrillos que ve aquí —el mismo gesto con el brazo, la estantería correspondiente—, cómase todas las viejas que quiera, y todos los muchachos que quiera también… ¡pero no vaya a meter vicio en la hijueputa vida!”.

Meter vicio, en la jerga local, consiste en fumar marihuana. Y esa es la reflexión que me deja la noticia de la venta de 50 millones de botellas de licor. ¿Por qué las autoridades festejan la venta masiva de aguardiente y, al mismo tiempo, consideran entre aberrante, gravísimo y pecaminoso el consumo de marihuana y otras sustancias?

Hace un siglo en Estados Unidos estaba prohibida la venta de whisky. Al Capone hizo su fortuna con el tráfico de licor que, por ser ilegal, generó una gigantesca violencia urbana, y también gran corrupción. Como era previsible, con el paso de los años se despenalizó el tráfico de whisky y con esa decisión no solo se redujo la violencia callejera sino que se formalizó el negocio del licor. Me pregunto quién en nuestra región estará pensando desde la legalidad en las posibilidades de mercado que ofrecen las sustancias que hoy están penalizadas, o permitidas pero estigmatizadas. Acá la marihuana y la coca crecen casi silvestres: de las 3.708 toneladas de cocaína que se producen en el planeta, 960 toneladas salen de Cocalombia, como escribió Alejandro Samper. Los derivados de estas plantas cuentan con gran aceptación internacional y la despenalización avanza en numerosos países. En unas décadas —o años— alguien celebrará por los medios y con el apoyo de las autoridades y la felicitación de los gremios, los 50 millones de kilos vendidos, a precios muy superiores a los del aguardiente.

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