Escribo este texto en la odiosa forma de caracteres limitados (menos de 300 por párrafo con espacios), recreando el dolor de cabeza colectivo que supuso la convocatoria de la Secretaría de Cultura y Civismo de Manizales. Es una metáfora de la convocatoria: una decisión defectuosa, absurda, contradictoria.
Toca ir directo al grano, saltarse los detalles, acortar los argumentos y simplificar lo complejo. Algo que difícilmente lo deja a unx conforme, contentx o satisfechx. El tiempo de lectura es limitado y la oportunidad de oro no puede escaparse en seducciones, cifras, conceptos, etcétera.
Pasa algo parecido con la convocatoria en sí. Para hablar de ella habría que remontarse en el tiempo y explicar la trayectoria de los últimos 20 años, mirarla en relación con otras convocatorias, con las de este mismo gobierno y secretaría, con el escenario nacional actual, eso aburre y no alcanzan los caracteres.
En esas dos décadas hemos pasado de las señoras encopetadas reunidas con el alcalde asignando el 100% presupuesto, a la elección a dedo por el gerente de turno (sin convocatoria) y de ahí a tener convocatorias defectuosas que asignan una minoría de los recursos. El dato exacto no existe.
Una parte de cada una de estas formas de gestión persiste. Profundizar la participación en la construcción ética y política del proceso de convocatoria es apenas el comienzo. Está por discutirse los recursos que la Alcaldía y sus secretarías deberían dirigir, las bolsas, los valores justos, etcétera.
Es muy lento el cambio y está muy lejos de lo que queremos; nos ha faltado crítica, denuncia y discusión. Entender que disputarse los recursos públicos es un derecho, uno político y cultural. No es envidia, resentimiento o frustración (como dicen en defensa a quienes nunca soltamos el debate).
Priorizando, diré que es una convocatoria robusta, y le daré el reconocimiento a la Secretaría y la Alcaldía por recoger recomendaciones del año anterior; tiene errores conceptuales y técnicos, a mi manera de ver, pero son nuevos. Acotar de esta manera la redacción es, por ejemplo, un error y una provocación.
Es compleja. Supone un escenario de innovación (para Manizales) en la medida en que integra recursos de diferentes secretarías (que se presentan públicamente), incorpora desafortunadamente un concepto de cadena de valor y sostiene la visión de áreas artísticas, por eso se elige “área, línea y eje”.
El Frankenstein no resulta bien, enreda y provoca distorsiones. Lo que esconde es la resistencia a visiones nuevas y complejas como las del ecosistema cultural, al mismo tiempo que expone la inexistencia de una política cultural que defina bloques fijos, transgresiones y linderos, más claramente.
Segmenta lo poblacional, al involucrar las Secretarías de la Mujer y Desarrollo Social, abriendo acertadamente un camino que seguirá en las próximas décadas. Este hace el puente entre gestores de transformaciones culturales y contextos culturales a transformar. Faltan educación y medioambiente.
Estas dos últimas y sus institucionalidades, tienen mucho por reconocer a creadores, gestores y educadores, que han venido proponiendo las transgresiones a unos programas misionales obsoletos (en todas las secretarías) incapaces de hacerle frente a realidades territoriales complejas.
La disputa por la democratización de los recursos públicos está en la agenda y el debate sobre la complejidad de las nociones y sus posibles rutas también. Nos faltarán caracteres, pero no aguante para seguir haciendo transformaciones y políticas culturales, como lo hemos hecho siempre, con y sin recursos públicos.