Vamos a llorar
a sentarnos al final de la escalera
y a llorar hasta que quedemos vacíos
hasta que no existan lágrimas
y la sal nos queme las mejillas.
.
Sentémonos juntos
como antes del coronavirus
sin espacio para el frío
sin miedo.
.
Lloremos. No hay afán.
.
Dejemos escapar grititos de dolor
y si quiere gritar duro, grite
y si quiere decir hijueputa, diga hijueputa.
.
Sentémonos horas ahí,
dejemos que la tristeza nos devore,
sintámonos tristes,
acompañados, pero tristes.
.
Y cuando ya estemos sin nada
cuando ya no haya nada de que agarrarse
cuando los ojos no puedan estar más rojos
y la cabeza llegue al tope del dolor,
empecemos a llenarnos
a recargarnos como un panel solar
de ese calorcito que trae saber
que aunque todo esté mal
que aunque nos duela el país
y la niña indígena que violaron
y los gobernantes malos
y los ídolos que se caen
y los ladrones de cuello blanco
y el muchacho que mataron por robarle
y la gente que se muere de coronavirus
y no se puede despedir
y la mamá a la que le mataron
su hijo en una protesta
y etcétera,
siempre hay una posibilidad
de empezar otra vez
de creer otra vez
de enseñar, de intentar
de aprender
de start over, de move on
de perdonar, de seguir.
De extinguirnos
y que regresen los dinosaurios.
.
***
Me miro los pies
y los dedos se han separado
como si fueran repúblicas independientes.
Tal vez se han cansado de estar juntos,
de ir por la vida uno al lado del otro.
Los miro y lloro.
Tengo miedo de tanta libertad.
Los pies me han sostenido
desde esa primera vez que caminé.
Tenía nueve meses y estaba mueca.
Me sostuvieron cuando se murió Eduardo
a los cinco años cuando me caí en los patines.
La primera vez que me gradué
todos los domingos que hice hojuelas
a los quince años, con el vestido azul
en ese beso detrás de la iglesia de arriba
el primer día que monté en bus, sola, en Medellín
en la primera clase de universidad
en el discurso de grado
la vez que me robaron el carro
cuando se me borró la entrevista con Vargas Llosa
esa vez que me temblaron las manos en cine con Juan Felipe
disfrazada en Carnavales
cuando murió mi abuelita
en las clases de panadería
mientras bailo con Rulfo
y en fin
todos los días en treinta y cuatro años y unos meses.
También me sostuvieron anoche
cuando me dolieron y los miré
y tuve miedo,
y también hoy que los miro
y les digo que todo estará bien.
Las repúblicas independientes no siempre
funcionan bien
y menos cuando hay tanto cariño
y unas medias calientitas que han aprendido
pese a la adversidad de la lavadora
a no perderse.
Son las 11:25 de la noche
y hay unos pájaros desvelados afuera de mi ventana.
Me miro los pies y camino.
Mañana hay que madrugar.
.
***
Tu cuerpo es polvo
en un osario de treinta por treinta
y de fondo no sé.
No hay nada más que un nombre
y una fecha que envejece.
Al lado
una flor de plástico
del olvido.
No nos gustan los cementerios.
De tu cuerpo no queda nada.
El fémur
quizá
que ya no sirve.
***
Estoy en la casa de Jenny Alexandra, en el estudio. Hay una silla, hay muchas niñas. Estamos ensayando un vals para una presentación en el colegio. Yo soy la más tiesa, siempre lo he sido: una flacuchentica ahí de piernas largas que no sabe cómo mover bien su cuerpo. Ellas tienen la solución: llevaron a alguien más para que me reemplace. Su plan es ponerme a bailar y decirme tiesa en la mitad y reemplazarme sin más. Se le sale a Isabel: es que eres muy tiesa, Mónica, que mejor baile la otra. No recuerdo quién es la otra. Me siento en la silla que hay cerca de la puerta. Me voy meciendo, las veo bailar. Se me salen las lágrimas, una tras otra, hasta que ya no puedo disimular. Nunca he podido disimular, porque siempre que lloro me pongo roja. El rojo no es mi color favorito, pero se me sube a los cachetes y luego, aunque deje de llorar, se queda conmigo mucho rato. Que está llorando porque no va a bailar, porque es tiesa. Siento que me miran, y entonces suelto la verdad irrefutable: estoy llorando porque me acordé de mi papá. Y como no voy a bailar, aprovecho que estoy cerquita de la puerta y me voy. Me voy llorando, atravieso el atrio de la iglesia de San Sebastián llorando. Pienso en mi papá y lloro. Soy tiesa porque no tengo papá, y lloro más. Odio a Isabel y odio a Jenny, mi mejor amiga, porque no me defendió. Pienso en Eduardo, otra vez, y lloro más. Bajo corriendo la avenida y sigo tan roja como mi crema de tomate favorita. Corro hasta que llego a la casa y abro la puerta y ahí está mi mamá: lloro porque me sacaron del baile, le digo. Porque no tuve un papá que me enseñara a bailar. Siempre lloro porque no tengo papá.

La editora de Sílaba, Lucía Donadío, escribe sobre Tal vez a las cinco, de Mónica Quintero Restrepo: «Los primeros poemas que leí de Mónica Quintero, hace muchísimos años, hablaban de un “él” amado y perdido para siempre. Un tiempo después apareció su nombre: Eduardo, su padre asesinado cuando ella no había cumplido aún su segundo año de vida. Esta pérdida es el hilo conductor de gran parte del presente libro, y la constatación de las soledades que vinieron después. Otros poemas exploran el lugar de la poeta en el mundo, en la intimidad de su cuarto, en su cama, con su gato, en la convivencia con el Otro, en el trabajo, mientras estudia y va a clases de baile, cuando amasa pan y hornea tortas. Es como si hiciera un inventario de los sentimientos y objetos que constituyen su cotidianidad»
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Editorial: Sílaba Editores, colección Sílabas del viento.
Medellín
2022
136 páginas
ISBN 978-958-5516-97-7