¿Tú crees en el diablo?
Claro que sí, yo le vendí mi alma hace ya tiempo.
¿Le vendiste el alma…?
Sí. Antes de hacer la Primera Comunión.
¡Burra…! ¿Y cómo se te ocurrió?
Pues no sé, me imagino que le oí contar a alguien la historia de que uno se la podía vender y aproveché un día en que la Virgen no me quiso hacer un milagro.
¿Qué milagro?
Pues conseguir plata para el día de la madre. Yo le pedí Virgencita bendita que yo tenga de dónde comprarle un regalo a mi mamá hazme el milagro, y así como ocho días en la iglesia, de rodillas, como una imbécil, porque llegó la víspera y ni cinco.
¿Y entonces, qué…?
Entonces se me ocurrió lo del diablo.
¿Y cómo lo invocaste…?, tú si eres loca desatada…
Desde chiquita, si. Aquí falta una tuerca, ¿ves…?, en el rotico de la izquierda…
¡Tonta…! Y cómo lo invocaste, cuenta…
¡Ah, pues muy fácil! Le dije, señor diablo…
¿Señor diablo?
Pues sí. Señor diablo, con respeto, ¿no? El hombrecito es muy tenaz, y los modales son modales, yo por si acaso, ¿ves?
¿Y cómo lo invocaste? ¿De rodillas también?
No. Me puse en el balcón, miré hacia abajo, hacia el infierno, o sea, hacia la calle, y levanté un brazo, así, muy tieso, no sé por qué pensé que era la posición de hablarle al diablo.
¿Y le hablaste en voz alta?
Pues claro, así como te estoy hablando a ti.
¿Y no te daba miedo? Yo sí, me hubiera muerto.
Bueno, pues siempre da mieditis. Eso de hablarle al diablo así como así, para decirle que uno le vende el alma, no es pescado.
¿Pescado…? A mí me dan ocho infartos. ¿Cuántos años tenías?
Por ahí siete. Al otro año hice la Primera Comunión.
Bueno, ¿Y qué? Alzaste el brazo y qué…
Pues alcé el brazo y le dije señor diablo yo necesito plata para comprarle un regalo a mi mamá y como la Virgen no me ha hecho el milagro que le estoy pidiendo hace ocho días he resuelto venderle el alma a usted si usted me consigue con qué.
¿y punto?
Y punto.
¿Y qué sentiste después?
Después de qué…
¡Después de que le habías vendido el alma al diablo, bruta!
¡Ah, pues nada…! Me sentí muy tranquila. Me fui a jugar golosa con unas amigas que me estaban esperando.
¿Y por la noche no te dio terronera de que se te fuera a aparecer?
¡Qué va! Si le había vendido el alma no le iba a tener miedo, ¿no? Al contrario, más confianza. Quería decir que ahora éramos íntimos.
¿Y tú no le rezabas al Ángel de la Guarda?
También. Pero como no están al mismo lado…
¡Qué animal…! ¿Y le contaste a alguien más eso…?
Cómo se te ocurre que yo lo iba a contar, ni muerta, ¡tú estás loca…!
O sea que no te hizo el milagro él tampoco.
Claro que sí, atembada. Ipso facto.
Cómo ipso facto.
Pues ahí mismo, cuando salí a la calle a jugar golosa me encontré un billetón, muchacha.
¡Mieeeeércoles…!, ¿de cuánto?
Ya no me acuerdo, creo que fue cincuenta pesos.
¡Burra…! Cincuenta pesos era un montón de plata de esa época.
Un pocotón, compré un montón de vainas, cajas de chocolates, flores, un tarjetón de dos cincuenta que decía a mi madre en letras de oro y con corazoncitos, qué solle, hermana…
O sea, que tú saliste y ¡taque…! Ahí estaban.
¡Nohooombre…! Salí, caminé un rato, y pasando frente a la estación de policía vi una cosita así, ensurrulladita, y no sé por qué carajo me dio la palpitada, yo no voy a saber, o mejor dicho, fue el diablo, ¿ves? Él me empujó a agacharme a recoger la cosa, que resultó ser un billete, nada menos… nuevecito. Así, vuelto un buruño.
¡Qué historia!
Es del carajo, ¿no?
¡Que si qué…! Y lo agarraste y qué, saliste a mil.
¡No…! Yo me agaché y apenas de cerquita me di cuenta que era plata pero ahí enfrente mío, o sea, aquí parado, los zapatos enfrente a mis narices, estaba un policía.
¡Qué vaina…! ¡Qué de malas!
Pues sí, de malas al principio, porque me quedé así como una estatua, la mano en el billete, mirándolo…
¿Y él qué…?
Y él nada. Tenía una cara afiladita, unos ojos como de gavilán, hundidos, brillantísimos. Yo te aseguro que era el diablo.
¿El diablo…? ¡Bestia! ¿Y por qué crees?
Por todo. Porque ¿por qué estaba ahí, precisamente? Si hubieras visto esos ojos azabachentos, como carbones eran, y una verruga aquí, en el ceño, y esa sonrisa amarilluda, los dientes chiquiticos, cuando me dijo, recójalo, niñita, bien pueda…
¡Ay Virgen santa…! Yo me hubiera hecho caca en los calzones…
¡Cállate!, que yo casi me orino. De pronto se me iluminó todo de un tacazo y pensé como un rayo, es el milagro del diablo, y me faltaban piernas…
Me lo imagino. Disparada…
¡Qué va! Quería, pero no pude. Como en las pesadillas. Sembrada allí, frente a las botas del chulavo, el billetón emburuñado y él que eso es tuyo, tú te lo encontraste ¿no?, con la sonrisa de aquí a aquí, le vi las manos largas, con uñas de medio luto, qué carajo, y ahí sí…
¿Ahí sí corriste?
Como un tiro, muchacha… no paré hasta la séptima.
¡Qué susto, bruta…!
Bueno, eso se me pasó apenas vi que eran cincuenta pesos. Ahí sí casi que me trago la lengua. Compré de todo, fue increíble… me sobró plata para dar y convidar…
¿Jamás se lo contaste a nadie a nadie…? ¿Ni al padre?
Que no, cretina. Cómo se lo iba a contar nada menos que a un cura, ¡me excomulga!
Y cómo hiciste entonces la Primera Comunión.
¡Ah…!, pues muy fácil. Me hice la de la oreja mocha, no mencioné ni pío, le dije al cura mis pecados y listo el pollo, ¿ves?
¡Muy chévere…! ¿Y no te quedó remordimiento?
Remordimiento de qué.
Pues de recibir a Dios sabiendo que ya el diablo te había comprado antes. No sé… a mí me hubiera siempre quedado el gusanillo…
Tu porque eres una camandulera chupacirios. Te vas a volver beata.
¿Quién, yo…?
No. Yo.
Por qué. Que tiene de malo ir a misa los domingos.
Y los primeros viernes, y los primeros sábados, y los primeros jueves, y todo el mes de mayo, y como un día de estos te descuides te vas a levantar como dos metros, por ahí te vi en la mesa de noche Santa Teresa de Jesús, ¡ja… casi nada!
Bueno, tú no te metas. Yo creo en eso, y qué…
Y nada. Cada uno con su vela…
O sea, que no te quedó remordimiento de haber vendido tu alma al diablo.
¡Qué me iba a quedar remordimiento! Cuando nos hicieron jurar esa vaina del renuncio a Satanás sus pompas y sus obras yo alcé mi brazo izquierdo, y listos…!

Albalucía Ángel es una de las escritoras más importantes de todos los tiempos en la literatura colombiana. Así quedó ratificado por el Ministerio de Cultura, cuando en 2022 incluyó su novela Dos veces Alicia, dentro de la colección de 18 autoras imprescindibles que conforman la primera etapa de la Biblioteca de Escritoras Colombianas.
En una época en la que la literatura colombiana orbitaba en torno a Gabriel García Márquez y al Boom Latinoamericano, el papel de las mujeres escritoras fue relegado o ignorado. No obstante en los últimos tiempos, gracias a la persistencia de Albalucía Ángel y al trabajo investigativo de profesoras como Alejandra Jaramillo Morales, de la Universidad Nacional, la obra de Albalucía ha vuelto a reeditarse, leerse y estudiarse. Una obra crucial para comprender las violencias que han atravesado a Colombia, desde la violencia política hasta la violencia doméstica, y que ofrece un lenguaje rico en oralidad, ironía y humor.
Aunque el libro más conocido de Albalucía Ángel es Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón (1975), la autora considera que su mejor obra es Misiá señora, publicada en 1982. Sobre este libro Carmiña Navia Velasco escribió: «extraordinaria novela en la que Albalucía Ángel logra captar y construir los múltiples cautiverios de las mujeres a lo largo del siglo XX en Colombia: la locura, la iglesia, el matrimonio, la castración de la sexualidad… una lectura obligatoria para los devenires femeninos».
Este jueves 9 de abril (día del Bogotazo, que la autora recreó en Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón), Albalucía Ángel estará a las 5:00 p. m. en el Centro Cultural del Banco de la República de Manizales, en una conversación con Adriana Villegas Botero.
Misiá señora
Albalucía Ángel Marulanda
Primera edición: Editorial Argos Vergara, Barcelona, 1982.
Edición más reciente: Editorial Alfaguara, Bogotá, 2021. 312 páginas. ISBN 978 958 5477803