Lorenza Jiménez llevaba treinta y seis años entre las ruinas de Moraga y, sin embargo, no olvidaba ninguna de las urgencias que la atormentaron en vida. Llegó ignorante como todas, pero desde el principio fue ganando una claridad y una decisión que la convirtieron en una molestia para las compañías de lloronas, en especial para las gertrudis, que en su mayoría, eran asesinas de niños y odiadoras de hombres. De estar vivas, las gertrudis elegirían parir hijos muertos y desposar maridos imprudentes que un día se perdieran en el mar o cayeran en una emboscada. Muchas de ellas nacieron sin la gracia del amor, pero sabían hacerse escuchar. Pagamos un precio por nuestra voz, las escuchó decir Lorenza una y más veces. No eran ásperas, eran nítidas, urgentes, iluminadas. No todas, por supuesto, porque había algunas gertrudis soñadoras, pero a unas y otras las unía el ansia de ser mandonas admiradas. Por eso se felicitaban: por la fortuna de no atormentarse con nostalgias inútiles, de no alucinar con ideas de romance. Según ellas, la vida —y la muerte— eran más respetables siempre y cuando se esquivaran las lágrimas y se minimizaran las hostilidades. Las que no eran gertrudis pensaban que para una mujer no era muy usual poner tanta fe en las propias palabras. Por eso, Lorenza no se imaginaba entre ellas, no se imaginaba contando las historias de sus aventuras y de sus descubrimientos. Reunión de gertrudis para ella significaba repetición y rutina. Buenas historias del pasado en Marmato, pero ninguna curiosidad por los cuentos de las extranjeras de otras provincias o por los anhelos singulares. Ellas habían olvidado lo amado, espantado el arrepentimiento y esperaban que un día cualquier llorona lo lograra: existir sin esperar perdón. Juzgaban a Lorenza como una especie de loca que quería redimirse y encontrar un amante vivo. La detestaban por su deseo insaciable de amor de varón, por su afán de ir arriba, de usar su poder para atravesar los ojos de agua y orientarse en cualquier escenario y cualquier tiempo. Existían historias que contaban de mujeres que regresaban al mundo de los vivos y permanecían allí durante largos lapsos de tiempo como quien se va a temperar a la tierra fría sin ningún afán. Esas lloronas iban y venían por las ruinas de Marmato, San Juan o Supía o regresaban en el tiempo a cualquier instante de su vida, podían verse nacer, podían verse en sus casas o en las calles del pueblo, y hasta podían ver a sus familias asistiendo a su funeral, llorando por ellas o alegrándose por su ausencia. Cualquier evento con tal de que encajara dentro del viaje existencial de la llorona, desde su nacimiento hasta el momento presente. Se decía que no era fácil para todas, pero Lorenza iba y venía a su antojo por los portales. De hecho, cada vez que registraban los relatos de sus escapadas se sembraba la duda acerca de cómo era posible para ella crear simultaneidades diversas con el antes y el después de otras existencias ¿Cómo podía entrar y salir a voluntad, solamente para ver a su enorme negro joven cuando ella lo amó, y también antes, cuando fue un niño que empezaba a crecer? La mayoría de las gertrudis censuraban la enormidad de su rabia por el crimen de su madre contra el negro y su bebé, pero ni por ello la creían una muerta de amor. Sometida a escrutinio, era una que había llegado como la mayoría de las infanticidas, por la muerte del hijo al que no pudo defender.
Lorenza alcanzó a ser madre de un feto que le arrebataron a las malas junto con su propio aliento. Decían que sus años mozos los pasó orinada de miedo de sus padres y sus tías a las que siempre vio vestidas de negro, pero que ya era tiempo de olvidar. Gertrudis, metida a cura, predicaba que, si Lorenza perdonaba la ingrata labor de su madre y su tía para cortar la vida de su vientre, podría encontrar paz en el viejo mausoleo de su familia. —Necesitas perdonarlas, no salir a buscar a tu hombre o traer un niño que te ame y reemplace al tuyo. Eso no lo lograrás—. Gertrudis Valencia, la mandona de las ruinas, se lo decía públicamente en la laguna y se lo decía en cualquier atajo, en privado, apelando a su razón, pero en el fondo estaba pensando que nada grave habría pasado si Lorenza hubiera tenido valentía suficiente para largarse lejos con su amante en vez de elegir la seguridad de la casa paterna.
Lorenza no se preocupaba por los reproches que podía adivinar en cada mandona porque cuando pensaba en su negro, pensaba también en vasos de leche tibia y en el dulce aroma del establo de las vacas paridas. No era fácil que las guardianas de los ojos de agua soportaran y entendieran su urgencia de afecto. Sobre todo, afecto sexual. El dolor de su vida fue el negro minero, el fuerte hombre que una vez la amó. El embarazo sólo complicó las cosas. Su madre y su tía arrancaron el feto de sus entrañas como ella les pidió, pero fueron tan adentro, quitaron tanto de su cuerpo que también ella murió y nunca les perdonó. Nunca desde que llegó a Moraga y entendió las causas de su suerte. No solo estaba condenada a vivir como un espectro, a no ser acariciada, no ser transportada en el viento de las promesas de amor, sino que también en este otro mundo, estaba condenada a la inquina de las gertrudis. Ellas, cosas parecidas a imágenes de bulto tiradas en el desván de una iglesia, sin poder y sin sentimientos, eran las que caían en falta. Cualquiera de ellas alegaría que los ojos de agua eran portales habituales, pero con equilibrio delicado, que soportaban una única pasante en el lapso de una luna y que, a través de algunos ciclos, con las lunas poderosas, apenas si acumulaban energía suficiente para albergar uno o dos cuerpos a la vez, pero Lorenza no creía en esa inestabilidad. Lo había comprobado de muchas maneras, encontraba la forma de hacerse humo, burlar la vigilancia y escapar hacia los camposantos de toda la provincia de Supía, y nunca un ojo de agua la rechazó. Para ella el problema de transitar los mundos era otro. Una llorona semejante, que estuviera tantas veces tan cerca de los vivos, entraba en un ciclo de dolor donde cada viaje acrecentaba el rencor feroz que alargaría sus penas, tal vez toda la eternidad.

En la contraportada del libro Kevin Vargas escribe: “por las embrujadas minas de Marmato, por la sombría región de Moraga donde la risa llora y por los caminos recónditos que conducen a los sueños, transcurre esta novela, Líneas de rumbo, que nos marca una ruta que conecta al mundo de los vivos con el de los muertos, lo visible con lo invisible, el poder económico y la violencia social con la fuerza interior femenina, símbolo de resistencia, libertad y redención. Las lloronas protagonistas de esta historia revelan que ellas, a diferencia de los hombres, mueren dos veces”.
Líneas de rumbo
Susana Henao Montoya
Klepsidra Editores
Pereira
Septiembre de 2025
290 páginas
ISBN: 978-628-97145-2-4
El fragmento publicado corresponde a las páginas: 45-48