«Lemniscata o el fin del infinito», de Carlos Arturo Arbeláez Cano

31 de enero de 2026

Publicamos el prólogo del poemario "Lemniscata o el fin del infinito", de Carlos Arturo Arbeláez Cano. En 2022 este autor manizaleño ganó el Premio Nacional de Poesía de la Casa de Poesía Silva.
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Apuntes de poesía

Signo y grafía: convergencias del acto poético

Signo no es palabra, lenguaje escrito. Signo es manifestación de algo que en sí puede ser un estado del alma, un sonido o un gesto, un ademán, una expresión corporal, facial, un comportamiento. El signo es un elemento intuitivo, espontáneo, nunca lógico o racional, mientras no se sistematice su uso y entre en el uso convencional.

La grafía es símbolo que da nombre o significado a algo dentro del acto comunicacional humano. Es algo “material”. Una representación de algo convenido a través del trazo; un símbolo en la pared, en el papel, en el tablero, un aviso.

La grafía es mensaje directo, universal, codificado dentro de un sistema o arreglo social y comportamental; es la ruta, el lugar.

El signo es emoción, intensidad, circunstancia al interior de nuestro espíritu. Estado del alma, que no es solo la conciencia de estar vivos, sino una medida de la experiencia sensorial que nos asiste. “Antony” (grafía), se refiere al nombre de una persona, un nominativo, soy yo, en tanto me describe (identidad). Es sonido, acaso instrumento, para referirse a la cosa. Así que la grafía no solo nombra, sino que representa, por eso, el signo y la grafía guardan una sutil concomitancia semántica, pues enlazan, en su conjunto, la explicación del objeto observado.

La imagen, el paisaje, el estado mental, las emociones y el espíritu de lo que se manifiesta a nuestro alrededor, se transmite con signos que ya desencriptados con nuestro ejercicio perceptivo pueden ser, simplemente, los nominadores de la circunstancia poética; pero alineados, o en interdependencia con el lenguaje (grafías) literario, son interpretación, recreación o ideología.

Los signos son directos o indirectos. Ese rostro es signo de victoria: carcajadas desde los balcones del teatro, la cicatriz con respecto a la herida. La punzada en el corazón anuncio de la muerte. El sudor consecuencia de la exigencia física. La metáfora hace su aparición para darle paso a la poesía.

Más que con símbolos, letras o un alfabeto, la escritura, y en general la creación, es el final del tránsito de un ejercicio de aprehensión de los signos. La teoría de los signos tiene una relación directa con el mundo, cómo se manifiesta el mundo y cuál su interpretación para su exposición con grafías.

Venezuela, Ucrania, Gaza, Yemen, Siria, son solamente algunos de los más de medio centenar de conflictos armados que se viven hoy en el mundo. ¿Cómo se ven, cómo se manifiestan, con qué signos se revelan las tragedias y cómo las llamamos, con qué grafías las interpretamos y las hacemos visibles, si estas tragedias resultan ser una historia sin fin?

Resumiendo, los signos y las grafías son los dos ingredientes de una buena metáfora. La poesía se sirve de ellos para alearlos, a su vez, en una alquimia de estética, ética y poética, que es la retórica, la semántica y la intuición, el buen decir de lo que manifiesta el mundo, independientemente de ideologías, como punto de partida del acto creativo.

Polisemia, ambigüedad, dualidad; más que la apariencia, más que la semiología o la epistemología de lo que es unicidad o excepcionalidad, la bondad o la maldad, el dios o el monstruo, comparten una misma conciencia: la de estar convencidos de que su acción no es más que la consecuencia de una circunstancia. Esta sería la confirmación palmaria de una humanidad convertida en Dios o Demonio, o simple creadora de su propia tragedia y su propio goce. Y la poesía está ahí para desencriptar el alma que habita en cada circunstancia. Cada circunstancia es el sustrato que nutre el oficio poético, más que inspirando, sublevando, revolcando las emociones en acto de rebeldía e insumisión para hacer converger el signo y la grafía en el acto poético. Decía Prosper Merimee: “…mi oficio es escuchar al mundo, soy escritor”.  

Quién no diría que esta modernidad, ha producido la más infinita pléyade de signos y grafías que han hecho cultura, estética y fanatismos de toda clase. El signo puede ser ambiguo, la grafía desambigua, por tanto, actúa como represor u orientador de la cultura. Según Umberto Eco “la semiótica es, en principio, la disciplina que estudia todo lo que puede usarse para mentir”.

La sociedad moderna, esta que nos tocó vivir, está sometida por la grafía y el signo, que, virtualmente, configuran la ideología de la desesperanza, del miedo y del funcionalismo productivo. La realidad no sorprende, se naturaliza como comportamiento social y hábito que sigue la ruta del símbolo o la señal formal, limitando la posibilidad de interpretar, percibir y aprehender lo que no muestra el signo o la grafía.

Aquí no hablamos de signo como idea del fenómeno que observamos, sino como interpretación de datos con sensoriales complejos y a veces místicos.

Presento estos apuntes inscritos dentro de una misma realidad: la de ser ocasión, concomitancia de la existencia de una sociedad que se conmueve desde sus cimientos por la tragedia y la maldad, o se extasía por cuenta del hedonismo y el nihilismo, unas y otros, partes de un mismo cuerpo que se somete a la pereza y al cansancio de pensar e inspeccionar, de reflexionar desde su interior para comprender un mundo oculto por los símbolos que imponen los poderes: mercado, información, consumo, funcionalidad y productividad.

Estos textos son una invitación a la interpretación del acontecer de lo cotidiano y particularmente de este momento histórico del mundo, que se expone con total desparpajo y profusa difusión a través de los hervores de la web.

***

«Signo y grafía: convergencias del acto poético» es el prólogo del poemario Lemniscata o el fin del infinito, de Carlos Arturo Arbeláez Cano, quien escribe en la contraportada de su libro: «Presento estos textos, inscritos dentro de una misma realidad: la de ser ocasión, concomitancia de la existencia de una sociedad que se conmueve desde sus cimientos por la tragedia y la maldad, o se extasía por cuenta del hedonismo y el nihilismo, unas y otros, partes de un mismo cuerpo».

El autor agrega sobre esta obra: «La lemniscata es el símbolo matemático del infinito y hoy yo me pregunto: ¿cuándo es el fin de este infinito genocidio? Lemniscata o el fin del infinito, no es otra cosa que la búsqueda de signos en un mundo hoy recrudecido por la violencia y la guerra sistemática. Ucrania, Gaza, Yemen, Siria, son solamente algunos de los más de medio centenar de conflictos armados que se viven hoy en el mundo. ¿Cómo se ven, cómo se manifiestan, con qué signos se revelan las tragedias y cómo las llamamos?, ¿con qué grafías poéticas las interpretamos y las hacemos visibles si parecieran una historia sin fin?»

Lemniscata o el fin del infinito

Carlos Arturo Arbeláez Cano

El Arcano Editores

Bogotá

2025

100 páginas

ISBN: 1234567890128

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  • Manizales. Ha publicado poesía, cuento, crónica periodística, ensayo y reseña crítica desde 1987. Ingeniero y Geógrafo. Se desempeñó en la función pública y la docencia. Ganador del Concurso Nacional de Poesía Casa de Poesía Silva, Bogotá, 2022. Segundo puesto en el Concurso Caldense de Cuento, 2021. Mención de honor en el VI Premio Nacional de poesía “Verso libre”, MX, 2025. Accésit I Certamen de Poesía Narciso Rodrigo, en el Ayuntamiento de Tomelloso, España, 2025. Seleccionado en el 11 Certamen Internacional de Siglema 575, en Puerto Rico, 2025.

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