La soledad
Ana cree conocer la soledad. Ha batallado contra ella, adivinando apenas sus contornos. Hoy la siente más cerca que otros días, una quemadura por dentro. Medita en ello mientras la envuelve el aroma de su primer café. Paladea algo que sus papilas parecen descifrar.
De repente, mientras se levanta de la mesa, un recuerdo la golpea. Una presencia indefinida, un sabor a podredumbre, algo imposible de deglutir. Lo reconoce porque a menudo la acompaña en las mañanas desiertas. Agrio. Hoy, como ayer, no pudo tragarlo; no habría podido hacerlo aunque se hubiese esforzado, y escupió el último sorbo de su bebida en el pozo del lavaplatos. ¡Cómo lo lamenta! Una vez más ha perdido el recuerdo de su primer café: el sabor a granos tostados, molidos, perfumados por manos sabias que añaden el aroma del limón.
Bebe un poco de agua del grifo y aleja el mal rato como se expulsa a un espanto mientras se dirige a su habitación. Una vez sale al balcón, inhala, intentando meter las montañas en su cuerpo. Más que aire fresco, sabe que necesita recuperar algo, una evocación incierta, pero no es capaz. Así, ensimismada, siente una presencia. Es Max, que llega a su lado moviendo la cola mientras la olfatea. Entonces recuerda que tiene deberes. Se pone en marcha con los pies perezosos, en sus ojos la dicha de una mañana de verano y la fascinación y el temor que le traen las montañas, un eco de otros tiempos, recuerdos contrastados por las nubes densas y los escasos puntos de claridad más allá de su mirada. La espera un día de citas, palabras precisas en horarios preestablecidos: la fórmula con la que desata los nudos de la vida.
Pone agua y croquetas a Max, y piensa que bañarse la ayudará a recogerse en su cuerpo; necesita despertar las extremidades que, lo ha notado, en vez de conducirla, la anclan con su peso. Sentir el agua, eso siempre la ha ayudado a llevar su mente dispersa a la unidad del todo, una identidad definida que ahora se le antoja más o menos reciente. Meditar en ello le recuerda el lugar que hoy ocupa. Sonríe recordando que ella es, actualmente, la mejor versión de sí misma. Entonces no puede evitar reflexionar sobre lo que es ahora Ana y recuerda que detrás de su poderosa construcción se agazapa otra figura, la de la Paloma apenas tibia, inmóvil en la prisión de su destierro.
Se detiene un momento e intenta sentirla, a esa, a la Otra que es ella. Si prestara suficiente atención, tal vez podría despertarla; sabe que Paloma es perezosa, seguramente aún duerme. De las dos, Paloma es quien abre los ojos más tarde, porque ama la noche, su elemento son las luces tenues, la semioscuridad, lo evocado, lo no dicho, lo que se susurra. Es ella la que sabe cómo seducir. Pero ahora no. No es tiempo de aleteos, ni de noches seductoras. Paloma está mejor en el lugar cálido de su confinamiento, donde Ana la depositó con firmeza, aunque poniendo en ello un exceso de sigilo, una atención decididamente tierna.
—Allá la dejé, y allá está bien —se dice Ana en voz alta, mientras continúa concentrada en el recuerdo, o mejor, en la evocación de esa otra, parte suya también, que ya no quiere seguir encerrada. Ana lo sabe. La ha escuchado, cuando todo está muy callado, mover graciosamente sus alas e intentar salir del olvido donde ahora habita. Si quisiera oír, podría escuchar sus ruegos, su voz suplicante:
—Ana, Anita, déjame salir de aquí, sabes tan bien como yo que sin mí no estás completa, sin mí no eres nada.
Ana siente que alguna vez le ha llegado una frase parecida; pero lo que salió de la voz de Paloma fue dicho de una manera tan tenue, con tanta pereza, tan a desgano, que finalmente Ana no sabe si realmente oyó eso, o no. Intenta recomponerse y decirse, como tantas otras veces:
—A ver, Ana, concéntrate en lo que tienes que hacer.
Y eso, exactamente, es lo que hace. Deja a Max devorando en la terraza y, algo vacía, se desplaza hacia el vestidor. Se retira las prendas de la noche anterior. Con cuidado transita por los contornos de su cuerpo, mirándose en el espejo en plena desnudez. Comprueba que la firmeza de su piel y las redondeces que ha considerado atractivas aún están ahí. El vapor del agua caliente le anuncia el momento preciso para entrar en la ducha. Se funde con las gotas vivas. Recorre con sus manos errantes la piel ansiosa. Se acaricia mientras simula enjuagarse hasta que, muy a disgusto, entiende que debe interrumpir el momento. Atraviesa el portal tibio que la protegía, se envuelve en la franela y se para frente al cristal. Desnuda ante el reflejo, se resiste a la tentación de recorrerse otra vez deslizando los dedos suaves perseguidos por su mirada inquieta.
Ya vestida, se dirige al pequeño comedor dispuesto en la cocina. Recoge lo necesario y lo acomoda, meticulosa, en la mesita. Toma algunos bocados, llevando mecánicamente la cuchara a la boca. No pasa mucho tiempo antes de que se levante para poner los platos y otros despojos en el lavaplatos cuando la asalta un nuevo impulso de escupir, esta vez, los restos del desayuno. Logra conjurar la sensación de desagrado que la invade enjuagándose la boca. Recoge su pelo. Toma las llaves y la bolsa. Repasa cariñosamente la cabeza de Max y se despide de él con la promesa del pronto regreso:
—Te adoro, amor peludo. Nos vemos en un rato.
Al salir de casa tropieza involuntariamente con un tablón despegado del piso y de su bolsa salen expulsados los lentes de sol. Hace consciencia de sus pensamientos: el dolor sin fondo que la acompaña en todo momento desde hace unos años. Recoge las gafas y comprueba que no se hayan estropeado. Está malhumorada. El dolor, instalado en alguna zona de su cuerpo, no le concede ninguna tregua. Es su compañía más certera, pero no es capaz de precisar de dónde viene. Sabe que estará allí al abrir los ojos por las mañanas, y que la despedirá antes de abandonarla a la profundidad del sueño. Podría tratarse solo de una incomodidad pasajera si no fuera porque con frecuencia se le impone y la somete al tormento de los espasmos y las evacuaciones que tanto teme. Se entristece al recordar que él, su dolor, es quien duerme con ella últimamente. Es él quien la atenaza con su presencia sin forma. Intenta dar vuelta a su estado de ánimo y respira profundamente para llevar fuerza a sus extremidades. Su inspiración le trae la certeza de un anhelo de otros aires: algo viejo que se perdió o un hecho nuevo que aún no se establece.
—Un asunto negado —se dice, mientras ajusta la puerta de la camioneta.
Enciende el motor y arranca en busca de la misma vía que, todos los días, la conduce de su residencia ubicada en un sector campestre a su lugar de trabajo en pleno centro de la ciudad. Toma la avenida, no sin antes esquivar varios vehículos que se cruzan, amenazantes. Recuerda sus dotes de equilibrista. Evita tropezar con los cuerpos que se mueven como vectores, puntos móviles que copan el espacio de la vía. Entra en el tráfico de la mañana, animada por la presencia de antiguos amores imposibles: son los cantantes de otras épocas que le susurran emociones desde la radio. Son sus compañeros cotidianos de camino y a ellos se aferra para recuperar el aliento. Al final consigue arribar al lugar de parqueo y saluda fríamente al encargado del estacionamiento. No le gusta la manera en que la mira. Se desplaza sin notarlo, cruzando el asfalto que a esa hora permanece frío.
—Buenos días, Gregorio.
Presiona el botón del elevador mientras mentalmente se esfuerza por hacer desaparecer de sus ojos a los compañeros ocasionales. Al llegar a su piso, introduce la mano en su bolsa en busca de las llaves. Estas saltan de su mano a la cerradura. Con un movimiento descuidado las hace girar, atenta al sonido que produce la puerta al vencer la resistencia, entonces entra. Sonríe a Georgina y complementa su aparición con un:
—Buen día, Georgi.
Siente que la ha envuelto con sus labios y las ondas de su voz. Aunque haya entregado las palabras al vuelo, disfruta de ese rápido ritual. Arroja sobre el escritorio los papeles que trae en la mano. Busca el perchero para suspender el bolso. Toma el portátil que traía envuelto en su mochila rosa. Una vez sentada, se afianza en la poltrona, toma el aparato entre sus manos, lo abre y espera pacientemente a que se inicien todas las aplicaciones. Mientras contempla una imagen de Max que emerge en el fondo de pantalla, medita sobre el tiempo que hoy le será escaso y en el resto de alegría de sol. Abre el calendario. Revisa sus citas. Tiene agendados cuatro encuentros, dos en la mañana y dos en la tarde. Suspira. Sabe que le esperan momentos hechos de frases estudiadas. Debe preparar sus jugadas. Decide abrir el expediente relativo a la primera cita. Es el asunto aquel de la empresa exportadora de café. Recorre un archivo de texto y otro más que es una hoja de cálculo. Mientras repasa las columnas de la matriz preparada previamente, se sorprende: está totalmente distraída. Se da cuenta de que apenas si mira el contorno de los números, pero no atiende bien a los resultados. De la nada aparece, lo siente con fuerza. Es otra vez el retorcijón. Una señal de algo que no ha llegado a descifrar. Siempre tan presente. Tristemente inequívoco.
—¿Qué será? ¿Qué será? —se pregunta, y sus interrogantes se deslizan por la pantalla del ordenador, descendiendo como gelatina derretida.
No sabe qué hacer con el confuso cuestionamiento que flota en la periferia de su entendimiento y que se le ha materializado, justo ahora, como un chorreón sobre el escritorio. Se percata de que ha regado el café, el mismo que hace un momento le trajera Georgina. Se apresura a llamarla para que la auxilie, mientras corre a encerrarse en el cuarto de baño. Es la mano invisible que la aprieta por dentro la que nuevamente la obliga a huir hacia el retrete. Allí sucederá lo que viene aconteciendo desde hace varios años: se desprenderán, junto con el calor que baja de su cuerpo, unas gotas color cereza que la llenarán de temores e incertidumbres. Escucha cuando su asistente la llama desde fuera:
—¿Le pasa algo, señora Ana?

Antes de fallecer, el crítico argentino Noé Jitrik alcanzó a leer el manuscrito de El libro de los días y comentó que se trata de “una novela de ritmo secreto y obsesivo.”
Ediciones El Silencio, la editorial independiente de Cali que acaba de presentar este libro, indica que se trata de «una novela intimista y de memoria que sigue el tránsito interior de una mujer a través del tiempo cotidiano: los gestos mínimos, las pérdidas, los afectos, la maternidad, el cuerpo y el paso de los días como materia narrativa. La obra se construye como un diario expandido, donde la experiencia personal se transforma en reflexión literaria sobre la fragilidad, el amor, el duelo y la persistencia de la vida en lo ordinario. Cada fragmento funciona como una entrada que captura la densidad emocional de lo aparentemente simple».
«La soledad» es el primer capítulo del libro y corresponde a las páginas 9 a 15.
El libro de los días
Diciembre de 2025
Cali, Colombia
ISBN: 978-628-97238-2-3
258 páginas