«El juego», un cuento de Felipe Isaza Londoño

28 de marzo de 2026

Felipe Isaza Londoño ejerce como anestesiólogo en la Clínica San Marcel y su trabajo médico alimenta sus creaciones literarias. "El juego" hace parte de un volumen de cuentos en proceso de edición.
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—¿Acaso me ha llamado mamerto? —le pregunté al hombre que estaba sentado frente a mí y que me miraba con una mezcla de desprecio y rabia.

Alcé una ceja. No por provocarlo, sino para ver si entendía que lo estaba observando realmente. Pude observar un leve temblor en su párpado derecho. Suficiente respuesta para mí.

La reunión se celebraba en la casa de campo que había pertenecido a mis abuelos. Ya era entrada la noche. Tíos, tías, primos, primas, sus parejas y algunos miembros de sus familias políticas conversaban entre sí, mientras los perros dormían bajo las mesas y en la terraza sonaba una mezcla de risas y música con olor a carne asada. También había amigos de la infancia, esos que ya son casi consanguíneos. Y, por supuesto, Rodolfo había traído al político de turno, bajo la excusa de mostrarle la hacienda, aunque todos sabían que lo había traído para negociar un contrato y dejarlo deslumbrado con nuestra hospitalidad. Además, él le había prometido una contribución importante para su próxima campaña. Todo típico.

El hombre que me había replicado era ese político. No lo conocía, pero debía ser importante, porque una sombra con gafas oscuras, músculos de gorila y un tatuaje de las fuerzas especiales en el cuello, no se separaba de él. La causa de su gesto hacia mí había sido que, en una conversación casual, usé las palabras “pueblo” y “lucha”, lo que en su mente debía equivaler a insulto ideológico.

—¿Acaso me ha llamado mamerto? —repetí ante su silencio, mientras él me miraba ahora con rabia y desconcierto, como si no estuviera acostumbrado a que lo contradijeran. Movió la mandíbula, como si fuera a hablar, pero no lo hizo.

Pocas personas nos rodeaban. Algunos se tensaron, conocían mis ironías como otros conocen a sus hijos. Otros se acomodaron con sonrisas cómplices, esperando que siguiera. El guardaespaldas dio un paso, pero se detuvo al ver que yo era delgado, casi insignificante, nada que pareciera amenazar a su jefe.

El político bebió un trago de whisky, se apoltronó en la silla con actitud desafiante. Yo me senté con calma, dejando unos tres metros entre él y yo, y levanté un vaso de ron para imitarlo con exageración.

—Bueno —dije—, parece que no quiere responder. Lo comprendo. A veces uno usa palabras que no entiende. Imagino que no se refería a la definición de “lerdo”. Tampoco creo que quisiera acusarme de comunista. Supongo que intentó ofenderme insinuando que tengo ideología de izquierda. Un “izquierdoso de mierda”, ¿no? Le debe sonar más cómodo ese término.

Más gente empezó a acercarse. El hombre seguía inmóvil, guardando un silencio sospechoso. Tengo que reconocerlo: cualquier otro habría gritado o habría intentado imponer autoridad. Él no. Dudé, creí que su calma se debía a que había leído mis intenciones y yo no estaba leyendo las suyas. Sin embargo, continué.

—Seguramente me oyó decir cosas como “bien común”, “orden”, “disciplina”, “revolución”. Podría haberme lanzado cualquier insulto si realmente entendiera los términos. Pero hay uno que seguro conoce desde niño: “hijo de puta”.

El silencio cayó sobre la sala. Alguien se atragantó con cerveza. El escolta se llevó la mano al interior de la chaqueta. Tensos, expectantes, los presentes contenían la respiración.

Fue entonces cuando vi a Clara acercarse. Una amiga de mi prima Estela. Hermosa, morena, voluptuosa. Desde que nos conocimos sentimos una conexión particular. Ahora, con una michelada en mano, me observaba. Midiendo patrones, emociones. A veces parece que ella ve antes de que uno piense.

—No se deje engañar por mis tenis —continué, mostrándole mis zapatos gastados—. Son unos Silver Duck. El capitalismo cobra oro por vender basura con apariencia de antigüedad. Uno se pone lo que quiere, ¿no?

El político no reaccionó. Solo bebió más, y me sostuvo la mirada. Rodolfo intervino, nervioso, haciendo gestos para que me callara. Lo ignoré.

—Es curioso —seguí—. Usted critica la conciencia social, pero usa todo lo que los suyos venden como tal: mochilas hechas por indígenas pagados con monedas, café con historias recicladas de campesinas cabezas de hogar, discursos huecos. Todo eso lo conoce bien, ¿cierto?

Me acomodé la mochila indígena que llevaba colgada.

El vaso del hombre estaba vacío. Tomó la botella y se sirvió hasta arriba. Un movimiento leve, pero notable: había tensión bajo su fachada.

—No crea que estoy borracho —dije—. Estoy sobrio. Aunque eso es lo que diría un borracho.

Cité un verso de Alberto Cortés, luego una frase de Churchill. Ni una grieta en su cara, salvo un estremecimiento en el vaso.

Las risas de la terraza contrastaban con la quietud en la sala.

—Si piensa un poco —añadí— quizá ya no me llamaría mamerto, sino tibio. Usted cree que la política es una cuerda de dos extremos. Pero no. Ni la política es eso, ni yo soy tibio.

Algunos familiares me miraban con reproche; otros me animaban. Estela prefirió salir a fumar para no seguir escuchándome. Mi tío Edgardo evitaba mirarme; siempre supe que odiaba estos juegos, pero no se atrevía a decirlo. Clara chupaba una rodaja de limón, con los labios fruncidos.

—Me gusta más el dinero y el placer que a usted —dije mirando a Clara—. Usted pensará que soy poco ambicioso, pero quienes tienen demasiadas necesidades suelen verse muy vacíos por dentro. Yo… yo estoy lleno.

Gerardo llegó con montaditos. El político ni los miró.

—¿Tienes algo de carne, tío Gerardo? Nuestro invitado necesita hierro. Esa palidez…

El guardaespaldas estaba rígido. Un depredador a punto de atacar.

—Envidio su calma —le dije al político—. Aunque sus dedos dicen otra cosa.

Él seguía sin responder.

—Bueno —dije—. Tomo su silencio como permiso para continuar.

Eugenia llegó con jamón serrano. Clara se acercó un poco más. La tensión era palpable.

—La política no es una cuerda —continué—. Es una esfera donde los países se mueven según su historia. Pero eso usted no lo lee.

Mi botella de ron estaba vacía. Yurani me sirvió más, agachándose un poco justo frente al invitado..

—Supongo que usted cita autores que nunca ha leído. Manipula números. Finge erudición. Y eso sin hablar de cómo siembran ideas absurdas en cerebros crédulos. Negar el cambio climático. La Tierra plana. Todo eso funciona como fertilizante para la ignorancia.

Por primera vez, el político mostró interés. Un brillo en los ojos.

—La gente cree lo que quiere creer —dije—. Es fácil manipular emociones. Crear enemigos imaginarios, generar miedo. Es el truco más viejo del libro.

El político hizo un gesto imperceptible con el codo. El escolta se tensó más.

Y Clara, tranquila, decidió intervenir.

Se acercó al político, mirándolo con la serenidad del cirujano que entra a un quirófano.

—Pregúntale —me dijo— qué teme perder más: control o reputación.

Obedecí.

—¿Qué teme más? ¿Perder control o reputación?

El político abrió la boca para responder, irritado.

Clara lo interrumpió.

—Si responde rápido, miente. Si se queda callado, también.

Él giró hacia ella, molesto.

—¿Esto es un interrogatorio?

—No —dijo Clara—. Es un diagnóstico sobre la naturaleza humana. La gente solo muestra quien es cuando nadie la está mirando. O cuando la provocan.

El escolta dio un paso definitivo. El preámbulo de un ataque.

Nadie en mi familia reaccionó.

El escolta sí: sintió el vacío. La falta de sorpresa. El ambiente que no gritaba, no huía, no retenía el aliento. Una coreografía invisible lo rodeaba.

Y entendió —un instante demasiado tarde— que había entrado en un lugar equivocado. Donde la violencia no era extraña.

Respiré una vez, como me enseñó Clara: por la nariz, lento, contando hasta tres.

El escolta sacó su arma pero no sabía a quién apuntar.

Disparé desde adentro de la mochila.

Dos tiros.

El cuerpo cayó hacia adelante, cerca de los pies del político. La sangre se desparramó sin prisa.

Alguien dejó caer un plato. Arnobia se santiguó. Clara ni pestañeó.

El político respiraba acelerado. La mandíbula temblaba.

Clara se sentó en el brazo de una silla, cruzando una pierna.

—Ahora sí podemos hablar.

Él tragó saliva.

—Esto es un secuestro.

—No —dijo Clara—. Esto es una evaluación. Usted ya fracasó.

—¿Qué quieren? —preguntó él.

—Ver cómo reacciona —respondí.

—¿A qué?

—A la verdad —dijo Clara.

Se inclinó hacia él.

—Él —me señaló— no puede explicarse de forma que usted entienda. Yo sí. Hace años vi en él algo raro. No psicopatía pura. Eso es aburrido. No. Él siente empatía, pero no culpa. Conecta con la gente para desarmarla. Utiliza la comprensión como arma. Es… eficiente.

El político la miraba sin saber si debía temerme a mí o a ella.

—Lo ayudé a perfeccionarse —continuó—. Y juntos encontramos un sistema. Primero, con la familia. Luego, con personas más interesantes. Como usted.

Ella se levantó.

—Buscamos gente que cree que nadie la atrapará. Esas personas tienen puntos ciegos muy útiles.

El político intentó retroceder, pero chocó con la mesa.

—Ustedes están enfermos —dijo.

—No —respondió Clara—. Solo somos constantes.

La señal fue mínima. Clara la hizo con los dedos. Yo entendí.

—Pensé que sería fácil provocarlo —dije al político—. Pero su silencio me desconcertó. Clara apostaba que usted era psicópata. Yo dije que solo era cobarde. Gané.

El político intentó hablar. Abrió la boca, como si fuera a dar una orden.

No alcanzó. Sus ojos se movieron. Solo un poco.

Un disparo. Seco.

Gerardo y Daniel levantaron el cuerpo. Sin preguntas. Sin sobresaltos. Como quien recoge sillas tras una fiesta.

—Otro muñeco para la colección —dijeron al mismo tiempo.

Daniel le echó la bendición al muerto y luego él se persignó. Siempre lo hacía. Para cerrar puertas, decía.

Horas después, los cadáveres estaban en una finca lejana. Limpios. Colocados en una piscina vacía. Un crimen pasional. Un suicidio. Fácil de vender.

Tres días después, la familia volvió a reunirse para desayunar.

Nadie mencionó al invitado. Ni su muerte. Ni los tabloides que contaban su historia como si hubiera sido inevitable.

Eugenia abrió una bolsa de tela y empezó a pasarla por la mesa.

Cada uno dejó un papel dentro.

Un nombre.

Un perfil.

Un objetivo.

Clara primero, sonriendo. Luego yo. Estela después, emocionada. Yurani estampó un beso con labial en el suyo. Y así hasta el último.

Pablito, el hijo de Gerardo, se encargó de sacar los papeles y hacer el conteo. Ya lo había hecho antes. No parecía asustado. Trataba de ganarse el permiso de su padre para asistir a las reuniones.

Había que elegir al próximo convidado.

Nadie dudó al escribir.

El médico y escritor Felipe Isaza

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  • Médico anestesiólogo con formación en neuroanestesia. Su acercamiento a la escritura surge desde la observación clínica y la reflexión sobre la conciencia, el cuerpo y sus límites. Apasionado por el universo que habita en el cerebro, explora en sus textos las fronteras entre lo biológico y lo simbólico.

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