«El incierto color de la luz: Egipto, Israel y Jordania», de Esperanza Jaramillo (fragmento)

21 de febrero de 2026

Esperanza Jaramillo invita al lector a Alejandría, El Nilo, el desierto del Sinaí, Jordania e Israel. Publicamos uno de los capítulos viajeros de este libro, editado por la Biblioteca de Autores Qundianos.
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Camino del llanto bajo las estrellas

Visita al templo de Kom Ombo

El habla del río se llevó lento los muros y la vida.

Desde la proa del Sonata apreciamos la silueta del templo, erguido sobre una colina, otro santuario que aún guarda el lenguaje de los dioses. Nos acercábamos a Kom Ombo, eje comercial egipcio en la ruta de las caravanas, que recibió a centenares de nubios con motivo de la construcción de la represa de Aswán. Miles de familias tuvieron que dejar sus hogares ante el naufragio inevitable de todo cuanto era suyo. Marcharon haciendo el camino del llanto. Guardarían por siempre en sus retinas la visión del agua que empezaba a cubrir lentamente sus casas y a borrar el limo para sus mejores cosechas. Iban cabizbajos, parecían buscar otra luna invertida en el fondo de la arena. Aunque sabían que muchos de sus monumentos amados serían rescatados antes de que se colmara el embalse, tenían claro que sus vidas fragmentadas jamás retomarían el hilo fino de la memoria. Casi todos ignoraban el nombre de ese nuevo mar que devoraría montículos y bloques de piedra: el lago Nasser. Las estrellas dicen que era octubre de 1958.

Los barcos navegarían la sombra de otras deidades, y los templos imposibles de ser trasladados mostrarían que el olvido es la certeza de haber existido. El Nilo bueno, que en sus crecidas araba el desierto y abría los surcos y después se retiraba para que los campesinos esparcieran sueños y semillas, correría ahora entre márgenes trazadas por el hombre en una obra de ingeniería sin precedentes. El origen de este tajo de luz en el desierto era un misterio en la antigüedad. Para los romanos era muy importante conocer el Nilo y sus crecientes: con el fin de suplir las necesidades de una población en incremento constante, precisaban del trigo que traían desde Egipto. Por eso el emperador Nerón, fascinado por el enigma, envío a Aswán a dos oficiales en el año 62, según consta en registros antiguos, con la misión de conocer el mediodía desbordado en su corriente primordial: ¿Ignoras que entre las opiniones que explican los desbordamientos del Nilo hay una que lo hace proceder de la tierra misma y atribuye la crecida del río, no a las aguas del cielo, sino a las interiores?1

¿Pensaría alguna vez el filósofo Séneca que su discípulo Nerón, tan ávido de aprender en un momento, vería complacido luego, desde el Palatino, cómo su ciudad se consumía en una sola brasa? Siglos después los desplazados de Nubia caminarían el desierto herrumbroso desconociendo la trama de pensamientos, invasiones y guerras que escriben la historia y manchan la tierra. Muchos de ellos llegaron en silencio hasta Kom Ombo y se detuvieron ante la imagen de sus magníficos templos.

Existen dos grandes monumentos: uno de ellos domina un cerro y al parecer fue un panteón. El otro es un santuario erigido en la época ptolemaica, inicialmente para honrar al dios Sobek: el trueno incontenible que desata horror y tempestades. Posteriormente honraron allí a Horus con el fin de contener el poder maligno de Sobek, cuyos efectos malvados habían propiciado que muchos nativos atemorizados abandonaran la ciudad. De modo que construyeron para Horus una sala hipóstila, otro altar y una girola2. El emperador Augusto le añadió una entrada en forma de pirámide, tal vez para ingresar triunfante.

Templo de Kom Ombo / Crédito: Imagen tomada de Getyourguide.es

En una de las paredes hay una escena de una mujer dando a luz sentada en un banco, y sobre el piso se observa un recipiente con agua reposada. En un muro exterior se honra a quien es considerado el primer arquitecto de la historia, el sabio Imhotep, también astrónomo y médico; allí tallados permanecen sus elementos quirúrgicos. El miedo y las plegarias aún se esconden entre las grietas de los bloques de piedra, pero al atardecer un velo anaranjado los cubre y convoca lo apacible. Los colores han desafiado el paso inexorable del tiempo, y aún flota en el aire la devoción de los hombres que se ponían de rodillas y besaban el suelo.

En el siglo II a.C. empezó la decadencia de la dinastía ptolemaica. Egipto perdió territorios, los ptolomeos relegaron su afán conquistador, se enfrascaron en luchas internas por el poder y olvidaron su compromiso con el pueblo. Al final, como sucede siempre, la ambición clavó su cuchillo en el corazón de los monarcas. En esa época de crisis los gobernantes inventaron un enemigo para descargar sus culpas, y apelaron a lo más fácil: despertar el odio contra los griegos, placentero veneno que corrió por el pueblo y nubló sus ojos. Los ptolomeos en su decadencia vieron desde el trono cómo los egipcios desterraban a los que habían sido sus amigos, de quienes habían heredado la admiración por lo estético, el trascender otros límites.

Las mujeres nubias, dulces hilanderas del lino, y sus hombres, hábiles para la forja, en cuyos ojos de lluvia azul todo el horizonte cabe, aprendieron otra lengua para aplacar el viento y ahuyentar las cobras; hoy todos ellos forman parte de la población de Kom Ombo ―ciudad de oro―. Al caer el día, aún se detienen para admirar los templos y recordar las historias de sus abuelos, del tránsito por el desierto rojo. En esa diáspora del olvido los nubios anunciaron los acontecimientos que presenciamos en este siglo XXI: un caminar sin estrellas, sin linderos, hacia un lugar aún no inventado. Hoy, como en el alba del tiempo, el hombre agota desiertos y navega mares de una sola ola en busca de aquello que tiene nombre de aroma y es pez fugitivo…

El incierto color de la luz: Egipto, Israel y Jordania es una obra dividida en 42 capítulos, que parte de Alejandría y luego de un largo y poético viaje termina en Tel Aviv. «Camino del llanto bajo las estrellas. El fragmento publicado, «Visita al templo de Kom Ombo» corresponde al capítulo 14, que está en las páginas 99 a 105 del libro.

En el prólogo, titulado «Rocas para guardar el silencio», el editor Jhon Isaza escribió sobre esta obra: «… es también un libro de relatos; las personas necias y ansioasas por categorizar y fragmentar enfrentarán, cada tanto, arenas movedizas al intentar identificar cuándo inicia el relato y termina la poesía. Lo otro no lo sé de cierto, pero quizá sea un libro que podríamos incluir en el género que popularizó hace siglos Agustín de Hipona: una confesión».

El incierto color de la luz: Egipto, Israel y Jordania

Biblioteca de Autores Quindianos. Secretaría de Cultura, Gobernación del Quindío, y Universidad del Quindío.

Asesoría editorial: Licenciatura en Literatura y Lengua Castellana de la Universidad del Quindío

Armenia, Quindío

Primera edición: septiembre de 2021

298 páginas.

ISBN: 978-958-99022-3-3

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  • Nació en Manizales y gran parte de su vida ha transcurrido en el Quindío. Nieta de los poetas colombianos Juan Bautista Jaramillo Meza y Blanca Isaza de Jaramillo Meza, su mirada poética del universo llega hasta ella por los senderos de la sangre. Ha sido colaboradora del suplemento "Papel Salmón" de La Patria, y de diarios y revistas regionales. Es autora del poemario Tiempo del escarabajo (Editorial Oveja Negra, 2017), obra que fue premiada por la Fundación Museo Rayo en 2008, y de El incierto color de la luz: Egipto, Israel y Jordania (Biblioteca de Autores Quindianos, 2021). En 2023 fue reconocida como escritora del año por el Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales, de Calarcá.

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