V.
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Mi llegada a El Sueño de la Valquiria fue a mitad de la mañana soleada de un sábado seis de enero inolvidable. El firmamento, saturado por un cobalto grato, acompasado por los relumbrantes cientos de miles de ocres, sienas y esmeraldas, aparecía tocado por un ángel, siempre si es verdad que existen. Yo, temeroso y exultante, mantenía una sensación de vértigo, como si los pesares y la confusión de mis últimos tiempos en Tunja y Santa Fe hubieran vaciado mi cerebro y desertizado mi alma. Y con el caimán bien acomodado en la barriga. Desmonté de Centurión, mi bayo galopero, en el empedrado patio central de Casagrande, el inmenso caserón apenas restaurado y cabecera de las amplias posesiones mal habidas –es leyenda en el Nuevo Reyno– de la estirpe de los Porras Castro de Duero y Cubides. La inició a construir en época colonial abuelo Nepomuceno Severo según el modelo del renacentista cortijo lombardo. Con la zurda, porque fue todo abusivo. Soñada como un castillo, era inextinguible y amplia la casona con tres patios de provincianos enriquecidos con ínfulas de ser patricios aquitanos, florentinos o cosacos. Se erguía enchapada en revoques de cal y canto con algunos recubrimientos en piedras locales y tejado de copa en terracota. Clavada entre mil esmeraldas, glaucos y verdemar, rebosaba colma de cristales de Sèvres y vidrios de Murano. No cabían la cantidad de muebles de ebanistas portugueses y lombardos, los incontables tapices de Mampuján y Brujas y la hermosa colección de cuadros de pintores napolitanos. Se construyó a costa de la vida de siete esclavos africanos y seis indígenas laches y guanes traídos a la fuerza de los vecindarios de Saravita, tres de los cuales optaron por suicidarse antes de seguir esclavizados.
Con la bendición del obispo de Pamplona que asperjaba a chorros agua bendita y a la presencia de los notables de la región, fue inaugurado sólo muchos años más tarde por ese otro abuelo desalmado que fue Macario Galba, en ocasión de sus fastuosas nupcias con la tan bella y arpía cuanto aterradora abuela Auxibia Sisebuta, la Temible. La próspera y abundante valenciana de Benidorm, cultora de la bandura y el birimbao, protagonista de leyendas que circulan aún en la familia. La ceremonia inaugural fue por los años cuando en Santa Fe nacía Juan de Herrera, uno de los compositores nativos más prolíficos del Nuevo Reyno, maestro de capilla y compositor de la Catedral de la ciudad. Fue ese mismo año en que en el Nuevo Reyno Unido, con el aval de Charles ii, el Restaurador, se fundó la Compañía Real Africana que inauguraba la trata británica de esclavos y convertía a Norteamérica en una cárcel, además de ampliar el camposanto en que los ibéricos y demás cachimbos europeos habían convertido al Atlántico. Los hijos de la pérfida Albión, maestros sin rivales, al igual que los peninsulares, en las artes de la rapiña, el disimulo y la traición, en esos años no ahorraban plomo para los mosquetes, hierro para las cadenas y candela para los fierros de marca, más cuanta iniquidad podían ingeniarse para esclavizar africanos, exterminar indígenas y, con la fuerza bruta, apoderarse del mundo, con tal de ponerles los pies en la cabeza a España, Holanda y Francia.
Habían sido muchas las horas de la cabalgata eterna que hice para llegar desde Tunja. Tres días antes, una madrugada preñada de neblina y escarcha en que se respiraban los odios reprimidos de los gamonales tunjanos y el resentimiento feroz de sus infelices matronas, enlutadas, sin vida, sin amor ni buen sexo, había tomado el tortuoso camino real de El Infiernito y Villa de Leyva. Allí hice mi primer descanso para tomar un canelazo con Nirma y Diego, dos pintores, buenos amigos de la familia. Esa noche pernocté en casa de María Teresa y Franco, una pareja de italianos, para nada monárquicos, pero sí garibaldinos, aclimatados radicales en el Nuevo Reyno transformado, porque sí, es un laboratorio de experimentación étnica y un campo de tiro donde, por dármelas de desparpajado y dormir en el granero, fui devorado por las pulgas. El día después, tras de volver a sentirme en mi hábitat por los continuos cambios del paisaje y una cena confortable, lo hice en El Revuelo, una finca de familia en San José de Pare. Allí la actividad productora era de habas, garbanzos, frijoles y hortalizas, con una gigante cría de caracoles y morrocoyes de patas rojas y amarillas para fines gastronómicos, visto el nulla osta decretado por el Santo Padre en Roma, a fin de mantener vivo el ayuno los viernes y las fiestas de guardar.
La noche siguiente que se me metía por todos los poros paré en Oima, en la simpática y alegre fonda de doña Eduviges Dominica Camacho Tisacá, cuyo hijo, Hernando Sigismundo, había sido compañero mío de primaria en el Colegio Boyacá de Tunja, mas luego se echó a la adulación, el chismorroteo y las intrigas en las instituciones del Agro. Fui bien atendido, me sirvieron tamales con chocolate de bola y pique y, muy a pesar de los zancudos, pude descansar a mis anchas. Porque, mijo, en esos meses el zumbido de las nubes de mosquitos es peor que el de las escuadrillas de la Luftwaffe que me tocó soportar las noches de un febrero horrendo que se metía por donde podía, cuando logré refugiarme en Bras-sur-Meuse y evitar los bombardeos en Verdun. Para no extenderme y platicarle sobre el renombrado genocidio con gases que perpetraron los alemanes en la batalla de Ypres que descorazonó a medio mundo, para constatar que la especie humana es la única destructora del planeta.
Un abrazo entrañable y un, Bienvenido joven Antonio, precedieron las primeras palabras de Uriel Camilo Vargas Nakorusuu Diitu, esa mañana que ha quedado inalterada en mi memoria, Antes que nada –empezó con tono grave–, sumercé, patrón, debe apersonarse de Ette Itti, la tierra, del quehacer incesante de las plantas y de la brega de los animales, del ritmo y del murmullo de los vientos, de la trayectoria de los cuerpos celestes, del origen de las lluvias y del curso de las aguas. Porque éstas son la sangre de Narakajmanta, nuestra gran madre y progenitora. Y, junto con los Ooriyas, nuestros sueños, fijan los principios de la vida en las amplias llanuras, las ciénagas, los ríos, las selvas, los bosques, las estribaciones de la cordillera, las serranías y las montañas que la habitan. Tras de esas breves y densas palabras, abuelo Antonio dijo con tono vibrante, Fue la fiesta de los abrazos, mijo, atemperada por la algazara afectuosa de los trabajadores que andaban por ahí. Mayor aún fue la dicha de llegar a un sitio para mí, más vivido en sueños que conocido. Porque, no olvide que los sueños son concretos, hechos de materia viva. La luz tersa me impregnaba el ánimo. El cosquilleo que sentí en el bajo vientre, con el caimán en la barriga que no me abandonaba desde mis avatares bartolinos y la sensación de que me faltaba el aire, se hizo más agudo, al avistar, medio oculta tras del amplio portal verde esmeralda de las caballerizas, su mirada negra, penetrante y reposada. Entreví, del otro lado del patio, la sonrisa leve de Anahí Itzae, flor que me han donado los dioses, vista desde la izquierda; la niña flor rubí de la más bella voz, vista desde la derecha.
Terminado el bochinche inicial, y ya instalado en una habitación del patio central, nos reunimos para el almuerzo en la espaciosa cocina de Casagrande. La componían tres ambientes sosegados y con buena energía, recién refrescados con cal blanca. En el primero, las estufas añejas y grandes de carbón y leña empotradas en el muro, levantadas en ladrillo a vista, con la plancha, los fogones y las hornillas extraíbles, los hornos y un tanque calentador de muro, más los calderos de cobre bien encajados para contar siempre con agua caliente. En el segundo, los mesones de trabajo en madera y piedra, poblados por bateas, moldes, totumas, cucharones, batanes y pataconeras; los lavaderos en granito y toda suerte de calderos, cacerolas, cedazos, colinos, pailas, sartenes, instrumentos de mano y el ollaje de cobre y aluminio. En el último espacio, la inmensa mesa de roble rústico, cepillada a ras en la superficie superior, dotada de veinticuatro puestos y las alacenas rebosantes de cristalería, las vajillas importadas, los cacharros artesanales y los servicios de mesa. Un muro, adornado con veintisiete pequeñas pinturas al óleo con vistas del golfo de Nápoles conformaban la bella colección que habían iniciado abuelo Nolasco Nerón y su mujer, abuela Aisha Aimina, a comienzos del siglo dieciocho. Por sugerencia de uno de sus padrinos de bodas, el escritor judío triestino Francesco Saba-Sardi i, célebre en la península Itálica por sus borrascosas novelas barrocas y sus tratados eruditos sobre el sexo, el mito, las perversiones del p-o-d-e-r, las religiones del mundo y el diccionario enciclopédico de los papas. A esta colección, abuelo Pablo Vitelio agregó, en el muro de enfrente, la de veintiún vistas al óleo por pintores nuestros, que también los hay, de los mayores puertos latinoamericanos. Eduviges Filomena Niño Oristunna Kraanti, la esposa de Uriel Camilo, auxiliada por las cocineras, Anatolia Felixina de El Carmen de Bolívar, y Nicanora Sancia de Chimichagua, sirvió una suculenta pepitoria con arroz, queso, huevo y migas de pan, acompañada con yuca en hogao y una jícara de guarapo de piña, mientras decía, No lo dude tanto, lo mejor que puede pasar es que le encante, Menos mal que ayer me avisaron con un cablegrama que llegó de Tunja y fue posible preparar con todas las de la ley. Y si no le suena el cabrito, patrón Antonio, le doy de probar arepa y mute…
Abuelo Antonio se instaló en Casagrande, estimulado por la atmósfera jovial que se respiraba. Desde el día siguiente de su llegada comenzó a tomar en serio la que iba a ser una larga estancia, cuyos objetivos principales, al menos en ese momento, fueron tres. Primero, recorrer de cabo a rabo esas tierras que heredaría con el objeto de gobernar y duplicar el patrimonio, con sus gentes, paisajes, riquezas, historias, leyendas y mitos. Asimismo, mientras les daba bola a sus desequilibrios emocional-espirituales, comenzar a desembrollar la historia de sus antepasados. En fin, descubrir qué eran esos misterios de las culturas, las cosmogonías de los Yariguíes o Ettes y las otras más de sesenta culturas amerindias que los súbditos de los reyes del Cid Campeador habían perseguido, torturado y asesinado. Y que, no contentos, los criollos en el presente, en manguala con los petroleros gringos, flamencos y británicos, siguen persiguiendo, asesinando y desplazando, con el afán de hacerlos desaparecer de la faz del planeta, y apoderarse de sus tierras. Más, era para conocer a fondo a los antepasados de Uriel Camilo, los Ette que no entendía por qué siguen llamando Chimilas, Ette Ennaka o gente propia, un pueblo grande y poderoso Durante la Invasión, dicen las crónicas, eran totalmente libres, porque así nacieron por derecho, pero los calificaron salvajes por andar desnudos, pitorrear cuando querían y usar flechas con curare cuando los atacaban. En la mitad del siglo pasado, seguían haciendo peligroso el tráfico de canoas por el río Magdalena. De estos tiempos los Ette Ennaka habitan en los departamentos de Magdalena y Cesar, en Issa Oristunna (Tierra de la nueva esperanza), Ette Buteriya (Pensamiento verdadero), y Naara Kajmanta (Nuestra madre)…
El fuego de los blancos era negro y lo escupían de sus brazos. No sonreían, no eran amables y gritaban e injuriaban haciendo uso de violencia para amedrentarnos. No contentos de los atropellos y las partidas de caza para apresar a los nuestros, para desprestigiarnos nos llamaron Caribes y Chimilas. Así desconocían las varias naciones que poblábamos el Nuevo Reyno, el nuestro, que es Itti, el mundo. Hemos tenido que ocultarnos, huir, cambiar nuestros nombres; nos han diezmado, pero los Ette Ennaka no dejamos lo que nos pertenece ni nos abandonamos a la desesperación o al llanto. De nosotros, los Waacha blancos montaron la leyenda de que eso que ellos llaman la Provincia Chimila eran sólo dos naciones indígenas que se unieron para combatirlos y, para sobrevivir, quedaron indómitas, despóticas y bárbaras. La nuestra, de la que son mis abuelos y los abuelos de sus abuelos, es una de las que pueblan el Ombligo de la Tierra. Se ha de saber que Inni jukkrusa es el centro que repetidamente se ha creado y destruido con sus pobladores. Too es el corazón de la tierra. Ette Itti mira hacia Duusawa’, donde muere la luz, entre los márgenes del gran Karakalí como llamamos nosotros y llaman nuestros amigos y enemigos al gran Río que baña el Nuevo Reyno al completo, cuyo pueblo principal es Mompox. Hacia Diwanna es donde la luz nace, en las márgenes del río Zesari o Corriente de Aguas Frías, con en medio el Ariguaní o Corriente de Aguas Claras. Hacia Kwakwa, arriba, Trijbrakenta es el norte y el horizonte donde está Ni Lakkrakikkra, la Sierra Madre, columna vertebral con nieves perpetuas, todos los climas, animales y plantas del mundo, a cuyos pies inicia el gran lago azul de sal. Hacia Issu, abajo, Trijbrakenta, el sur, en los extremos donde termina el lago pequeño y dulce de los Zapatosas, los Guanes y otros pueblos.
Mis primeros tiempos en El Sueño de la Valquiria, mijo, fueron tan intensos como luminosos, se explayó abuelo Antonio, antes de que despuntara el sol, en su lecho de enfermo terminal. Fueron meses cobijados por el sol de los venados y una luna risueña y más grande que de costumbre, meses ricos en sorpresas y actividades que empeñaban Ella, mi cuerpo, y liberaban, de tanta polilla adquirida sin más razón que la gratuidad y la inconsciencia Too’ y Tootuttusu’, mi corazón, que son también la mente, mi pensar y mi decir. Créame si lo afirmo sin dudar un segundo. Yo era joven y un poco gaznápiro, pero como si obedeciera un dictado, intuí en el silencio que tomó posesión de mí, que estar allí sería un capítulo de vida que debía asumir sin titubeo.
A eso había llegado a El Sueño de la Valquiria, a conocer, a aprender, a descubrir. Tenía ya suficiente con mis dos momentos de grande incertidumbre adolescente. Me di cuenta de que vivía en un océano de delirios exóticos que me hacían sentir especial y diferente. Vivía como un fantoche, en una burbuja de nada, tal y como viven los papanatas hijos de papá. Supe, al tiempo, que en El Sueño de la Valquiria no iba a ser como estar en la Manzana Jesuita de la capital, en las casonas de Tunja o Santa Fe. Allí vivía ensimismado como un idiota, obnubilado en mis caprichos, en mi intolerancia y en el desconocimiento absoluto de la vida y la realidad del Nuevo Reyno. Nadie hasta entonces se había tomado el trabajo de mostrarlas a los jóvenes, así estudiaran en los colegios de la r-e-p-ú-b-l-i-c-a. Y si acaso las soslayaban, era en instituciones manipuladas por los soldados sin kepis y justicieros del papa a nombre del trillado Cristo. Eso eran el San Bartolomé, el Rosario, La Salle y el Santo Tomás, vanguardias de la Multinacional del Estado Vaticano y agentes del cacareado e-s-t-a-d-o-n-a-c-i-ó-n, según tío Leonardo, el nieto menor de papá Paz. Porque del San Bartolomé, también él había sido expulsado con humillación extrema antes de la graduación de bachiller.
Férreamente estaba todo en manos de los criollos que mal gobiernan el Nuevo Reyno, bajo los principios heredados de la intransigencia, construida según el dictamen de una España y de una Europa que no cesan de ser racistas, clasistas y excluyentes. Y sus realidades, ajenas a lo que no sea blanco, no se exprese en blancófono y no sea blanquecino, como se ilusionan que sea la pigmentación de su piel. Por eso los hispanos nos dejaron como herencia las y pico de castas raciales, las que llaman mulatería, negramenta, ejército de zambos, orejones, guaches, cuarterones, quinterones y, para rematar, la indiada de inciviles e inferiores que se oponen al progreso y al proyecto civilizador, como loros mojados no se cansan de repetir por todas partes. No importa el negror de su ánimo ni el hedor de su alma, como me aprestaba a descubrir en ese inmenso latifundio, El Sueño de la Valquiria, fundado por los abuelos precursores del linaje, pocos años después de su llegada, tras de los pasos de hidalgos, mercenarios, curas y don nadies de, Esa vieja serpiente venenosa, que es España, en palabras del soberano Libertador y fundador de naciones.
Uriel Camilo Vargas Nakorusuu Diitu fue hasta su muerte el capataz de El Sueño de la Valquiria para esa generación. Era un hombre avanzado en años, afable pero férreo y perspicaz. Reservado y silencioso, como todos los pertenecientes a su comunidad, no brindaba confianza a quienes no fueran personas conocidas. Había sido sometido forzosamente a bautismo por un dudoso capuchino que pasaba por misionero en las riberas septentrionales del río Frío, en las estribaciones occidentales de la Sierra Madre de Santa Marta, la Columna Vertebral. Uriel Camilo pertenecía a una familia que trabajaba para la nuestra, desde los tiempos de oro del quinto de la estirpe, abuelo Nolasco Nerón, el Lanza, por los años de la institución del Virreinato de la Nueva Granada. Uriel Camilo actuó siempre con ejemplar fidelidad hacia los Porras Castro de Duero y Cubides, como si se tratara de su propia familia, porque el paternalismo de la mía es así de vergonzoso. Fue compañero de juegos de infancia y correrías de adolescente de abuelo Justo Numeriano, el papá de abuelo Antonio, en los años de oro de la quina, que decaería de ahí a poco. Había heredado lo mejor que contradistinguió a abuelo Macedonio Hostiliano, quien antes de incorporarse a las primeras guerrillas, el fulcro de los ejércitos libertadores de mi general Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios de Aguirre Ponte-Andrade y Blanco, parecía un potro cerril. Así aparece abuelo Macedonio Hostiliano, en un aproximado retrato que se conserva en la galería de familia, en el caserón de la plaza de Bolívar. Fue realizado por Ramón Torres Méndez, en los meses de su convalecencia en Tunja debido al lanzazo que le propinaron en la Batalla del Santuario. Tremenda matazón hubo allí.
En esa pintura al óleo, abuelo Macedonio Hostiliano se ve en uniforme de campaña, con medallas e insignias de mentiras, sus invictos ojos de águila, los pómulos prominentes y colorados, la boca carnosa pero retrechera, su perfecta nariz de repipi muisca, el cuerpo enjuto y brioso, la piel cincelada por el clima, las manos presidiadas por un pulso recio y, con la derecha, empuña un sable carcomido. Es contundente la mirada sagaz de búho adulto. Abuelo Macedonio Hostiliano instruyó a Uriel Camilo, con paciencia y mucho pulso, al tiempo con sus antepasados, Juan Aramaipuro Niño Nakorusuu, su abuelo materno y, Juan Kunak Vargas Diitu, su abuelo paterno, quienes lo iniciaron al vivaz saber Ette Ennaka. Y Uriel Camilo, a su vez, instruiría a abuelo Antonio, en esas sabias y ecuánimes cosmologías, como también en todas las faenas y mañas del campo, los valles, las serranías, los páramos, los ríos y las minas. También en las de las selvas, las quebradas, los ríos, los lagos y las lagunas, los caminos y las gentes de la región. Y las de los astros, los sueños y el ánimo de los seres, todos. Sobre todo, en el valle del Magdalena, como ahora llaman por capricho e irrespeto al Karakalí.
Antes de reincorporarse definitivamente a El Sueño de la Valquiria, Uriel Camilo, quien moriría ultracentenario, combatió dieciocho meses a sueldo del brigante alemán Geo von Lengerke en la guerrilla liberal que flanqueó al general Solón Wilches, liberal ultrancista e incestuoso presidente del Estado Soberano de Santander. De muchacho, impelido por abuelo Leocadio Yangiama, su papá, Uriel Camilo fue caporal de una finca de nuestros abuelos en las cercanías de La Victoria, entre Palomino y Dibulla, a orillas del mar Caribe. Se desempeñó luego, como arriero de la Casa de Comercio Porras & Puyana Ltda. de Bucaramanga, entrando y sacando mercancías legales e ilegales, por entre las escarpadas y las cuchillas, los páramos y las selvas que aprendió de memoria como las líneas de su mano izquierda. Porque las de la mano derecha le fueron achicharradas por las torturas a que lo sometió el criminal ejército conservador al mando de Juan Antonio Gutiérrez de Piñeres, general supremo en Mompox. El fuego de los blancos seguía siendo negro, pero Yaau nos ha dado Ooriya, el sueño. Y de vivir en concordancia con nuestros Ooriyas. El fiel mayoral y amigo de familia, por el malsano paternalismo vigente en la estirpe, recorría El Sueño de la Valquiria dos veces al año de rito, primero con abuelo Macedonio Hostiliano cuando se lo permitían sus quehaceres de guerrero prestado a la inexistente p-a-t-r-i-a, luego con abuelo Hermenegildo Aureolo, en el verano. O con abuelo Justo Numeriano en el invierno. La recorría, a veces sin ellos, hasta los límites, por el occidente, con el Arlí, o río del Pez y, por el norte, con las sabanas de San Ángel y la Gran Sierra Nevada, donde Uriel Camilo había aprendido, como después abuelo Antonio aprendió de él, las mañas del barequeo, la cría de toros de lidia y a domar caballos. Aprendió del jaguar, del caimán, de las serpientes, la simia y las tarántulas, de las hormigas culonas y otros insectos, para dorar al horno con sal de Nemocón; de manejar el machete y la guadaña, montar tarabitas y puentes de cuerda y de vadear ríos y quebradas. Recitaba en lengua Ette cantos e invocaciones, conjuros y plegarias a las antiguas entidades superiores. En ellos nombraba cada uno de los montes, volcanes, nevados, ríos y cañones de la cordillera andina. Porque ellos, los Ette, adoptan entidades superiores que no son dioses como se usa en Occidente.
En esas rondas, echaban una miradita a todos los terrenos que conformaban La Finquita, como la llamaban abuelos, cuyos únicos rivales de entonces, sólo de fachada porque eran amigotes y cuadros entre ellos, fueron Manuel de Joseph Cortissoz, Tobías Valenzuela, Dámaso Zapata, José Bonifacio Aquileo Elías Parra Gómez, el presidente y liberal radical hasta las corvas, productor de bocadillos de guayaba en Vélez, compadrazo de credos, juergas y pases de cualquier cosa de abuelo Macedonio Hostiliano, y empresario del renombrado camino del Carare, Manuel Murillo Toro, el man de las comunicaciones en el Nuevo Reyno y presidentazo bis, Geo von Lengerke, el aventurero, el violento y rastacueros alemán, el abuelo de mi compadre Pedro Alejo Gómez. Y el más chévere de todos ellos, el letrado y musicólogo David Puyana. Más que la amistad –en el Nuevo Reyno no se llamaba aún mafia–, fue la convergencia de intereses de casta, la razón que los indujo a sellar un pacto de respeto y salvaguardia de las propiedades de todos y cada uno, porque eran militantes activos de la Logia Estrella del Saravita número cinco.
Los que declararon guerra contra esa hideputa indiada chimila y yariguí que, Nos lleva de donde nos trae, según el regodazo abuelo Hermenegildo Aureolo, vicepresidente del Partido Conservador. Además de acordar en secreto financiar, sin revelar las fuentes, o sólo a las guerrillas liberales, o sólo a las conservadoras, según los vaivenes de la historia arrebatada de esos años, que es la de siempre y nunca cambia, sumados a la soltura del bolsillo de cada uno, que no era poca, pues se contaban entre nueve de las ochenta y cuatro familias ricas de los criollos que sabemos en el Nuevo Reyno. Atendiendo a las antiguas enseñanzas de abuelos Horacio Calígula y de su hijo, abuelo Pablo Vitelio, quienes importaron la caña panelera y la lima Tahití, Uriel Camilo, como haría su buen discípulo, abuelo Antonio, mejoró las siembras de tabaco en la finca Quo Vadis de Barichara, hizo injertos exitosos de guayaba blanca y piña angoleña en la hacienda La Paz Blanca, promovió el cultivo del kachalú arábigo en la finca Los Silvestres, aclimató en las fincas de Floridablanca el maíz topocholo, el blanco puyita, el morado tusa gruesa, además del blandito de nuestras famosas arepas santandereanas. No satisfecho, Uriel Camilo abrió caminos con los obreros del arrogante bichirón Von Lengerke, un cruco que se sentía el doble de Faust y la reencarnación de Federmann; domó jaguares en las cercanías de Puerto Wilches; extrajo oro en la finca El Recuerdo allá en Vetas, camino de Pamplona.
Un pueblito cuco de las inmediaciones del páramo de Santurbán a tres mil trescientos cincuenta metros más cerca de las estrellas, como es uso decir. Se aventó en la búsqueda juiciosa del platino, el cobre y otros metales estratégicos en minas de la familia activas desde el siglo diecisiete en Andagoyita, Chocó. Sí, mijo, por disposiciones inapelables de abuelo Pompeyo Leovigildo, quien aún daba bola y, sobre todo, órdenes, convencido de seguir siendo un encomendero, Uriel Camilo se concentró en dirigir la explotación del oro. No por nada, se sabe desde entonces y en estos días nos lo refriega en la cara el vástago del filimisco poeta esclavista de los camellos, la vaina de que somos el primer productor del mundo. Se asentó durante cuatro años como dispuso abuelo Hermenegildo Aureolo, En la esquina del San Juan y el Condoto, con muelles para barcos y lanchas que pertenecen a la misma ciudad, y hondas y hermosas calles arboladas con unas especies sólo de sus selvas aledañas. Rejoneó toros de lidia en Cáchira, cazó caimanes en Vijagual, se batió cuatro veces en duelo a machete limpio entre Valledupar y Riohacha, sedujo a más de cuarenta hembras a lo largo y lo ancho del río Grande y otros ríos. Donde también ayudó a nacer diecisiete hijos que no reconoció, excepción hecha de Aucardo Chicangana, el mayor, y de la hermosa e inigualable Anahí Itzae, flor que me han donado los dioses, la mujer más importante en la vida de abuelo Antonio. Recuerde, y no olvide, que pertenecemos a la nación de los Ette Ennaka, la gente verdadera y nuestra lengua es el Ette Taara, me dijo un día Uriel Camilo. Ha de respetar a Anahí Itzae y debe reconocerla por lo que es, no por lo que usted quiere que ella sea –y con voz rauca declamó–, Anahí…, las arpas dolientes hoy lloran arpegios que son para ti, recuerdan acaso tu inmensa bravura doncella yariguí, Anahí, indiecita hermosa de la voz tan dulce como el aguaí. Anahí, Anahí, tu raza no ha muerto, perduran sus fuerzas en la flor rubí…
Para no hacer pasar a Uriel Camilo por héroe de novela o producto de la fantasía, que es tan simplona y chirle, es bien reiterar que abuelo Leocadio Yangiama Vargas y su hijo, Uriel Camilo, combatieron obligados, so pena de muerte, en las guerras civiles con el bando de los liberales. Uriel Camilo regresó de los infernales campos de batalla que oscurecen los suelos de la p-a-t-r-i-a, trayendo como testimonio una cicatriz en forma de cruz que le atravesaba la cara. El destino lo obligó a abrirse paso por entre las montañas, siempre respetó a los suyos, los aguerridos Ette, de quienes Guaricao fue su abuelo por parte de padre y Kanké, su abuelo, por parte de madre. Los dos dieron apoyo al ejército liberal contra el conservador, del que era incondicional el godazo que fue abuelo Hermenegildo Aureolo; también lo fueron sus dos joyitas de hermanos menores, los abuelos, gemelos y bebecos, Attar Atenógenes Arsenio y Arsenio Atenógenes Attar. Los tres han sido considerados los traidores de la familia por haberse afiliado a la corriente goda más recalcitrante. Sí, mijo, la del garruchento del Mariano Ospina Rodríguez y su zarullón Programa Conservador del cuarenta y nueve, cuyo amanuense fue el bachiller bartolino y versificador laureado José Eusebio Caro, el padrino de bautismo de abuela Carmelita Silvestra, nieta de papá Paz. Note que entre ellos se reproducen como conejos con nombres y apellidos porque el de ahora, un siglo después, es Mariano Ospina, pero Pérez, un tirano godo bien protegido por su Tábana, como llaman al marimacho que es Berta Hernández, su mujer. Muy renombrada, ella, por la frasecita aquella de que, Para nuestra d-e-m-o-c-r-a-c-i-a vale más un presidente muerto que un presidente fugitivo. Dígale a Lleras Restrepo y a su grupo que el presidente no renuncia y que yo, su matrona, les advierto que de aquí no saldrá sino muerto. Esa comandona gastó millonadas para quedar en el Manual de Hernández de Alba como la primera orquideóloga del país. Cuando en realidad ha sido la máscara de hierro de las abominables dictaduras conservadoras de los años inmediatos y posteriores al asesinato de e-s-t-a-d-o, del indio Gaitán. Magnicidio le dicen hoy, cuando los funestos motines de El Bogotazo que renovó la guerra eterna en el Nuevo Reyno. Uriel Camilo se encariñó pronto del joven vástago de esa estirpe memorable, abuelo Antonio, quien llegaba a El Sueño de la Valquiria apaleado por sus titubeos espirituales que eran el doble de los existenciales, debido a tanta basura inoculada por los jesuitas.
Anahí Itzae, su hija menor, era una morena hermosa y abundante con apenas cumplidos veintidós años, predestinada para iniciar a abuelo Antonio en los ritos de esa infinidad de entidades superiores como son Ometéotl, y Chin. No del sexo, ¡qué carajos!, que en esas faenas fue maestra la divina Lieselotte. A mí, nada de sofisticaciones ni de poses falsas de damitas gazmoñas y con arreboles o cachumbos en la cuca. No. A mí, lo auténtico, lo popular. Y aprenda, mijo, ya que se lo puedo enseñar, Lo que sepa a tierra roja, a tierra negra y a mar, Nada de Chanel o agua de Lourdes en el choto. Fue un privilegio inusitado para mí que una vestal del talante y del talento de Anahí Itzae, inspirada por Ixchel y Afrodita, me hiciera saborear las más sorprendentes lides que la vida, complicada como es, le dona a la especie humana. Fue generosa como ninguna, lo hizo sin exigir nada en cambio. ¡Por deseo y convicción! Ella me hablaba con monosílabos, pero se prodigaba siempre. No sabía lo que me esperaba, pues yo llegaba alebrestado por la historia con Lieselotte de mis cuitas poco amables. Con Anahí Itzae aprendería todo. Fueron sus dadivosas enseñanzas las que me cambiaron para siempre. Es la única mujer de que me he sabido amado. Cuando llegué me sentía no sé si sacio o sucio de la desmesura con Lieselotte de mi corazón gitano y, cada día más triste, por la impotencia que me impidió conquistar los favores de Judith Betsabé.
Y, no era de poco, ante mi irresolución por tomar los hábitos talares que me preservasen con una moral íntegra en la puta vida que me obligaba a ser heredero, posiblemente rico y, que ojalá, me llevasen a la tonsura. Quizás, como se me impuso soñar, atravesado como estaba por tanto alcohol y tanta mota, hasta podía llegar a vestir de rojo púrpura en este Nuevo Reyno de analfabetas en cosas del alma. O convertirse en ministro, o presidente, o en un calavera de los de verdad le gritaba a cada nada su mamá, abuela Tulia Margarita, una matrona de armas tomar como las muchas mujeres que han poblado y enriquecido la familia. Porque este chivato desconsiderado ya ni se confiesa, ni toma la comunión, ni me acompaña a la misa del ángelus. Y, como si nada, le encuentro a diario los calzoncillos y los pijamas llenos de esas puercas poluciones debidas a las perversiones que lo empuja el diablo que tiene metido dentro, por andar pensando a toda hora en las chivatas de la vida alegre. De tanto eyacular se le va a deteriorar no sólo el pirulo que ya ni custodia de noche en los estuches de tumbaga, sino la materia gris, porque eso debilita y no se repone por más dieta de lechuga, mariscos, que cuestan un ojo de la cara, y huevos crudos bajados con cerveza y queso campesino seco y bien salado.
Uriel Camilo no ahorró afecto y adicción a abuelo Antonio, tal vez, porque su dejo melancólico le recordaba al protagonista de leyendas que le contaba su abuelo. Las rocambolescas protagonizadas por abuelo Bardomiano Cástulo, el bisabuelo de abuelo Antonio, casado con todas las de la ley el día de la cosecha de las primeras vides traídas de Sicilia, con abuela Obdulia Semproniana, en origen tejedora de coronas para muerto en Ocaña y luego, hasta el día de las nupcias, empresaria de bailarinas de cancán en Montería y Florencia, Caquetá, en cuyos espectáculos era trompetista alebrestada. Una echada pa’lante que no se dejó embrujar con las locuras guerreras y libertarias de abuelo Macedonio Hostiliano, el hermanazo de abuelo Bardomiano Cástulo. Ella se apersonó de llevar los libros contables y hacer pagar la mordida, el pizzo como me enseñó a decir Enzo Consolo que dicen los de Cosa Nostra en su isla, a los atrevidos tenderos que despachaban chicha, torozuco, guarapo, aguardiente falso y varias otras bondades para el espíritu envenenado, mientras evaden al erario. Pero a nosotros no; que se vayan a comer mierda de mulo desbarrancado porque, qué jodita tan complicada todas las semanas patonear y que se me llene el culo de ampollas, pues me encanta montar a pelo mi renegrido Júpiter.

Abuelo Antonio (Tusquets 2025) no es una novela histórica. Es una narración novelada y segundo cuadro de un
tríptico del colombiano Fabio Rodríguez Amaya, iniciado con Abuelo Macedonio (Tusquets 2023) que culminará
en 2026/27 con Papá Paz, siempre con el mismo editor.
El tríptico es la saga de doce generaciones de una estirpe criolla que reivindica ser depositaria de linajes
blancocéntricos, sobre los cuales legitima los privilegios de ser casta dominante. Su fundación remonta a finales
del siglo XVI con la llegada oscura al Nuevo Reyno del nebloso abuelo Teodosio Albino, El Fundador, originario
de Berlanga de Duero (Castilla la Vieja), primero en el Nuevo Reyno de la dinastía Porras Castro de Duero y
Cubides.
El fragmento publicado corresponde a la primera parte del capítulo V. En el libro impreso corresponde a las páginas 177 a 192.
Abuelo Antonio
Fabio Rodríguez Amaya
Bogotá
Octubre de 2025
526 páginas
ISBN 978-628-7716-30-8