Hace tres años, por estos meses, mi quehacer docente andaba marcado por Tomás, la novela del caldense Rómulo Cuesta (Marmato 1867 — Riosucio, 1947). Y es que en el 2023 esta obra cumplió un siglo de ser publicada por la editorial Cromos de Bogotá. Para recordar su existencia e invitar a desempolvarla y colocarla en la mesa de discusión, escribí una reseña que apareció en Las Artes del Diario del Otún y en Papel Salmón de La Patria. También esbocé un relato para La Cola de Rata, al que aún sigo dándole vueltas. Con los estudiantes de grado décimo participamos de las etapas del programa Ondas de Minciencias, y hasta colgamos en Youtube un vídeo para hacer eco de ese centenario que quisimos celebrar como propio.
Mi compromiso con Rómulo Cuestano cesó en esos esfuerzos. Si bien otros proyectos han demandado mi atención, lo cierto es que cada tanto reaparece el bueno de Tomás en un vaso de guarapo, en una arepa de almanegra, en la sombra del Ingrumá y en la carretera que de Batero sube a Sitoma. Que qué pienso de la polarización política y del uso de la religión en las causas de algunos partidos, escucho preguntarme ante una taza de mazamorra en Guamal o en un quesillo fresco en la vía a Jardín. Que soy tan liberal como vos, le respondo mientras oteo el valle de Pirsa.
Lo cierto es que sigo invocándolo cada vez que se me presenta la oportunidad. Por ejemplo, para un seminario de crítica literaria, presenté un ensayo en el que abordé el argumento sentimental de Rosario y Tomás desde la propuesta teórica de las Ficciones fundacionales, formulada por Doris Sommer. Con ese insumo, participé de la Cátedra de Historia Regional que tuvo lugar en el pasado julio, en Riosucio. En esa tertulia tuve la satisfacción de tener por interlocutores a Julián Bueno y Álvaro Gärtner, historiadores y gestores culturales que precisaron y controvirtieron la información que he venido madurando.

Pues bien, en estas semanas he retomado esa lectura para corroborar intuiciones, modificar el uso de ciertas citas y descubrir nuevos horizontes, de cara a otra responsabilidad académica. Esa relectura me vuelca de nuevo a la escritura para contar cómo llegó Tomás a mis manos, una breve sinopsis y una búsqueda pendiente.
Fue en un carnaval
A pesar de que Riosucio y Quinchía son dos pueblos vecinos, no fue sino hasta el 2009 que experimenté por primera vez el carnaval. No sé si sería la edad, el poco interés entre los míos por asistir o el prejuicio por el tema del diablo. El caso es que, aprovechando que papá y mamá fueron invitados como testigos en una boda, al mediodía del sábado, presencié la entrada de las colonias y esa magia me envolvió. Quise quedarme y encontré la complicidad necesaria en dos amigas de la U con quienes estudiaba el pregrado. Esa noche brinqué y tomé guarapo, disfruté las chirimías en la plaza de la Candelaria y canté infinidad de veces ese himno que no olvido desde entonces.

Juiciosos, regresamos a Quinchía en la madrugada y a mediodía estábamos de nuevo extasiados con los cantos, las coreografías y los atuendos de las cuadrillas. Y entre una y otra fotografía que quisimos hacernos con las comparsas que cantaban aquí y allí, saludamos al profesor César Valencia Solanilla, el creador de los posgrados en literatura de la UTP. En medio de la fiesta, nos compartió un motivo que lo llenaba de alegría y que llevaba en las manos: un ejemplar de Tomás. Nos contó que se trataba de una novela histórica de Riosucio y que estaba satisfecho de haberse hecho a un ejemplar allí, en medio de guarapo, chirimías, disfraces. Entonces contuvo su emoción diciéndonos: del trabajo hablamos luego, ahora no.
Una vez que iniciamos el año académico no dude en pasar por su oficina y pedirle el libro para fotocopiarlo y así compartir su emoción. Accedió y ese puñado de copias permaneció legajado, yendo de un lado a otro, hasta que le eché un primer vistazo a sus páginas, cuando Riosucio cumplió sus doscientos años, el 7 de agosto de 2019.

En pocas palabras…
Tomás es la historia de un amor truncado por razones bélicas. Tomás ama a Rosario y ella le corresponde, pero el conflicto que estalla en 1876 les impide amarse con el entusiasmo con el que se declaran su amor.
Ese es el nivel histórico del que bien me habría hablado el profesor Valencia aquel domingo de carnaval. Rómulo Cuesta noveló una crónica de guerra, cuatro décadas después de las refriegas, explicando cómo la vida cotidiana y festiva del poblado se transformó con el discurso incendiario predicado desde los púlpitos de las iglesias. Incluso, la predicación de la obediencia de los hijos a los padres tuvo la connotación de control parental sobre el aspecto ideológico.
Exiliado de Riosucio, Tomás va a dar a Marmato, a donde llega Jorge Isaacs, como intendente de educación. Es el momento en el que la enseñanza deja de estar en manos de la Iglesia para pasar al Estado. Es el conflicto conocido como la Guerra de las Escuelas, en medio del que se da el fatal desenlace de la narración.


Rómulo Cuesta echa mano de las herramientas con las que se escribe en la transición del XIX al XX: una estética de corte romántico que conjuga emoción y paisaje, al lado de pasajes costumbristas que reproducen la oralidad, los modos, las fiestas populares. Páginas historiográficas, etnográficas están allí creando la atmósfera en la que los jóvenes amantes son apocados por la politización del discurso religioso y la injerencia en el ámbito familiar.
Estos experimentos se acercan también al realismo cuando da cuenta de las reyertas de Los Chancos y de Batero, sin dejar de otorgarle a sus personajes unas posiciones modernas sobre el matrimonio, la literatura, la tecnología y el rol de la mujer.
En suma, una obra tan rica como Tomás no podría encontrar mejor momento, para revelárseme, sino a través de las manos de una maestro, durante el carnaval.

Una charla pendiente
En la reedición de Tomás, publicada por la Universidad Industrial de Santander (2010) se añade una biografía mínima de Rómulo Cuesta, escrita por José Chalarca. En el primer párrafo se lee: «Son pocos los datos que se conocen de la vida de Rómulo Cuesta. Quizá cuando se publique su obra Mis charlas, que es su autobiografía, podamos conocer más y de primera mano los detalles de una existencia tan meritoria como la suya». En la preparación de los trabajos anteriores sobre Tomás, ese párrafo siempre me inquieta. Conocí a José Chalarca, visité su biblioteca, la inventarié, la embalé y solo ahora, cuando él ya no vive, siento la necesidad de saber si él leyó ese legajo de papeles, o si se valió de algún trabajo de Otto Morales Benítez. La verdad, me angustia imaginar que me hubiese hablado de ellos y que yo no lo haya escuchado con suficiente atención.
¿Quién posee hoy una copia de las charlas que escribió Rómulo Cuesta?
En 1982, apareció un segundo tiraje de Tomás dentro de la Biblioteca Popular de Autores Caldenses. ¿Será que en ese momento también se estudió la oportunidad de publicar esas notas? ¿Alguien habrá valorado ese contenido y ha esperado por más de cuarenta años la ocasión de darlas a conocer?
