Es un mes cualquiera. El mundo parece perfectamente acomodado: los libros están en su sitio, los zapatos puestos a secar, la ropa en los armarios, el perro con su sueño liviano. El sol se rinde a pedazos en el aire. Es un año donde he escrito poco. Hago otras cosas, menos escribir. A veces se deja a un lado el fármaco. A veces se pierden cosas y el fármaco es el único alivio. Leo y me pregunto cosas. Me pregunto por la vida, por sus azares, por el cielo recién hecho. Me pregunto por los finales y los principios. Me pregunto por la guerra. Me pregunto por estos días por el sentido de la revolución mientras leo a Mariano Azuela con voracidad. Su novela Los de abajo responde todas las preguntas. Es una canción larga de la desdicha. Presenta un pueblo cansado de las injusticias y del caciquismo. Aparece la revolución como un cambio cualitativo que surge contra el orden social que se copiaba de Europa. Es una novela donde el pueblo es, se atreve: lleva afuera su intimidad o en palabras de Brushwood un “proceso simultáneo de extroversión e introversión”. Algo hay en el fondo y es un cuestionamiento que va hacia adentro, tocando el sentido de la mexicanidad. Y otro que va hacia afuera: el sentido de la mexicanidad en relación con el mundo.
Los de abajo fue publicada en 1912 en México. Narra la rebelión de las clases populares contra el gobierno. Campesinos que pasan a ser guerrilleros: entran a la revolución, la viven, reclaman lo que les pertenece. Solo la vida y la revolución los prepara para lo que viene: para lo malo y para lo bueno. Es una novela de la revolución que rompe los cánones europeos de la narrativa: consigna el entusiasmo y la decadencia de la lucha política. Es una novela bélica. No hay panfletos. Es el recorrido de una caída, de una derrota. Mariano Azuela narra sin autocomplacencia, narra con precisión, con inteligencia. No hay balbuceos, sabe decir. Fue médico y conoció a Pancho Villa. De ahí su cercanía con la revolución. Escribió Los de abajo, cuentos y ensayos. Murió a los 79 en Ciudad de México.
Ahora bien, Aníbal Quijano por su parte se preguntó cosas y propuso cosas. Propuso la colonialidad como un conflicto de raza que, con frecuencia, lleva a un modelo de desigualdad. Pero la desigualdad nace de una naturaleza biológica. Quijano muestra que la historia de las gentes depende de un factor diferente, de su naturaleza biológica que es lo que llamamos raza. Demetrio, el personaje de novela, busca en su aventura la conquista de una igualdad social de las gentes, porque la idea primera de Estado está fundada en la idea de raza. A través de una revolución Demetrio pretende una democratización de los poderes del Estado y, en palabras de Quijano, una redistribución de los poderes.
Con todos estos presupuestos Mariano Azuela traza las líneas de Demetrio Macias. Un personaje que vibra en la revolución. No muere. Termina así: “Sigue apuntando con el cañón del fusil”. Demetrio tiene algo de héroe. Posee una separación, una iniciación y un retorno. Y así se configura la novela: inicia con la partida de Demetrio de su hogar en Limón después que militares irrumpen el pueblo. Todo queda polvo mientras sale Demetrio en opuesta dirección de su esposa: de lejos ve cómo su casa arde: “Demetrio seguía viendo la silueta dolorosa de una mujer con su niño en los brazos. Cuando después de muchas horas volvió los ojos en el fondo del cañón… su casa ardía.” Se transforma. Se arroja a los caminos. Atraviesa las noches y los días. Anhela volver a su tierra. En el trasegar comprende que las revoluciones sociales pocas veces descolonizan los Estados. El imposible moderno Estado-Nación se impone a Demetrio y a su tropa. Ante la falta de horizonte, su camarada Luis Cervantes le manifiesta a Demetrio: “… se acaba la Revolución y se acaba todo. ¡Lástima de tanta vida segada, de tantas viudas y huérfanos, de tanta sangre vertida! Todo, ¿para qué? Para que unos cuantos bribones se enriquezcan y todo quede igual o peor que antes”.
Por momentos se pierde el sentido de la lucha. Demetrio lo entrega todo al fracaso. Cuando entra en las calles de Juchipila, Anastasio describe los cambios que se han generado en la revolución. Dice: “cuando llegábamos a un pueblito y nos repican mucho, y salía la gente a encontrarnos con músicas, con banderas, y nos echaban muchos vivas” Y, con una conmoción interna, repone Demetrio: “Ahora ya no nos quieren”.
Por momentos caemos y vemos nuestra propia caída. A veces la caída es delirante, otras dolorosa. En la novela la realidad se impone como una bofetada ante Demetrio. Es testigo de su fracaso. Sin rumbo, sin horizonte. Evade el propósito de la revolución porque a veces todo lo que perseguimos termina destruyéndonos. Cierra: “—¿Por qué pelean ya, Demetrio? Demetrio, las cejas muy juntas, toma distraído una piedrecita y la arroja al fondo del cañón. Se mantiene pensativo viendo el desfiladero, y dice:
—Mira esa piedra cómo ya no se para…” Ver nuestra propia caída es una forma de volver al origen. Aunque sea por un momento.