Desde el cielo de las diosas travestis

24 de febrero de 2026

Como hombre de fe simple, entrego mi plegaria por el bienestar del alma de Sara Millerey y el anhelo de que haya recibido ese abrazo por el que oró. Como lector, le deseo el cielo travesti al que alude Camila Sosa en "Las Malas".
Compartir publicación en

In memoriam

El 4 de abril de 2025, a las aguas de La García, un riachuelo crecido por las lluvias, en el municipio de Bello, Antioquia, fue arrojado el cuerpo de Sara Millerey, después de haber sido torturado. Le habían fracturado brazos y piernas. Con lo que le quedaba de fuerzas se aferró a la vegetación que crecía en la orilla. A pesar del auxilio que le brindaron las autoridades y el cuerpo médico, no sobrevivió. En un recorrido rápido por las noticias sobre el crimen podemos leer sobre la captura de dos de los responsables (uno el 30 de abril y el otro el 25 de mayo). La fiscal del caso los acusa por homicidio agravado y tortura con circunstancias de mayor punibilidad. Habría otros tres hombres cómplices del delito, buscados en este momento. Sara tenía 32 años. Para el momento de la captura, los dos hombres involucrados tenían 35 y 39.

Fue inevitable no pensar en ella mientras leía Las malas de Camila Sosa Villada. Allí, el padre interpela a la travesti narradora, con una pregunta que, disfrazada de preocupación, no es más que una amenaza: “¿Sabe cómo lo vamos a encontrar su madre y yo un día? Tirado en una zanja…” ¿Quién realizaría tal acción? Es algo que el padre no pretende resolver pero que bien deducimos. Sí, una sociedad que no acepta que se le cuestione la forma que ha determinado para los hombres y las mujeres, que castiga lo que en esos moldes no quepa, que es capaz de admitir la justicia administrada por los “machos” del barrio y la cuadra ante la revolución permanente que es un cuerpo con conciencia política.

Frente a esa voz del patriarcado, que trunca tantas vidas, la novela se alza irreverente. Nombra el deseo y encara al abusador, al violador. Es un testimonio de familias nuevas en las que lo femenino y lo masculino se desnuda y reinventa, donde la exploración es ya la propuesta.

“Tráeme consuelo, báñame de luz”

En diversas ocasiones he mostrado mi inquietud por la plegaria. Creo ver en el contenido de las oraciones, un indicio de la filosofía en la que el orante da cuenta de cómo entiende su existencia, de cómo convive con el entorno y de cómo interactúa en sus relaciones sociales. No es fácil. Lo que se escucha suele ser un fósil chocando el vidrio, la piedra o la madera. Por eso, lo que especulo echa mano de la huella que queda en el papel.

En los días en que Sara fue noticia, incapaz de ver el vídeo completo de su tormento (mucho menos de descargarlo), lo que dejé para mí fueron imágenes de en las que se pedía justicia y un par de fotos que decían ser de sus cuadernos. En esas páginas leo la preocupación de Sara por su seguridad, quería contactar con Dios para que él la protegiera, agarrarse de su mano, acompañarse de sus ángeles.

Como hombre de fe simple, entrego mi plegaria por el bienestar de su alma y el anhelo de que haya recibido ese abrazo por el que oró. Como lector, le deseo el cielo travesti al que alude Camila Sosa.

Las malas

En las páginas de Las malas se encuentra la dulzura del bolero, la sensualidad del tango, la familiaridad de la cumbia. Hay ritmo en las oraciones y movimiento en las imágenes que atrapan, que no sueltan el hilo y que aprovechan bien los silencios para rumiar sentidos.

La dosificación de la intensidad dramática ofrece, a la vez, la precisión de los motivos que pueden ser tanto la soledad, como el rechazo, la sororidad, la prostitución, la transformación urbanística, el deseo, el erotismo.

La novela va de una chica travesti, Camila, quien hace memoria de la vida que como prostituta tuvo en el Parque Sarmiento de Córdoba capital. El hilo conductor es el relato alrededor de la Tía Encarna y su hijo, El Brillo de los Ojos. El “nacimiento” del Brillo es el episodio que da apertura: en el parque, en horas de la noche, el llanto de un niño abandonado despierta el instinto materno de la vieja Encarna. La aparición del recién nacido, su acogida, su adopción, irrumpe en la casona en la que las travestis tienen su refugio. Comienza entonces la sucesión de escenas que describen la vida en las calles, los vejámenes a los que se exponen, los recuerdos familiares, la violencia de clientes y policías, el deseo y la autodestrucción, el cuerpo intervenido y el alma hecha girones. La novela termina con la casa en decadencia, el desmoronamiento de la amistad, la fuerza del nuevo vínculo familiar. La herida queda en la piel, no cicatriza aún.

Devociones transgresoras

Cuando he hablado de un cielo y de unas diosas travestis he querido darle forma a una sospecha lectora que deseo confrontar. Siento que en gran parte de la novela la piedad popular se presta para la creación poética. Quizá porque a lo sagrado también se asocia el amor y la esperanza, la buena conducta moral y la paz interior, aparecen en medio de los párrafos nociones religiosas que inquieren por la trascendencia y lo escatológico:

  • Por las noches rezo. Me han enseñado a rezar y yo tengo fe, porque soy pequeño todavía. Me han dado un dios que cabe en un rosario (p. 92).
  • Hablo de la sensación de estar tragando puñados de tierra de la mano de Dios (p. 110).
  • […] va a soñar con nuestros cuerpos y nuestras risas, será una imagen insoportable, como la visión de Dios (p. 118).
  • Más de una se retiraba de pronto con la garganta estrangulada y sólo reaparecía vestida y lista, a la hora de ir a pecar (p. 122).
  • La Machi empezó a hablarle a alguien invisible. “Le rezo a la Virgen porque es mujer y nos entiende más a nosotras”, dijo mientras acomodaba las manos de la moribunda y ella soltaba un quejido que nosotras sentimos reptar por nuestro cuerpo (p. 124)

Ahora bien, la conciencia de este uso de giros retóricos es claro cuando, después de una fiesta decembrina, luego de estar con un cliente, le dice que esa noche “me había separado de Dios para siempre. Y él, borracho como estaba, me dijo: Hiciste bien” (p.138).

A partir de entonces, la plasticidad del relato no va a echar mano de lo religioso hasta la última página en la que cuenta que: “Una de las más jóvenes pone música en su teléfono celular y todas bailamos, para acompañar el ascenso de la Tía Encarna y El Brillo de los Ojos hacia el cielo de las travestis, para que nos escuchen si se desorientan” (p. 220).

Pues bien, mientras se nos revelan los cielos a los que aspiramos, lo cierto es que tenemos la urgente tarea de sembrar esa eternidad en el ahora. Para Camila, la Tía Encarna y el Brillo. Para Sara y para mí. Para vos, que me has leído y para los millones que nunca conoceremos. Que donde no nos alcance la empatía, la justicia y el derecho limiten a quienes tienen afán por controlar los cuerpos que los interpelan.

Si valoras el periodismo artesanal, ayúdanos a seguir adelante.
Cada aporte, grande o pequeño, hace la diferencia. Puedes apoyarnos a través de Vaki.
  • Licenciado y Magíster en Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira. Docente en la IE Miracampos de Quinchía (Risaralda). Ha cultivado la narrativa en cuentos y novelas, así como la reseña de libros en prensa.

Publicaciones relacionadas

Si valoras el periodismo artesanal, ayúdanos a seguir adelante.
Cada aporte, grande o pequeño, hace la diferencia. Puedes apoyarnos a través de Vaki.

En Barequeo nos interesa el periodismo artesanal, hecho a mano, con tiempo para escribirlo y tiempo para leerlo. Buscamos historias y enfoques como quien busca pepitas de oro.

Somos un grupo de periodistas que, desde Manizales, Colombia, generamos un medio de comunicación para fortalecer la deliberación pública desde nuestro territorio.

Creemos en la veracidad, la argumentación, el disenso y el valor de la escritura para la construcción de memoria histórica.

Correo: [email protected]

Codirigen: Adriana Villegas Botero, Ana María Mesa Villegas, Alejandro Samper Arango y Camilo Vallejo Giraldo.