Amor al cine

31 de marzo de 2026

Para mí es un ritual asistir a la pantalla grande: me gusta llegar con tiempo, odio perderme los tráilers, amo la sensación de comer crispetas con nachos, siento tranquilidad en la oscuridad de la sala, me gusta escuchar las conversaciones a otros mientras me hago el sordo.
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Las primeras experiencias cinematográficas de mi vida fueron cuando vi los videos musicales de Michael Jackson. En especial Thriller. Me causaba risa maliciosa, así como él dentro del cine, la forma en que disfrutaba el terror mientras los otros espectadores gritaban despavoridos por el monstruo que se come a su novia. Una especie de lobo que buscaba imitar al de la película An American Werewolf in London (1981), aunque en la ejecución se ve ficticio. También decir que este fue el acercamiento al terror. Se me ponían los pelos de punta cuando escuchaba el monólogo y la risa diabólica de Vincent Price, que evoca a los tiempos de Halloween por su maldad; o cuando Jackson rompe la cuarta pared y mira con sus ojos esperpentos después de tranquilizar a Ola Ray. Ahí ya se creaba entonces dentro del pequeño Santiago una imagen mental de la relación entre una sala de cine y el espectador.

Después al crecer me di cuenta de que los cortometrajes del más grande de la música mostraban estrellas del cine como el actor Marlon Brando en You Rock My World, el director Steven Spielberg en Liberian Girl, Macaulay Culkin en Black or White y Eddie Murphy en Remember the Time. Asimismo, Martin Scorsese al dirigir el corto de Bad. El trabajo de Michael es la semilla para obtener el gusto por los videos cinematográficos.

Me bautizaron en este mundo en el 2010 cuando vi Toy Story 3, en Cinemark de Cable Plaza (actualmente All Cine). Recuerdo la escena de Woody y Buzz con los demás muñecos que iban a ser quemados, pero luego son salvados. No me hubiera imaginado que el final hubiera sido trágico por culpa de Lotso. Aunque con el tiempo me di cuenta que los finales fríos, tristes y desesperanzados se vuelven mis predilectos.

Llegué a creer que podía convertirme en el futuro Hombre Araña manizaleño cuando vi a Tobey Maguire colgándose de los edificios de Nueva York, pero en esta ciudad sería imposible si partimos de que lo más alto es la Catedral Basílica. No hay pa dónde lanzar telarañas. Si mucho alcanzo a ser Peter Parker como fotógrafo freelance. La banda sonora compuesta por Danny Elfman me hizo creer el cuento de trepar muros y callejones e incluso salvar vidas. En ese sentido, las películas refuerzan la idea de soñar despierto y vislumbrar un futuro que en teoría es imposible.

Pero el filme que logró enamorarme por completo del cine fue El perfecto asesino (1994), dirigida por Luc Besson y protagonizada por Jean Reno, Natalie Portman (su primer papel como actriz) y Gary Oldman. Yo tenía 12 años. La relación inocente entre Leon y Mathilda fue lo que más influyó para tenerla en la lista de películas favoritas: por un lado está el asesino a sueldo que basa su vida solamente en eso y en tomar leche; en otra orilla, está la niña que le asesinan a su familia y a su hermano que más quería por culpa de los agentes corruptos liderados por Norman Stansfield. En su momento la película estuvo relacionada por ser pedófila con escenas (eliminadas del corte final) subidas de tono donde Mathilda le manifiesta su amor a Leon, pero los ojos de él solo transmiten paternidad. El final con la música de fondo de Shape Of My Heart de Sting es descorazonador.

Mi padrino Máximo fue quien me impulsó la cinefilia. En su apartamento tenía una colección de películas donde sonaban personajes como Charles Chaplin, Alfred Hitchcock, Stanley Kubrick, Federico Fellini, Steven Spielberg y Martin Scorsese, entre otros. Hay una magia que no puede ser recordada por nuevas generaciones (y eso que soy joven): es el olor de los CDS guardados y ver las carátulas de los largometrajes. Ahora es diferente cuando desde una plataforma de streaming ves desde lejos una portada. Son conductas de persona kinestésica y nostálgica.

La inocencia se corrompió el día que le pregunté a Máximo por Irreversible, del director Gaspar Noé. Me hizo cara de desagrado y dijo que esa película la viera cuando estuviera más grande. El problema es que cuando a uno le dicen eso, se mete la curiosidad que mata al gato, y por supuesto ocurrió cuando vi la escena de una violación que dura 9 minutos. Durísima de ver. Ya después escuchaba sobre otras obras igual de perversas como Saló, o los 120 días de Sodoma, del italiano Pier Paolo Pasolini.

En esa misma línea de películas duras vi Réquiem por un sueño (2000). La historia de tres personas adictas a la heroína y una madre obsesionada con adelgazar me permitió conocer el poder tanto del montaje como de los efectos visuales y sonoros para impactar al espectador. La banda sonora es desesperante. Para el que le guste el estrés, esta es la indicada para ver.

Son películas que he visto en el computador o en el televisor, pero también existen las vistas en el templo del cinéfilo que es la sala de cine. Para mí es un ritual asistir a la pantalla grande: me gusta llegar con tiempo, odio perderme los tráilers, amo la sensación de comer crispetas con nachos, siento tranquilidad en la oscuridad de la sala, me gusta escuchar las conversaciones a otros mientras me hago el sordo. Eso sí, me molesto por las personas que usan el celular. Y la gente bullosa. Para eso sálgase, y listo.

¿Y la mejor experiencia en cine? Podría decir que Oppenheimer (2023). Nunca había sentido en una película de Christopher Nolan una sensación de terror, en especial cuando Robert Oppenheimer está dando un discurso donde la música y la algarabía de las personas se va apagando y solo queda el tormento del físico por construir una bomba atómica que acabó con las vidas en Hiroshima y Nagasaki.

Para el cinéfilo, el mejor regalo es ir a una sala de cine, sentarse y esperar que esa película que sea lo mejor que haya visto, que lo sacuda, lo incomode o lo haga disfrutar. Y si no es así, pues de todas formas volverá, porque es el lugar donde más feliz se siente.

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  • Manizales, 2003. Estudiante de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de Manizales. Ha escrito para La Patria. Desea convertirse algún día en escritor.

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