Alfredo Bryce Echenique: gloria sin aterrizaje

13 de marzo de 2026

Al igual que con sus relatos, olvidé la trama de la entrevista que le hice pero recuerdo la atmósfera. El diálogo fue como el título de uno de sus libros: La felicidad ja ja. Bryce un tipo simpático, que de entrada caía bien, como sus cuentos.
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A Alfredo Bryce Echenique llegué por Jorge Escobar Guzmán, un amigo entrañable de mi época de estudiante de periodismo en la Universidad de La Sabana, por allá en los años 90.

Estudiábamos juntos, éramos jóvenes y nos reíamos mucho. Jorge me recomendaba autores y películas. A veces me regalaba libros, a los que les escribía unas dedicatorias bonitas, con tinta verde o vinotinto. Era un hijo de buena familia, gocetas, sibarita, generoso y un poco ingenuo. Justo así eran los personajes de los cuentos que escribía Bryce.

Jorge cocinaba y tomaba vino. Bryce escribía y tomaba vodka. Los dos tenían un humor agudo, ácido, corrosivo. Bryce apelaba a él para sobrevivir a la depresión.

Alfredo Bryce Echenique nació en Lima en 1939 y falleció este martes, a sus 87 años, en esa misma ciudad, después de haber vivido más de tres décadas en Paris y Barcelona. Mi amigo Jorge murió hace dos semanas en Bogotá, a sus 56, después de haber vivido varios años en Villa de Leyva. Es increíble que separados por más de 30 años, los dos hayan muerto con apenas 13 días de diferencia, pero esas casualidades pasan. Lo sabe cualquiera que haya leído (y reído) “Muerte de Sevilla en Madrid”, el cuento que Bryce incluyó en el libro La felicidad ja ja. La muerte llega sin antesalas. A veces incluso en circunstancias ridículas.

Bueno, a veces la muerte sí se anuncia: en 2021 Bryce publicó “Permiso para retirarme («Antimemorias»III).

Permiso concedido. Esta semana se retiró.

El 25 de febrero, el día que mi amigo Jorge murió de un infarto, me puse a hacer arqueología. Busqué fotos viejas y libros con su letra. Entre los que hallé estaba La amigdalitis de Tarzán, una novela de Bryce Echenique publicada en 1999. En ese entonces Jorge seguía viviendo en Bogotá y yo ya había regresado a Manizales. La dedicatoria que me escribió decía: “Adri: pensé mucho si mandarte este libro o uno nuevo, pero me gustó más éste porque en los subrayados está parte de la clave de esta relación sin “E. T. A”. Jorge.

La amigdalitis de Tarzán narra la historia de una relación aplazada. Una cercanía que tiene algo de amor deseado pero nunca consumado, entre Fernanda y Juan Manuel, dos personajes que viven en países distintos y a los que les falta valentía, determinación o azar para ponerle un “estimated time of arrival (E.T.A.) a eso que no termina de aterrizar y sigue sobrevolando por ahí, pospuesto para un “día de estos”.

Un día de estos que jamás llega.  

A Bryce Echenique el día de su consagración literaria universal también le quedó sin E.T.A. Miembro de la santísima trinidad de la literatura peruana de la segunda mitad del siglo XX, junto con Julio Ramón Ribeyro (1929-1994) y Mario Vargas Llosa (1936-2025), Bryce Echenique fue cercano a los dos y tuvo reconocimiento y prestigio desde que en 1968 publicó Huerto cerrado, un libro que incluye 12 cuentos. Ganó el Premio Nacional de Literatura de Perú (1972), el Premio Nacional de Narrativa de España (1998) y el Premio Planeta de Novela (2002), pero sus seguidores siempre confiaron en que un día de estos le llegaría algo más grande. Ribeyro falleció joven y a Vargas Llosa le dieron el Nobel en 2010. Para ese entonces Bryce ya había caído en el ostracismo literario. Su genio temprano se había eclipsado tras años de usar el humor como escudo para evadir la depresión y apelar al vodka como salero diario, y ese lento declive se convirtió en tragedia, después de las denuncias que comenzaron en 2006.

En esos primero cuentos de Huerto cerrado ya aparece entero el tono que más tarde maduraría: el humor, la capacidad para describir situaciones patéticas, y esa fascinación por el mundo de la infancia, la adolescencia y la primera juventud, en donde hay tanta risa, tanta sorpresa y tanto miedo.

De ese libro hacen parte dos cuentos memorables “El descubrimiento de América”, y “Con Jimmy, en Paracas”. Los leí a mediados de los 90, cuando Alfaguara publicó un volumen de 480 páginas con los cuentos completos de Bryce Echenique. En ese tomo están los libros Huerto cerrado, La felicidad ja ja, Magdalena peruana y otros cuentos, y algunos relatos sueltos como “Feliz viaje, hermano Antonio”, “Tiempo y contratiempo”, “Pasalacqua y la libertad” y “Sinatra y violetas para tus pies”.

Como tengo mala memoria y lo que no escribo lo olvido, pronto olvidé la trama de los cuentos de ese libro. No obstante guardo hasta hoy la atmósfera risueña y el paisaje que pintó Bryce. Cuando conocí Paracas, en 2021, pensé que yo ya había estado en esa costa, a través del cuento de Jimmy. Mientras viajaba en bus entre Lima y Paracas pensaba en ese viaje por carretera que hace con Jimmy su papá por la misma ruta, en un carro viejo y lento, hasta llegar al balneario del Pacífico, y en esa sensación de incomodidad tan propia de la adolescencia, que Bryce capta con precisión y simpleza en ese cuento magnífico.

En ese mismo volumen grueso de Alfaguara leí “Muerte de Sevilla en Madrid”. Este jueves Daniel Gascón escribió en El País, de España: “La lectura del capítulo “El vía crucis rectal de Martín Romaña” me provocó un ataque de risa que me tiró del sofá de la casa de mis abuelos”. Eso mismo recuerdo yo de “Muerte de Sevilla en Madrid”: un ataque de risa incontrolable ante un personaje que podría habitar en cualquiera de nuestras ciudades, y que padece como nadie por no saber cómo comportarse en un hotel elegante.

«Muerte de Sevilla en Madrid» ocupa 40 páginas en el volumen editado por Alfaguara en 1995. Otros cuentos son más breves, pero en todo caso no tienen tres o cuatro páginas. Los cuentos de Bryce Echenique parecen contradecir esas teorías de Julio Cortázar, de acuerdo con las cuales el cuento es una esfera en la que no sobra nada y se gana por nocaut. Bryce divaga, viaja en el tiempo, presenta a distintos personajes y desarrolla detalles nimios que al parecer no conducen a ningún lado. Chéjov escribió que si el autor habla de un arma al comienzo del texto, es porque al final esa arma debe ser disparada. Bryce no escribe así: podría tener un arma como adorno, como distractor o incluso para burlarse de Chéjov. Bryce se ríe en todos sus textos, y uno como lector se ríe con él, con una risa que en el fondo está cargada de nostalgia. De tristeza bonita.

En 1970 publicó la novela Un mundo para Julius, obra con la que saltó a la fama. Otra vez una historia de un niño-joven de clase alta, que desde el portón de la adolescencia observa con asombro a los adultos. Una evocación tierna, jocosa y melancólica de la infancia, que en 1997 Caracol Televisión convirtió en telenovela. La protagonizó Rafael Londoño y aparecía Jorge Enrique Abello, poco antes de convertirse en Don Armando, en “Betty la Fea”.

Como tengo mala memoria y lo que no escribo lo olvido, no recuerdo los detalles de la entrevista que le hice a Alfredo Bryce Echenique en 2004, cuando viajó a Bogotá a la Feria Internacional del Libro. Yo trabajaba en Canal Capital y muy de vez en cuando entrevistaba escritores. Recuerdo que él tenía una chaqueta café de paño que se veía pesada (y pasada de moda), y que se reía mucho, de manera contagiosa. Para ese entonces ya vivía en España. Había dejado París y aún no había regresado a Lima. El humor era ya una marca de su estilo, y había ganado el premio Planeta en 2002, por la novela El huerto de mi amada.

Al igual que con sus relatos, olvidé la trama de la entrevista que le hice pero recuerdo la atmósfera. El diálogo fue como el título de uno de sus libros: La felicidad ja ja. Era un tipo sencillo y simpático, que de entrada caía bien, como sus cuentos. Le conté la síntesis a mi amigo Jorge Escobar en el Café Miró que había montado en la calle 39 arriba de la Caracas, en Bogotá, y aunque le habría gustado charlar con Bryce, nunca sintió envidia por mi trabajo. Al contrario: abandonó gustoso el periodismo para dedicarse de lleno a la culinaria, que siempre fue lo que quiso ser y hacer. La felicidad ja ja.

“En ausencia de los dioses” se titula uno de los cuentos del libro Magdalena peruana, y así quedó Bryce después de 2006. En la mayoría de los obituarios que leí entre este martes y el jueves omiten lo que ocurrió ese año, y en otros apenas se incluye una línea del tipo: “desde 2006 Bryce Echenique fue acusado de plagio y la justicia lo absolvió”. En Letras Libres el crítico mexicano Federico Guzmán Rubio se detiene en ese momento de la caída de Bryce: “No recuerdo otro caso de un escritor reconocido que haya hecho tanto para dinamitar su prestigio, a base de plagios más que comprobados, declaraciones fuera de lugar y desplantes de borracho. Finalmente consiguió que no se le concediera ningún premio importante —con el Cervantes reservado para astutos funcionarios bien portados—, y el único que ganó, el Juan Rulfo, se lo tuvieron que dar a escondidas”.

El caso fue inverosímil, pero real: en 2006 Jordi Urgell, Oswaldo de Rivero, Juan Carlos Ponce, Herbert Morote y María Soledad de la Cerda denunciaron por plagio a Bryce Echenique. El Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de la Protección de la Propiedad Intelectual de Perú inició una investigación y entre 2006 y 2007 aparecieron más de 30 casos. Eran artículos menores: columnas de opinión, pequeñas crónicas, textos breves para prensa. Nada comparable con sus magníficos cuentos. Pero precisamente por eso, que un autor de esa calidad cometiera un plagio continuado de semejante magnitud (múltiples textos, múltiples autores), lo marcaba con el estigma del que roba sin necesidad: por pereza, por costumbre, o porque puede.

Bryce y sus abogados dieron excusas de todo tipo: que él no había autorizado esas publicaciones, que un instituto peruano no podía multar por ediciones en otros países, que él no reconocía la autoría de esos textos, que todo era un complot del fujimorismo porque él era crítico del dictador y bla bla bla, ja ja ja. Nada valió. A comienzos de 2009 el Instituto multó a Bryce Echenique con un monto equivalente a 53.000 dólares por haberse comprobado de manera irrefutable que plagió a 15 autores peruanos en 16 artículos publicados en periódicos y revistas de Perú, España, México.

En 2012 la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) decidió darle un premio y eso desencadenó una polémica enorme. Protestaron desde Juan Villoro hasta José Antonio Aguilar y hubo carta pública con múltiples firmas de escritores en la que se recordó que “el plagio es apropiación indebida e ilegal del esfuerzo, del trabajo, de las ideas y de la creatividad de otros”. Eran tiempos anteriores a la Inteligencia Artificial, en los que estaba clarísimo que copiar lo que otros escribieron sin dar el crédito al autor era un robo, aunque no se cometiera a mano armada. Bryce se defendió, poco convenció. Dijo que un juez lo había absuelto y el Instituto que lo multó le había devuelto el dinero, pero poco después el propio Instituto lo desmintió. Finalmente Bryce dijo que recibiría el premio de la FIL en su casa de Lima, mientras que en Guadalajara se vieron carteles que ridiculizaban al plagiador.

A partir de ahí sus apariciones públicas se volvieron escasas. En 2019 dijo que la Fiscalía lo había absuelto en primera y en segunda instancia, pero una cosa es el proceso penal y otra distinta el administrativo. Y otra muy distinta es el juicio público: ahí quedaron los textos firmados por él y los textos firmados por los 15 autores peruanos. Las coincidencias son mucho más que simples similitudes.

De este ocaso lánguido de Bryce nunca hablé con mi amigo Jorge, con el que tanto conversé sobre sus cuentos geniales, que nos hicieron carcajear. Así como en los textos del peruano hay personajes que se quedan congelados en la infancia, la adolescencia y la primera juventud, así también esas charlas largas que tuvimos, llenas de risas, se quedaron congeladas en esos años en la que éramos solteros, ingenuos e ilusos. Después no hubo tiempo para más.

Jorge Escobar Guzmán (1969-2026)

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