Hace unas semanas terminé de leer El aliado (Seix Barral, 2019), novela del español Iván Repila, de la que había escuchado hablar a su autor en una charla, compartida con Cristina Morales y moderada por Alicia San Juan. Si bien la presentación que hizo Repila me causó curiosidad, El aliado no estuvo sobre mi mesa de estudio hasta que un deber académico sobre género propició su lectura.
Así, junto a las ideas sobre el feminismo de bell hooks (sí, con minúscula), aparecieron las situaciones de la novela para preguntarme, una y otra vez, qué es lo que entiendo de la cuestión de género, cuáles son los micromachismos que están en mi cotidianidad, cómo he concebido mi masculinidad y la de los demás.
El título de la obra precisamente alude a la discusión sobre la participación de los hombres en la lucha feminista. Una corriente nos ha dicho que no hay hombres feministas explicando que ciertos privilegios nos impiden conectar con las experiencias auténticas que movilizan la defensa de unas causas y que podríamos terminar imponiendo nuestra mirada por esas mismas condiciones. Esas y otras razones instalan nuestro activismo en el de los aliados, los colaboradores, los compañeros, los que estamos cercanos con una causa que nos obliga a modificar nuestra propia relación con el capital, el extractivismo, la tradición.
La novela de Repila asume esa premisa para desarrollar una distopía en la que el género se hace revolución cultural y militar. Entre el hostigamiento macho y la guerra de guerrillas, aparecen unos hombres que, heridos en su masculinidad, exasperan de tal manera las formas reflexivas (lentas) con las que las mujeres buscan transformar su entorno hasta que consiguen que ellas asuman y renueven el poder del Estado. Se trata de una narración cómica en la que el chiste no es el movimiento feminista sino sobre los hombres que creemos saber de qué se trata el feminismo.
He ahí la complejidad de una narración que caricaturiza a sus personajes y que es este tiempo presente, estas circunstancias. Entre las distintas posturas que la discusión de género ha inspirado, entre tantos feminismos que han surgido, en los que la preocupación ambiental, el activismo político, el desenmascaramiento de la ética y la moral, la revisión del canon artístico y literario, la pandilla de Vergo y sus secuaces son el síntoma reactivo frente a nueva presencia que nos habita.
En su libro Feminism Is for Everybody, hooks dedica un capítulo al análisis de una masculinidad feminista en la que recuerda que el feminismo supera el tema del binarismo hombre/mujer, pues en el centro del debate coloca la conciencia que se tiene de cómo el patriarcado está interiorizado en nuestros comportamientos. De ahí que sugiera que “los hombres deben criticar y desafiar la dominación masculina sobre el planeta, sobre hombres con menos poder, sobre mujeres, niñas y niños; y también deben tener una visión clara de qué podría ser una masculinidad feminista”.
Esa toma de conciencia demanda ser críticos frente al papel que desempeñan las mujeres en el mantenimiento y la perpetuación del sexismo. Situación que, para mi gusto lector, Iván Repila recrea de manera magistral en el capítulo 11, en el que el protagonista visita a su progenitora para exasperarla y llevarla al reconocimiento de que ha tenido la vida que otros esperaban de ella y no la que realmente ella hubiese querido vivir.
En su estrategia, el hijo adula a la madre diciéndole que es bonito que ella cuide de Arturo, “de todos nosotros, en realidad. Aprovechar tu vida para lo importante, entretenernos, alimentarnos”. Sin darle tiempo para que ella pueda comprender de qué va ese halago, él añade: “Imagino que a veces puede suponer un pequeño sacrificio, no lo sé, dormir poco, no tener tiempo apenas para nada que no sea mantener la casa en orden. Pero la casa es el hogar, y el hogar es el centro de la vida, de la familia”.
Recordarle ese rol de cuidadora abnegada por el que ha dejado de perseguir sus sueños, es expuesto de manera acusadora: “El otro día me dijiste que te habría gustado ser madre más tarde, ir a la universidad, esas mierdas. ¿Para qué? ¿Para qué ir a la universidad teniendo, por derecho, el mejor trabajo del mundo?”.
Para terminar la tortura y obligarla a la confesión, el hijo remata con estas dos ideas. La primera: “Cuando pienso en ti siempre te imagino en la cocina. Y me entra hambre”. La segunda: “Mamá no me hables en la lengua de las mujeres. Ya sabes que los hombres no podemos entenderla”.
El hijo ha logrado el cometido y eso se ve muy bien en el final:
“—¿Quieres un vino? Voy a explicarte unas cuantas cosas [dice la madre].
Llevo treinta y cinco años sin ver a mi madre hacer algo que se salga del guion. Me tiemblan las piernas. El niño grita al otro lado de la puerta, muerto de miedo. No siento culpa: acabo de convertirme en un soldado”.
Ahora bien, el principal hilo para el entramado de esta novela lo constituye el personaje de Nawja, la mujer de la que está enamorado el innominado protagonista y con quien explora teóricamente las diversas posturas del feminismo contemporáneo. En esta relación sentimental, el aspecto erótico es tratado de forma controvertida también, pues se reconoce que el placer está amarrado, limitado, entendido desde una herencia cultural: “Sé que soy el resultado de una época y de unos patrones que delimitan y configuran mi deseo […] No puedo renunciar a mi deseo. Pero sí puedo denunciar la ideología que permite que exista gente como yo. O como tú”.
Son muchas las aristas que la novela propone sobre hombres y mujeres, sobre feminismo y masculinidad, sobre conciencia y activismo. Tantas que a veces me pregunto si en realidad comprendí lo leído, o si esta narración envejecerá bien por lo inmediato del tema tratado cuando cada día la realidad interpela la necesidad urgente de acelerar una conciencia de género como alternativa ética y política que le haga contrapeso al sistema económico y a las violencias basadas en género.
Ante la inquietud por una masculinidad sana que supere el sexismo binario por el que se asignan roles y convenciones sociales, bell hooks propone: “una visión de la masculinidad en la que la autoestima y el amor a uno mismo como ser único formen la base de la identidad”. Así también los hombres recuperamos ciertos derechos que nos han sido arrancados por el patriarcado cuando nos dejamos imponer una identidad masculina sexista.
Para concluir esta reseña, cierro con el decálogo propuesto en la obra misma:
Un buen feminista no necesita decir que es feminista.
Un buen feminista no consume productos culturales que denigren a la mujer.
Un buen feminista no colabora con actividades que invisibilicen a la mujer.
Un buen feminista no le dice a una mujer lo que tiene que hacer.
Un buen feminista no interrumpe a una mujer cuando habla.
Un buen feminista no compadece a una mujer por su herencia histórica.
Un buen feminista no tiene prejuicios contra la sangre menstrual.
Un buen feminista no defiende diferencias esenciales entre hombres y mujeres.
Un buen feminista no deja de ser feminista nunca.
Un buen feminista no se desdice.