Dicen que eran dos. Dicen que tumbaron la puerta, que entraron en la casa como demonios enfurecidos y acabaron sin compasión con las vidas que encontraron en su camino. Dicen que las más de treinta detonaciones fueron “ensordecedoras”. Dicen que cuando terminaron su cometido soltaron una carcajada que se escuchó en toda la cuadra. Dicen que luego encendieron su motocicleta y huyeron sin dejar rastro. Dicen que la escena del crimen era atroz: sangre en las escaleras, sangre en el suelo, sangre en las paredes. Dicen que uno de ellos besó su arma antes de ajustarla en su cintura. Dicen que los asesinos no eran personas, sino “monstruos horribles” que emergieron desde las profundidades del infierno para generar terror. Pero yo sé que son personas, que tienen nombres y que están en algún lugar celebrando el dolor ajeno.
Las víctimas de la masacre de este martes fueron tres: Jhon Alejandro Castrillón Arroyave (alias “El Mellizo”), Yesica Tobón Agudelo y un menor de edad: Mathias Arredondo Tobón. Mathias era mi hijo y al día siguiente iba a cumplir dieciséis años. Desde hacía un buen tiempo vivía en el municipio de Belén de Umbría (Risaralda), donde moraba en compañía de su madre y sus dos hermanos: Sofía y Esteban. Le gustaban el fútbol, las películas donde sucedieran actos de heroísmo y pensaba estudiar una carrera que estuviera relacionada con las ciencias sociales. No sé quién logró incentivar su preocupación por los menos favorecidos, pero si no hubieran acabado tan pronto con sus sueños, estoy seguro de que hubiera sido un excelente profesional. De esos que tanto necesitan este país azotado por la violencia.
No fue mucho el tiempo que vivió conmigo, pero sí el suficiente para saber que era la persona con el corazón más noble que he conocido. Sus compañeros de la Institución Educativa Juan Hurtado, quienes lo acompañaron durante todo el sepelio y a quienes agradezco su inmensa ternura, confirmaron esa virtud. Desolados, con lágrimas en sus ojos, me dijeron: “Mathias era capaz de quitarse el pan de la boca para dárselo a un amigo”. Es triste, muy triste, que los niños y jóvenes de nuestros territorios tengan que pagar con su vida las consecuencias que deja a su paso el conflicto armado. Sin esos niños y esos jóvenes estudiando en nuestras escuelas, no podemos construir un futuro donde no habite el miedo y la zozobra y el horror de tener que encontrarnos con la muerte apuntándonos a la cabeza. De hecho, lo que más me he preguntado en estos días de espanto es qué sintió mi hijo en el momento que lo acribillaron.
Seguramente fue miedo. Sin embargo, fue un miedo más hondo, más humano y más primitivo que cualquier otro miedo que alguna vez haya sentido. Creo que algo así carece de significación. Es más: aunque soy escritor y aunque soy un profesor de español que creció en un barrio donde muchas veces escuché el zumbido de las balas, no tengo la capacidad de nombrar lo que vieron sus ojitos antes de apagarse para siempre. Como tantas preguntas que ahora me asaltan, eso es algo que nunca voy a comprender. Como tampoco voy a comprender por qué, siendo inocente, esos dos hombres descargaron sus armas contra su cuerpo. La poesía, que durante muchos años ha sido mi refugio ante las tormentas de la vida, nunca me dará esas respuestas porque este dolor, este dolor que me atraviesa el corazón y que me estruja el alma, es algo que no tiene nombre. Ningún niño tiene por qué perder la vida de esa manera.
Por eso le digo a usted, Sr. Gustavo Petro (Presidente de la República), Sr. Juan Diego Patiño (Gobernador del Departamento de Risaralda), Coronel John Hernando Téllez Ariza (Comandante Departamento de Policía Risaralda), entre otros agentes del Estado, que aunque yo quiera minar la tierra hasta encontrar a mi hijo, nada podrá traerlo de nuevo; que aunque escriba otros tres libros de poesía intentando nombrar su ausencia, nada podrá hacerme sentir el calor de su abrazo; y, aunque pueda volverlo a ver en mis sueños, nada podrá darme la alegría de encontrarme con él. Pero ustedes sí pueden hacer algo que mis torpes y míseras palabras no pueden: con su voluntad y con el poder que como ciudadanos les otorgamos, ustedes deben trabajar para que estas muertes no sean solo un registro, un número de una serie interminable de casos sin resolver o una noticia más que aparece en la crónica roja.












