Notas de una visita a Auschwitz

30 de noviembre de 2025

Se cumplen 80 años del comienzo de los Juicios de Núremberg, el proceso en que se juzgó a los líderes nazis por crímenes contra la humanidad y genocidio. Visitar Auschwitz es entrar en uno de sus escenarios centrales.
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Desde Kraków Główny, la estación central de Cracovia, el viaje en autobús dura más de una hora. Hasta Oświęcim, en el sureste de Polonia, hay dos paradas: en la terminal del pueblo y en la entrada principal del Museo y Memorial de Auschwitz-Birkenau. En la primera apenas nos detuvimos y ningún pasajero dejó el autobús. En la segunda, en cambio, se vació por completo. Cuando llegamos todavía era temprano y el cielo luminoso y libre de nubes anunciaba un día de calor intenso. El bochorno ya se percibía entre la multitud que hacía fila para ingresar.

La primera impresión, entre aquel gentío, fue de desconcierto. Nada se correspondía con mis ideas sobre Auschwitz, el más grande y conocido de los campos de exterminio de la Alemania nazi. A esta sorpresa inicial por la cantidad de visitantes se sumó la imagen del moderno edificio que sirve como acceso: una construcción de una sola planta con vestíbulo, puntos de información, taquillas, zonas de descanso, baños y un amplio estacionamiento. Es decir, lo que uno espera encontrar en museos o parques de diversiones en cualquier parte del mundo. En cualquier parte menos en Auschwitz.

Después de la Segunda Guerra Mundial las comunidades judías de Polonia, Ucrania, Lituania, Alemania y Austria prácticamente dejaron de existir. Más de un millón de sus integrantes fueron deportados y asesinados precisamente en este complejo formado por tres subcampos: Auschwitz I, Auschwitz-II-Birkenau y Auschwitz III-Monowitz. Los dos primeros dedicados al exterminio y el tercero al trabajo forzado al servicio de la empresa alemana IG Farben.

La visita al Museo y Memorial de Auschwitz-Birkenau es un recorrido guiado obligatorio por los lugares más significativos de cada uno de estos subcampos. Nadie puede ir por su cuenta. Cada grupo, de unas diez o quince personas, avanza acompañado por un guía oficial. De esta manera se quiere garantizar tanto el respeto por el lugar como el acceso a las exposiciones esenciales y a una explicación rigurosa sobre la historia de Auschwitz, del régimen nazi y de la Shoá.

Mi guía, una mujer polaca de unos cincuenta años, hablaba un español perfecto y recitaba con exactitud las fechas importantes: la fundación del campo, la llegada de los primeros de trenes, la implementación del Zyklon B, la liberación. El recorrido era una sucesión de escenas que recordaban la industrialización del asesinato: vitrinas con prótesis sin dueños, toneladas de ropa, miles de zapatos, maletas marcadas con nombres ya borrados por el tiempo, montañas de anteojos. Al interior de un edificio, una maqueta reconstruía el proceso completo del exterminio en masa: la llegada de los prisioneros en vagones para ganado, la selección, el despojo de las pertenencias, el ingreso a las cámaras de gas, la retirada de los cadáveres por los Sonderkommando, y finalmente su incineración. Pero incluso con lo completo de estas explicaciones, fue como sin nada fuera suficiente para comprender lo que había ocurrido allí.

Sobre Auschwitz y La Shoá, quizás, se ha dicho y se ha escrito más que sobre cualquier otro episodio de la historia de la humanidad, y aun así nada parece bastar. En una de las primeras escenas de Shoah (1985), el documental de más de nueve horas que el director Claude Lanzmann realizó sobre el genocidio de las comunidades judías de Europa del Este, un sobreviviente recorre la zona donde funcionó un campo de exterminio. Camina por un terreno yermo, repleto de maleza y hierbas bajas. En el horizonte, esbeltos abedules plateados extienden sus ramas hacia el cielo y rompen la monotonía de un paisaje vacío. No queda ninguna construcción, apenas un rectángulo de ladrillos colocados a ras de suelo. Entonces el plano cambia y se cierra sobre el rostro de aquel hombre. Sin apartar la vista del paisaje, pronuncia una frase que condensa su experiencia y la de quienes como él consiguieron escapar del horror: «No se puede contar lo que pasó aquí. Nadie puede imaginarlo».

Fotograma de Shoah (1985). Dir. Claude Lanzmann

El verbo que usa es «contar». No dice «no se puede creer» lo que ocurrió en Chełmno, Bélzec, Treblinka, Auschwitz o Sobibor. Lo que dice es que no se puede contar. Que todo esto es una experiencia imposible de transmitir. Esta idea de que lo que sucedió en los campos de exterminio es inenarrable es una idea común entre los sobrevivientes. En Los hundidos y los salvados, Primo Levi explica que esto sucede porque «la fuente esencial para la reconstrucción de lo que sucedió en los campos han sido las memorias de los sobrevivientes». Es decir, la memoria de la minoría. Porque los sobrevivientes, aunque parezca obvio, no entraron en las cámaras de gas. Quienes lo hicieron, quienes  «llegaron hasta el fondo y no volvieron», no pueden compartir su testimonio.

Lo paradójico es que entre los millones de visitantes que llegan cada año hasta el Museo y Memorial de Auschwitz-Birkenau, este lugar aséptico y planificado, muchos lo hacen convencidos de que es posible «vivir» lo que vivieron los prisioneros, sufrir «como» ellos sufrieron, o ver las cosas «tal y como ellos las vieron». Pero la experiencia histórica, individual o colectiva, no puede simplemente transferirse. Aunque cada vez es más popular viajar a lugares en los que ocurrieron hechos de primera magnitud en el pasado, no hay epifanía, ni estremecimiento metafísico o revelación por el solo hecho de pisar Waterloo, Normandía, Tlatelolco, Srebrenica, Hiroshima, Auschwitz o cualquier otro. Tal vez nuestra imaginación envuelva estos lugares en un halo mítico, pero lo cierto es que ellos nada nos revelan por sí mismos.

El Museo y Memorial de Auschwitz-Birkenau es un detonante de emociones confusas. Todo allí es real y todo es aparente. Y como visitante uno se debate constantemente entre la sacralización y la banalización de la memoria.

Vías del tren en Auschwitz I. / Crédito: Juan Simón López. 35mm
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  • Nació en Manizales (1994) pero es de Riosucio. Historiador y abogado. Magíster en Historia Contemporánea y Ciencias Jurídicas. Investiga la construcción de memorias en el espacio público y la historia de la región desde una perspectiva global. En 2023 co-dirigió su primer cortometraje. En 2024 hizo parte del Taller Distrital de Novela de Bogotá. Tiene un diario de fotos en 35mm.

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