«Me acompañan en mi noche, triste
en la sombra callada, mi amiga,
la soledad, y mi guitarra enlutada”.
El tango es preciso y bailarlo aún más. Los pies, cada paso, los brazos, la postura, la cabeza y los ojos cerrados, deben llevar el ritmo de ese bandoneón melancólico que circula por los cuerpos de las decenas de bailadores, de los coleccionistas de tango, de las parejas de amigos que les gusta bailar milongas, vals y fox y de todos ellos, que se dan cita cada fin de semana en La Milonguita, legendario lugar, ubicado a pocos metros del parque El Lago en Pereira.
El sitio es amplio, decorado con fotos enmarcadas en madera delgada, unas de mediano tamaño y otras más grandes, que dejan ver un recorrido por la vida de cantantes, intérpretes y compositores, que han hecho del tango un lenguaje universal. El piso de baldosa ideal para la danza, un techo alto con dos o tres ventiladores en los costados, que pretenden alejar el calor, que a veces se cuela en el lugar, pero las mujeres sacan de sus bolsos abanicos de tonos rosados, otros azules y amarillos, que espantan esa sensación de sofoco.
Hacia las paredes hay mesas redondas con sillas metálicas para cuatro personas, donde poco a poco llegan copas bajitas con ron, vasos con ginger y botellas de agua. En las mesas hombres y mujeres carcajean y se escuchan voces que cuentan cómo va el día. Al fondo está la barra donde entran y salen dos meseros que llevan vasos con trago y botellas de cerveza, que acompañan la tarde y más allá están los vinilos, pastas de tango que como tesoro, guardan aquellas letras nostálgicas que llevan a que la gente se quede durante horas en La Milonguita.
Los que están allí, los une el baile, el grato encuentro con amigos y conocidos, la melancolía que envuelve el tango y esa mirada, muchas veces perdida en el horizonte, una mirada que solo surge cuando se escucha esa voz y esos poemas que solo están en el tango.
La Milonguita, hoy ubicada en la carrera 7 con calle 25, lleva ese nombre que recuerda a La Milonga, que nació, me cuenta Ricardo Montoya, aficionado y conocedor de la historia del tango, en diciembre de 1957 con Arturo Agudelo, que abrió las puertas como una tienda y que por recomendación de varios de sus amigos, entre esos zapateros, se colocaba solo tangos. Poco a poco, el sitio se convirtió en un lugar donde decenas de personas llegaban solo a escuchar éste tipo de música. La Milonga cobró tanta importancia, que amigos del señor Arturo, traían desde Buenos Aires, tangos que solo se escuchaban en su tienda. A los meses, el sitio era un punto de encuentro y un referente de la ciudad para escuchar esos bandoneones y ese lunfardo que se fueron incrustando en el alma de los pereiranos. El prestigio de La Milonga era tal, que musicólogos, coleccionistas y gente de la radio pedían ir al lugar para escuchar temas exclusivos que solo el señor Arturo hacía sonar en la aguja y el tornamesa de su tienda.

La Milonga se consagró aún más por celebrar desde hace 61 años, la música, los aportes y el impacto en los tangos de Francisco Canaro (1888 – 1964). La historia, la recuerda Ricardo Montoya, quien dice que en 1965, un año después de la muerte de Canaro, Álvaro Salazar, cliente de siempre de La Milonga y canarista hasta la médula, le propuso a Arturo Agudelo, conmemorar el primer año de muerte de Canaro y así lo hizo. “hombre Arturo, cómo te parece que hoy se cumple un año de la muerte de Canaro y te vengo a proponer que solo por hoy pongás música de él y yo pago la cuenta de los que vengan. Y listo, por ser martes, no hubo mucha clientela y Álvaro Salazar cumplió. Pago a quienes estaban”, así lo recuerda Ricardo Montoya.
Al año siguiente, —sigue Ricardo Montoya— el mismo 14 de diciembre de 1966, la promesa se sostuvo, Canaro sonó toda la tarde y Salazar pagó las bebidas. El tercer año, sucedió lo mismo: Los tangos de Canaro sonaron a lo largo de la tarde y Salazar volvió a pagar. En una ocasión, la celebración cayó un sábado y se había corrido la voz que Salazar pagaría los aguardientes. La Milonga estaba llena, los tangos de Canaro sonaron, pero para esa vez, Salazar, se corrió. No pagó, pero dejó instalado el ritual de recordar cada 14 de diciembre a Francisco Canaro. Reunión que se mantiene desde hace 61 años.
Los canaristas son organizados. Visten de camiseta blanca y estudian la música de éste intérprete que grabó más de 3.700 temas y es reconocido en varias partes del mundo. El evento para mantener viva las melodías de Canaro empieza a las 2:00 de la tarde y tiene una primera condición: escuchar sin interrumpir vinilos de Canaro, hacer cortas y sustanciales intervenciones y luego bailar, alrededor de este maestro del tango. Coleccionistas exhiben y dejan sonar sus vinilos con los temas que inmortalizó Canaro, así como grabaciones curiosas del compositor y LP que ya casi no se consiguen. “Reunirse alrededor de Canaro, es mantener vivo a uno de los músicos de tango más representativo de su género a lo largo de toda Latinoamérica”, destaca Ricardo.

Pero el momento más esperado de la tarde, es cuando las parejas empiezan a bailar. Él y ella salen a la pista y bailan ese tango de Canaro que sale de la tornamesa. Tres y cuatro parejas, van hasta el centro, se toman de la mano y empiezan a danzar. Concentrados bailan, dan vueltas, giran y no se equivocan. Sin ver al suelo cuidan cada paso. Van y vienen, no se tropiezan. El baile es armonioso, amable y agradable para ellos y para la decena de personas que esa tarde del domingo los ven. Al terminar, viene el aplauso. Las parejas finalizan. Él agradece la oportunidad de bailar y ella, como si acabara un viaje, abre los ojos y sonrojada ríe en señal de gracias. “Apenas estoy aprendiendo”, me dice una de ellas, quien ya sentada se abanica y se toma un sorbo de la bebida que está en la mesa.
Y así se mueven las manecillas, y así se van las horas en el recuerdo y la nostalgia de las letras de Canaro, muchas de ellas que desgarran el alma, invitan al canto en lo más alto de esta pequeña orilla del tango que es La Milonguita.