El hijo de Isabelita
Tenía treinta y siete años y doce días cuando lo mataron. Era un acuario incorregible: altruista, desinteresado, curioso, innovador, sociable, inquieto, inconforme, indeciso: Así eran Galileo, Mozart, Darwin y él: Camilo Torres Restrepo. A sus biógrafos les gusta contar que pertenecía a una familia privilegiada y librepensadora que se opuso férreamente a que ingresara al seminario. Su mamá, Darling como le decía Camilo, era Isabel Restrepo, una “prima donna” de la alta sociedad bogotana de la época, casada inicialmente con un rico alemán de apellido Westerdorp con quien tuvo dos hijos, Gerda y Edgar.
Murió el alemán y al tiempo se casó con Calixto Torres Umaña, un pediatra de prestigio con quien tuvo a Fernando y a Camilo. Se crió en Europa y a Europa volvió sacerdote para ser sociólogo. Pero antes había estudiado en el colegio alemán de Bogotá y, cuando lo cerraron por los años de la segunda guerra, lo matricularon en el Liceo Cervantes donde terminó bachillerato. Hizo un año de derecho pero se aburrió y decidió irse con los dominicos a escondidas de su madre, pero ella se enteró y lo trajo a rastras de la estación de la Sabana. Acordaron que, ya que su decisión de hacerse cura era genuina e irrenunciable, se iría para el seminario diocesano en el Chicó. Se ordenó en agosto de 1954 con 25 años y ese octubre viajó a Bélgica a la Universidad Católica de Lovaina para estudiar Ciencias Políticas y Sociales. En las vacaciones se iba a París con los curas obreros del abate Pierre recogiendo sobras de comida o de ropa en los vertederos para repartir entre los clochards del Sena.

El hijo del hombre
Regresó a Bogotá en enero de 1959, antes de cumplir los 30 años, días después de la entrada de Fidel Castro y sus barbudos a la Habana. Lo nombraron capellán de la Universidad Nacional, y junto con Orlando Fals, Virgina Gutiérrez, María Cristina Salazar y otros, fundó la carrera de Sociología en la misma universidad; también fue, al tiempo, decano en la Esap y miembro de la Junta del Incora. Pronto se las vería con sus superiores eclesiásticos, en especial con la voluminosa e imperiosa humanidad del Cardenal Primado de Colombia Luis Concha Córdoba, quien veía con malos ojos la heterodoxa y desgarbada influencia que los estudiantes ejercían sobre el padre Torres y decidió mandarlo lejos de ellos a la iglesia de la Veracruz para que bostezara después de misa de seis y administrara los sacramentos rutinariamente. Pero no solo la curia lo miraba con recelo, también los burócratas, los políticos y la prensa se dedicaron a hostigarlo sin piedad, a señalar que era una anomalía social, un desleal, un renegado. Él, que hervía a fuego alto en un inconformismo sin sosiego, se convenció más temprano que tarde de que las reformas que necesitaba el país eran incompatibles con la índole mezquina y señorial de las élites colombianas. En 1963 presentó al primer congreso colombiano de sociología una ponencia en la que afirmaba: “Creemos que la minoría política está interesada en los mecanismos de obstrucción de los canales de ascenso social porque en su modificación va su propia cabeza como clase privilegiada. Por esto, únicamente a los conformistas les es otorgado el ascenso social”1
El pueblo unido
Más allá de estas declaraciones de carácter académico presentadas en un foro vespertino y tedioso, Camilo Torres no deberá ser considerado un ideólogo de la revolución colombiana. Su “toma de conciencia”, la manera en que varió su concepción del cambio en la sociedad no parece haber sido un proceso de acumulación de evidencia teórica o reformulación ideológica, más bien se antoja el resultado fáctico, la comprobación desolada de que el sistema de exclusión y ninguneo que vivió en carne propia no iba cambiar a punta de cartas y memorias apiladas en los escritorios bogotano. Como dice Broderick: “Como intelectual, no era nada erudito; incompletos quedaban sus análisis, sus artículos y pronunciamientos casi siempre torpes, a veces hasta inexactos en algún detalle. Pero, eso sí, duros y desafiantes. Sus adversarios se defendían como podían: los marxólogos se burlaban de él y los tecnócratas del gobierno lo miraban con una sonrisa indulgente; los obispos, en cambio lo censuraban, y los políticos bufaban de rabia. Y, todos, unánimemente le cerraban la puerta”2. En su incansable búsqueda de un proyecto político para oponerlo al cerrado aparataje estatal, presentó en marzo de 1965 “Una plataforma para un movimiento de Unidad Popular” que envió a dirigentes políticos excluidos del Frente Nacional y que iban desde la Democracia Cristiana hasta el Partido Comunista. Esa idea se concretó en agosto en el efímero movimiento político llamado Frente Unido y el periódico del mismo nombre que apareció ese mes y que agotó la tarde en que salió su primera tirada de 50.000 ejemplares.

Entrevista de trabajo
Sin embargo, el proyecto tenía un pequeño problema: Camilo Torres había sido reclutado por el ELN desde mayo de ese año, se había entrevistado con Fabio Vasquez en julio y pusieron el movimiento y el periódico en función de los intereses de la guerrilla. De hecho, en el primer número, Camilo escribió la proclama: “Por qué no voy a las elecciones”, en la que define su postura con la frase: “el que escruta elige”, verdadero parteaguas de la izquierda colombiana de los sesenta: en esta orilla los auténticos revolucionarios, aquellos que reclaman el abstencionismo como evangelio, los puros, y en la orilla opuesta los falsos revolucionarios, los que aceptan, así sea a regañadientes, el sistema electoral, y cohonestan con el estatus quo, los tibios. El día previo a su reunión con Fabio Vásquez, Camilo le escribió una carta en la que corren por partes iguales ingenuidad, cortoplacismo y miopía. En ella deja caer algunas perlas que muestran su talante y su fervor infantil: “Los sectores sindicales está listos a apoyar la lucha armada”… “He tenido los primeros contactos con un general y dos coroneles. De coroneles para abajo todos están conmigo”… “Si lo demás resulta, planear una marcha sobre las ciudades para la toma del poder…” Vásquez encargó entonces a Jaime Arenas, un estudiante de la UIS, lindo, alto y bien hablado, para que fuera su sombra y mantuviera lejos a las sectas y movimientos que pudieran disputarle la presa que les cayó del cielo. Pero su interés en Camilo era meramente instrumental. Así describe sus intenciones en carta enviada a Heliodoro Ochoa, segundo jefe de la red urbana del ELN el 29 de julio de 1965: “Necesitamos empezar a sacar provecho económico de Alfredo (Camilo Torres), esto hay que entenderlo, necesitamos dinero y él lo tiene que entender, hay que saber aprovechar todo ese auge y realizar una buena campaña de finanzas. Nuestro problema es económico en lo fundamental”3.
Camino del monte me iré
Los tres meses siguientes estarán llenos de crispación, desencuentros, divisiones y el temor creciente de que en cualquier momento Camilo pudiera ser detenido o asesinado. El lunes 18 de octubre, a los 36 años y 8 meses dejó Bogotá para nunca volver. Cuatro meses duró su vida guerrillera. Y un día de febrero fue al combate y ese fue el último día de su vida. El martes 15 de febrero llegó con sus compañeros hasta un recodo del camino que va de Yarima al Carmen bordeando el río Cascajal cerca de una plancha de cemento abandonada que alguna vez sirvió para secar café, razón por la cual a la zona la llamaban Patiocemento.
A las diez de la mañana aparecieron los soldados del batallón Bogotá en hilera dilatada. Pasó el primero, pasó el segundo y pasó el tercero. Cuando llegaron, Fabio Vásquez salió de la cuneta, apoyó la Madsen sobre su cadera y comenzó a vaciar el cargador. Camilo disparó los seis tiros de su revólver y cuando dieron la orden comenzó a moverse hacia el soldado que yacía inmóvil para arrebatarle el arma. Apenas lo vio venir, el soldado disparó su carabina punto 30 contra la humanidad de Camilo. Sintió el ardor y la brasa contra su pecho y cayó de bruces. Le dijeron que se arrastrara y se protegiera en un árbol, pero cuando se movió le dio de lleno otra ráfaga. Gimió. No sentía los pies. La vida se le iba. Carlos Viviescas, un quinceañero que lo acompañaba a todas partes se movió para arrástralo fuera del camino. Una ráfaga le dio de lleno en la cara y lo dejó tendido. Saltó luego Aureliano Plata, más curtido, más viejo y más guapo y recibió tres tiros que al instante lo mataron. Vinieron los otros soldados y obligaron a los guerrilleros a huir a la desbandada dejando cinco guerrilleros y cuatro soldados muertos. Huyeron los unos por Filo de Oro y los otros trataron de seguir en estampida a Fabio Vásquez, que se perdió desesperado en la espesura de la cordillera de los Cobardes.
Mandaron a traer los caballos desde el puesto de control en San Vicente y acomodaron los cuerpos sobre angarillas hechas con troncos y tela de costal. Cuando vieron las cosas que traía en su morral aquel muerto de ojos claros, la biblia en francés, las cartas en inglés, los lentes dorados y la pipa de cerezo con el anillo de plata, supieron que era él.
Dicen que unos soldados lo enterraron cerca de allí, en una fosa de dos metros de profundo al pie de una ceiba centenaria, sin proferir palabra, mientras el topógrafo militar hacía un croquis prolijo del sitio donde iba a yacer. Salieron del lugar por donde llegaron, bañados por un sudor recóndito y con el olor del muerto venerable pegado de la piel que nunca se pudieron quitar.
Sesenta años después
El viernes 23 de enero de 2026 el ELN anunció que el cuerpo de Camilo Torres ha sido encontrado y que espera que “sus restos sean respetados y depositados en el Campus de la Universidad Nacional…Este acontecimiento de tal dimensión histórica ni debe ser desfigurado ni utilizado para sacar provecho político alguno”4
Este hombre ha sido traído y llevado de un lado al otro, presentado como héroe o villano según los intereses del momento, un cura maleado por fuerzas oscuras, un rebelde sin motivos, un privilegiado sin carácter, el mártir de una revolución narcotizada, en fin. Propongo situar a Camilo entre los héroes trágicos de esa saga sin fin que es la violencia en Colombia. El actor involuntario de un drama que termina derrotado por sus malas decisiones, sus errores de juicio o situaciones que escapan a su propia voluntad, esos personajes sobre los cuales recae el indescifrable destino. Sus restos, incluso, son parte de la tragedia que persigue al héroe. Tres años después de muerto, el general Alvaro Valencia Tovar, mandó desenterrar los huesos y los llevó en secreto hasta un mausoleo militar en Bucaramanga y nadie, salvo el finado general y Fernando Torres, su hermano fallecido sabían de su paradero. Ni su madre, pobre mujer, muerta en Cuba.
Cada vez que se escriba o se hable de Camilo Torres está bien que se exalte su figura, que se ponderen sus virtudes y se glorifique su entrega sin condiciones. Pero también está bien que se diga que se equivocó, que fue ingenuo, cortoplacista, desavisado, incluso soberbio, que desdeñó a Gandhi y a Luther King. Y se volverá a decir que amó, que padeció ese amor no correspondido entre los medios y los fines, un amor que lo llevó a cometer un error moralmente inaceptable y que a la postre le costó la vida.

1.https://www.archivochile.cl/Homenajes/camilo/d/H_doc_de_CT-0018.pdf
2. Joe Broderick: Camilo Torres. Pag 112 Grijalbo.
3. Jaime Arenas, La guerrilla por dentro, Ícono 2009 pág. 117
4. https://eln-voces.net/