Albalucía Ángel: el regreso de misiá andariega

12 de abril de 2026

A pocos meses de cumplir 90 años la escritora Albalucía Ángel regresó esta semana a Manizales. Conversó, firmó libros, posó para fotos, abrazó y puso a más de 100 personas a repetir "somos paz".
Compartir publicación en

“Si me hubiera quedado en Pereira habría terminado en el río Otún con una piedra en el cuello, a lo Virginia Woolf”.

Eso le dijo la escritora Albalucía Ángel a El País de Cali, en una entrevista de 2015, con ocasión de un homenaje que le hicieron en el Encuentro de Mujeres poetas de Roldanillo.

Si se hubiera quedado en Pereira habría terminado en el Otún, dice ella.

Suicidada.

Suicidada, pero con habitación propia.

Suicidada, pero con habitación propia y una vida dedicada a la escritura.

A lo Virginia Woolf, que se suicidó en el río Ouse.

A lo Virginia Woolf, muerta a los 59 años.

Habría terminado así, o quizás no.

Si se hubiera quedado en Pereira y se hubiera lanzado al Otún no habría llegado hasta los 90 años que cumplirá el próximo 7 de septiembre. Tan pronto terminó el colegio se fue y nunca regresó. Vivió en Bogotá, en donde estudió Letras e Historia del Arte en la Universidad de los Andes, y en 1964 se fue para Europa: vivió en París, Barcelona, Roma, Asís, Londres… andariega de muchas ciudades y pueblos.

“Todos los caminos conducen a donde uno quiere y uno camina por donde le da la gana y llega si quiere y si no quiere no”, escribió en su novela Dos veces Alicia, de 1972.

—Albalucía ¿dónde vives ahora?

—Yo vivo en el corazón.

Albalucía Ángel con sus libros / Crédito: Ivonne Paola Mendoza Niño.

Este jueves pasó por Manizales. No venía desde los años 60. De esa última visita, hace más de 60 años, cuenta que unos parientes la invitaron a una corrida y se salió tan pronto mataron al primer toro. “Me voy. Los espero en el carro”, les dijo.

No venía a Manizales desde los años en los que se agitaba la segregación del Viejo Caldas. En Misiá señora escribió sobre cómo se vivió esa tensión en las familias del Eje Cafetero:

¿Después de ese trabajo que fue lograr que un pereirano dijera al fin que sí, que la aceptara así: ¿de Manizales?

¿Se acuerdan de lo que fue el noviazgo de Lorencita…?

Como Montesco y Capuleto, yo me acuerdo…”.

Albalucía Ángel en entrevista con el periodista Abelardo Gómez Molina en una terraza del Banco de la República de Manizales. Al fondo, la Catedral. En La pájara pinta escribió: «Mejor mirar lo grandotota que era la catedral de Manizales. Es gótica ¿Ah… sí?, como si fuera de maíz trillado«.

Empezó a leer y a escribir desde muy chiquita. Sus amigos de Pereira decían que había que tener diccionario para poder hablar con ella, por las palabras que usaba. Les parecía que era rara, excéntrica, singular.

Hoy a sus casi 90 años sigue igual: a muchos les parece rara, excéntrica, singular. Siempre usa una bandana hippie alrededor de su cabeza; lleva entre sus dedos palitos de rosa, carga otros palos más largos en su mochila, y cuenta que hace muchas décadas la operó el médico venezolano José Gregorio Hernández, que murió en 1919. En 1972 la atracaron en Madrid y casi la matan. O mejor dicho, la mataron: ella siente que se murió y regresó. Quedó viva para muchas cosas, pero en primer lugar para poder terminar su novela más conocida, Estaba la pájara pinta sentada en su verde limón, publicada en 1975.

Por esa novela, y por otras como Misiá señora, de 1982, los académicos de estudios sociales, literarios y de género también la consideran rara, excéntrica, singular: Albalucía es una adelantada a su tiempo. Una rara avis distinta a todas sus contemporáneas. Una mujer libre, irreverente, rebelde, lúcida y valiente, que en los años 70 se atrevió a escribir sobre temas de los que casi nadie hablaba en Colombia, y la lista es larga: habló sobre el deseo homosexual y la opresión religiosa; describió con detalles cómo es un abuso sexual, cómo es un viaje psicodélico, cómo se evidencian en la vida cotidiana las muchas formas de discriminación hacia las mujeres y también las muchas formas de violencia, desde la intrafamiliar hasta la política. Y lo hizo tejiendo recuerdos de su infancia, de lo que le ocurría a sus amigas y parientes, con investigación documental y testimonial, en libros de estructuras complejas, con múltiples narradores, diversos planos temporales, gran manejo de la oralidad y, además, mucho humor.

“¿Te tocas por las noches cuando estás sola?, le preguntó en la confesión, tocarme dónde, se le ocurrió decirle”, escribió en Misiá señora.

¿Es muy larga la muerte? le preguntó a Sabina y ella dijo que claro, que para casi siempre”, escribió en Estaba la pájara pinta sentada en su verde limón.

Hay humor, pero también dolor, porque Colombia es un país doloroso.

y se quedó callado, pensando de seguro en todos los cadáveres que flotan en los ríos. En los ancianos y niños fusilados. En el señor que el otro día le cortaron la lengua para que no volviera a gritar viva el Partido Liberal”, escribió en La pájara pinta.

Albalucía Ángel en la exposición de fotografías de Sady González en el Centro Cultural del Banco de la República en Manizales. / Crédito: Ivonne Paola Mendoza Niño.

Este jueves 9 de abril, día del Bogotazo, Albalucía Ángel estuvo en el Centro Cultural del Banco de la República de Manizales. Recorrió la exposición del fotógrafo Sady González, que incluye imágenes relacionadas con la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, un episodio que atraviesa La pájara pinta, y a las 5:00 p. m. bajó al auditorio del primer piso del Banco, en donde ofreció una charla ante un público masivo que se entregó con docilidad a sus invitaciones rituales:

—Les pido que se pongan de pie y se tomen todos de las manos. Vamos a repetir este mantra: Yo soy paz. Yo soy paz. Yo soy paz. Somos paz.

Y más de 100 personas, jóvenes, estudiantes, adultos mayores, gente que viajó desde Pereira y otros municipios del Eje Cafetero para escucharla, se tomó de las manos y repitió: Yo soy paz. Yo soy paz. Yo soy paz. Somos paz.

Albalucía Ángel leyendo un fragmento de Dos veces Alicia, el jueves 9 de abril de 2026 en Manizales.

Albalucía es delgada, menuda, con un timbre de voz tan bonito que provoca viajar en el tiempo para escucharla en esos años en los que se ganaba la vida en Europa tocando guitarra y cantando en los bares. Da abrazos de oso panda y enseña que en el abrazo los corazones deben quedar juntos. Cuando firma sus libros escribe «una rosa para tu corazón» y dibuja un corazón. Lo suyo son las rosas, los corazones, el afecto y hablar de su vida cuando le preguntan por su literatura, porque en su caso vida y literatura son la misma cosa. Menciona un pasaje de una novela y luego cuenta «eso le pasó a un pariente mío», «eso le ocurrió a una amiga», «esa fue una frase que me dijo mi mamá». Por eso sus textos están llenos de oralidad y su relato oral está lleno de anécdotas e imágenes, como cuando recuerda sus noches en Barcelona con sus amigos del Boom Latinoamericano.

“Mercedes [Barcha, la esposa de Gabriel García Márquez] me ayudó. Me ofreció una camita de uno de los niños, y entonces los dos hijos se acomodaban juntos en la otra cama. Yo trabajaba como cantante y llegaba tarde en las noches. Llegaba cansada pero ellos me pedían que les cantara y yo cantaba, y luego los oía. Cortázar hablaba con Mario [Vargas Llosa] sobre jazz, y el Gabo y Fuentes de política. Yo los oía, y ellos nunca preguntaban por lo que yo escribía”.

Primera página de El Tiempo del 14 de junio de 1975.

El 14 de junio de 1975 el diario El Tiempo informó sobre el fallecimiento de la compositora Jaqueline Nova y además publicó la siguiente noticia: “La escritora pereirana Alba Lucía Ángel, quien por varios años se dedicara a cantar rancheras en España para ganarse la vida, fue escogida hoy aquí ganadora de la II Bienal de Novela organizada por la revista Vivencias”. La edición anterior del premio la había ganado Manuel Mejía Vallejo por Aire de Tango. El semanario El Pueblo, de Cali, tituló “Pereirana desvirolada gana el Premio Vivencias”. Otro periódico escribió: “sus amigos dicen que al parecer es inteligente”. “Un crítico dijo que La pájara pinta la había escrito el Gabo”, recuerda.

Mujer, cantante, hippie, rebelde: no encajaba en el prototipo de dama que merece ser premiada.

“Escribieron tanta cosa que ni vine a Cali a recoger el premio, porque ¿para qué? Decían «desvirolada, cantante»… no me reconocían como escritora ni sabían que más había publicado yo. El premio lo reclamó mi hermana”.

El valor de nuestro sexo está muy desprestigiado. Yo siempre he creído que somos iguales o más  valientes que los hombres”, había escrito en La pájara pinta.

Las escritoras Albalucía Ángel y Dorian Hoyos Parra.

En 1984 publicó la novela Las andariegas y en 2002 Tierra de nadie. Además, en 1998 editó De vuelta del silencio, un libro de conversaciones con 20 escritoras latinoamericanas, útil para evidenciar que su caso no fue una excepción sino la regla general: las mujeres escritoras de su generación fueron silenciadas y los premios, el reconocimiento, los estudios académicos y los homenajes les llegaron, si es que llegaron, entrado el siglo XXI.  En su libro dialoga con sus pares: Elena Poniatowska, Elena Garro, Luisa Valenzuela, Olga Elena Matei, Nélida Piñón, Helena Araújo, Cristina Peri Rossi, Orietta Lozano, Claribel Alegría y Rosario Ferré, entre otras.

A punto de cumplir los 90 años Albalucía Ángel sigue escribiendo. Tiene más de 30 obras inéditas terminadas, entre novela, poesía, teatro y ensayo. “Yo escribía en una máquina Olivetti”, cuenta, pero también a mano. “Aprendí taquigrafía y eso me ayudaba bastante”. Diálogos con un cuaderno anaranjado, publicado en 2022 por la Universidad de Antioquia, es un testimonio de esa disciplina de escritura constante, en la que la autora es consciente de la dificultad que entraña el oficio de escribir.

“Comprendía las palabras pero no su significado, o mejor, su significado era obvio pero las palabras no existían, o mejor, lo que significaban las palabras no estaba de acuerdo con el texto, o mejor… no sabía cómo explicarlo”, escribió en Dos veces Alicia.

“Pienso en la muerte todos los días”, dijo en Manizales. Pero no en la muerte futura, sino en la que ya vivió: en la que padeció en Madrid hace más de 50 años, cuando casi la matan. Por eso ahora agradece todos los días estar viva. “Estoy aquí y estoy viva”.

—En La pájara pinta escribiste “…una felicidad parecida a la de comerse un mango biche en clase de aritmética”. ¿Eres feliz?

—Sí. Para mí la felicidad es espontánea, no tengo que fabricarla. La felicidad es ver a un niño sonreír. Comer guayaba agria sin fruncir el ceño.

Albalucía se parece a una niña que sonríe. A esas niñas inteligentes, de voces potentes y desparpajadas que aparecen en sus novelas.

La charla en el Banco de la República de Manizales culminó antes de las 7:00 p.m., pero luego hubo una larga fila de lectores y fans: personas que querían una firma en un libro antiguo, una selfie, o entregarle algún regalo: un estudio crítico sobre su obra, un cuento inspirado en ella, un poema, una flor, una sonrisa.

Misiá andariega no venía hace más de 60 años a Caldas, y aunque el viernes viajó por carretera rumbo a Cali, en donde participa este lunes en un encuentro literario, en realidad no se ha ido. Esta región habita en sus libros, en los que habla de los cafetales, los guaduales, los ríos, las montañas, la cabuya, la colonización y las navidades nuestras. Por sus páginas aparecen Pereira, Manizales, Quimbaya, Pácora, Salamina y las infaltables fincas cafeteras, un escenario que se repite en varias de sus obras.

Hace años en una entrevista le preguntaron cómo se preparaba para la vejez y dijo que hablaba mucho con la gente joven. Este jueves la escucharon con atención nuevas generaciones interesadas en acercarse a la memoria de este territorio desde los códigos afectivos y simbólicos que ella propone. En su visita pudo constatar que acá la leen, la estudian y la quieren.

Su obra, vasta, rica y compleja, trascenderá.

Lina María Benjumea Alzate viajó desde Pereira para entregarle «La desvirolada», un cuento de su autoría, que escribió inspirada en Albalucía.
Albalucía Ángel en compañía de la profesora Diana Vela y estudiantes del Doctorado en Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira, incluyendo a Jaiber Ladino Guapacha, colaborador de Barequeo.
Albalucía Ángel en compañía de las escritoras Diana Vela, Martha Patricia Meza Quintero, Adriana Villegas Botero, Dorian Hoyos Parra y Juanamaría Echeverri Escobar.
Juanamaría Echeverri, Laura Jaramillo, Luz Beatriz Mejía Granados, Sofía Gómez Piedrahíta, Albalucía Ángel Marulanda e Ivonne Paola Mendoza Niño.

Si valoras el periodismo artesanal, ayúdanos a seguir adelante.
Cada aporte, grande o pequeño, hace la diferencia. Puedes apoyarnos a través de Vaki.

Publicaciones relacionadas

Si valoras el periodismo artesanal, ayúdanos a seguir adelante.
Cada aporte, grande o pequeño, es una pepita de oro valiosa para nosotros. Puedes apoyarnos con donaciones en la cuenta de ahorros Davivienda 108900805756 a nombre de la Fundación Barequeo (NIT 902045164-5) o a través de Vaki.

En Barequeo nos interesa el periodismo artesanal, hecho a mano, con tiempo para escribirlo y tiempo para leerlo. Buscamos historias y enfoques como quien busca pepitas de oro.

Somos un grupo de periodistas que, desde Manizales, Colombia, generamos un medio de comunicación para fortalecer la deliberación pública desde nuestro territorio.

Creemos en la veracidad, la argumentación, el disenso y el valor de la escritura para la construcción de memoria histórica.

Correo: barequeo@barequeo.com

Cada aporte, grande o pequeño, es una pepita de oro valiosa para nosotros. Puedes apoyarnos con donaciones en la cuenta de ahorros Davivienda 108900805756 a nombre de la Fundación Barequeo (NIT 902045164-5) o a través de Vaki

Codirigen: Adriana Villegas Botero, Ana María Mesa Villegas, Alejandro Samper Arango y Camilo Vallejo Giraldo.