De unos días para acá se puso de moda el caricaturizarse usando Chat GPT. A través de las redes sociales las personas comparten la imagen digitalizada de ellos y su oficio o hobbies, así como hace unos meses estuvo en boga el recrearse como un muñeco de plástico o un personaje de anime japonés sacado del Studio Ghibli de anime japonés. La instrucción que se le da a la inteligencia artificial es sencilla: “Crea una caricatura de mí y mi trabajo basado en todo lo que sabes sobre mí”; al cabo de unos segundos arroja la imagen. Pero, ¿qué sucede cuando la IA no sabe nada sobre uno?
Alimentado por el FOMO (Fear of missing out; temor a perderse de algo) – pues por guasap me empezaron a llegar imágenes de amigos, familiares y conocidos caricaturizados – quise verme como un dibujo animado. Entonces le pedí a Chat GPT que me dibujara. Digité la instrucción que millones de personas alrededor del mundo han dado y… nada. “Puedo hacerlo, pero necesito que subas al menos una foto tuya”, me respondió la IA. Ahí supe que la plataforma desarrollada por la empresa OpenIA no sabe nada sobre mí, lo que sentí como un alivio. En una búsqueda rápida por Google, usando mi nombre, encontré al menos diez fotos mías; cargué dos de ellas. “Necesito que me digas a qué te dedicas”, me pide la plataforma. “Soy periodista y profesor”… y lanzó la primera imagen. Me hizo por duplicado: una ilustración de periodista, con una enorme cámara de video al hombro, un micrófono que dice “News”, un carro de policía gringo y un fondo que bien puede ser Seattle (EE.UU.) o Toronto (Canadá). La otra como profesor, en un aula con estudiantes de colegio, tablero verde y escritos en tiza blanca ¡Ah! Y la infaltable manzana roja como cliché de lo que todo docente tiene sobre su escritorio.
Luego vinieron una serie de instrucciones más: déjame como profesor, quítame la cámara y el micrófono, estoy en Colombia, quítale la bandera tricolor; no soy de Cartagena, soy de Manizales… Así hasta que Chat GPT me dijo que había agotado mis oportunidades para modificar la caricatura. O se agotó de que le hiciera correcciones porque la IA no sabía nada de mí.
Al preguntarle a algunas personas que se caricaturizaron me dijeron que Chat GPT no los bloqueó. Tampoco dieron tantas instrucciones y detalles porque son usuarios frecuentes de esta plataforma y la usan para hacer desde resúmenes de lecturas hasta consultas psicológicas. Además, le dan acceso a sus perfiles de Instagram y Facebook para que vean sus historias, usen sus fotos y esculquen sus vidas. Yo no tengo estas aplicaciones. Soy un desconectado y averso a mostrarme en las redes sociales. No siento esa urgencia de exhibir dónde estoy, qué comí o con quién salgo con el fin de tener seguidores. No necesito esa validación. Además, no necesito agregar más ingredientes a mi ansiedad. “En ninguna parte puede hallar el hombre un retiro tan apacible y tranquilo como en la intimidad de su alma”, dijo Marco Aurelio en sus Meditaciones.
Podría decirles que fue curiosidad, pero no. Caí en el FOMO, en el afán de querer participar y ser parte de una tendencia. Hice una caricatura de mí mismo, tanto en lo literal como en lo metafórico y contribuí a las 8,4 toneladas de dióxido de carbono que anualmente emiten los procesadores de Chat GPT. Pero al menos me queda la tranquilidad de que mi intimidad y privacidad no están al alcance de esta IA… por ahora.