En el mar de pérdidas que es la memoria sobrevive intacto el recuerdo de mi cumpleaños número 17. Fue el primero de ellos que celebré con lo que en ese momento se parecía a una barra de amigas y amigos. Pasaron por mi casa, un día festivo, muchas personas. Hay fotos que me ayudan a mantener ese recuerdo vivo. Tenía un bluejean de prenses, una camiseta a rayas, y mi copete Alf que nunca armó perfectamente. Una pinta ochenterísima.

La alegría que viví ese día me dejó la sensación de que esa era una edad ideal. No tenía, como ahora, la perspectiva de la adultez, y era por tanto un pensamiento ignorante, pero luego me aferré a esa idea de plenitud, de juventud, de tersura, de vitalidad y me quedé ahí; me rehusé a salir de esa idea de mí misma, y me pareció que madurar era traicionar una versión mía que me fascinaba.
Me sentí siempre demasiado joven para casarme, para ser mamá, para tener un trabajo de 8 a 12 y de 2 a 6, para asumir responsabilidades, para responder por mi misma, para vivir sola, para hacer negocios, para comprar un carro, una casa o un apartamento y para todas las cosas que la gente empieza a hacer desde los 20 años. Hasta que empecé a sentirme demasiado vieja para las mismas cosas. Di un brinco cuántico de la adolescencia a la vejez, sin pasar por la tan temida adultez.
Me ha tomado tiempo darme cuenta de que estoy bien adulta y de que es probable que vaya a presenciar mi propia vejez. Lo encuentro casi imposible de creer, pero la evidencia se va apoderando de mi cuerpo y de mi mente, lento pero seguro y mentiría si no digo que es aterrador.
Aunque estoy inscrita en el régimen de pensión, el llamado a vivir el aquí y el ahora, que compré completo, ocasionó que no me proyectara con el juicio con el que me parece que lo hacen los demás; siempre detesté esa pregunta “¿cómo te ves en 10 años?”, y si por la gracia de la vida llego a este momento con una red de seguridad a mi alrededor, es un privilegio de clase del que soy consciente.
Mientras escribo esto mi amiga y coequipera, Adriana Villegas, me escribe por WhatsApp que se alegra por mis logros profesionales recientes y me advierte: “qué bueno, porque te quedan cinco años, seis meses y una semana para pensionarte… Y luego nos morimos”. Esta es la bajada.



