“Se necesita un pueblo para criar a un niño”, proverbio de origen desconocido.
Si no eres venezolano no hables sobre Venezuela. Si no eres mujer no hables sobre feminismo. Si eres una amiga blancomestiza no hables sobre racismo. Si no eres mamá no debes opinar sobre la educación de los infantes.
Todas estas son frases que me han dicho o que he escuchado recientemente. Sé que a algunos les molesta que, sin ser mamás, opinemos sobre criar niños y entiendo el punto, nos falta la perspectiva directa. Sin embargo, como decía esta semana en mi cuenta de Twitter, a las mujeres adultas sí nos toca aguantar los malos tratos de señores a los que, cuando eran chiquitos, no les enseñaron a cuidar a sus semejantes.
No quiero culpar del machismo de los hombres a las mamás o a los papás que se involucran en la crianza, esa me parece una posición facilista. Los hombres adultos deben responder por su propio machismo. Lo que sí creo que podemos hacer es revisar, todos juntos, cuáles son los mensajes que damos a los hombres que los convierten en maltratadores, abusadores, violadores y feminicidas.
Esta me parece una pregunta fundamental cuando leo noticias como las siguientes:
¿Qué ocasiona el problema de que tantos hombres estén dispuestos a violar la integridad de las mujeres, bien sea física o virtualmente? ¿Qué es lo que les enseñamos a los hombres, en general, para que haya una propensión tan elevada en los varones a participar de este tipo de grupos, ejercicios, violaciones? No son problemas aislados, no vale decir que “no son todos los hombres”, son demasiados como para pretender que no es algo cultural. Y cuando algo es cultural es un problema de la sociedad toda, no de las mamás o los papás de esos señores. Creo que debemos prestar más atención a la educación, la formación y la socialización de los niños, de los adolescentes varones y buscar allí las causas de este mal que parece una pandemia.
Publiqué aquí mismo una columna que era un chiste para los señores: Test, ¿es usted un señoro?, un cuestionario de 48 preguntas para que tantos amigos que conozco y quiero, y los desconocidos con espíritu de introspección, se hicieran un autodiagnóstico. La pregunta número 12 suscitó una conversación en alguna de las redes sociales en donde todavía se puede charlar. La pregunta dice ¿a las hijas mujeres hay que cuidarlas más que a los hijos hombres?
El instinto natural nos dice que sí, que a las mujeres hay que cuidarlas más, que enfrentan un entorno difícil con una amenaza latente: el abuso de los hombres. Y es verdad, la edad promedio en la que las mujeres comienzan a recibir comentarios, manoseos, acoso y abuso está entre los 8 y los 14 años. En la mayoría de los casos, el 85% de ellos, esos comportamientos vienen de hombres que conocen a las menores: los amigos de la familia, los hermanos, los tíos, los abuelos, los primos, los padrastros, los padres. Lo dejo así de claro para que veamos la dimensión del daño.
¿Pero por qué son esas personas que deberían representar toda la seguridad para las mujeres, una amenaza?
Contrario a lo que podríamos pensar, la respuesta correcta a la pregunta ¿a las hijas mujeres hay que cuidarlas más que a los hijos hombres? no es “sí, hay que cuidar a las mujeres más que a los varones”, pero tampoco “hay que cuidar a las mujeres igual que a los hombres”, es decir menos, que es lo que queda implícito, sino “hay que cuidar a los hombres tanto como a las mujeres”. Y esa mirada es menos frecuente, esa mirada sorprendió a los hombres con los que tuve esta conversación, porque, aunque es cierto que cada vez prestamos más atención a la información directa que se les da a los niños, muchos de los mensajes que reciben no son aleccionamientos verbales, sino ejemplos cotidianos que suelen pasar desapercibidos y que son mucho más difíciles de cambiar.
Que el papá no haga labor doméstica. Que el impulso siempre sea convocar a las mujeres de la casa para que preparen la comida, para que aseen el hogar, para que preparen la magia de la navidad. Que se les permita mayor tiempo de ocio que a las niñas. Que no se les involucre en la elaboración de una lista de mercado. Que a las niñas se les celebre el estar tan atentas a los demás, y a los niños sus capacidades físicas o intelectuales, etc.
A las niñas les enseñamos a cuidar a sus hermanitos, a cuidar a sus mayores, a atenderlos, a llevarles la comida, a asistirlos en sus necesidades, a estar pendientes de todos. Por eso somos las mujeres las que en mayor proporción cuidamos a las familias completas. Las mujeres sostenemos la sociedad y la economía del cuidado recae en las mujeres hasta en el 76% del tiempo. A los hombres los educamos, los formamos y los socializamos, con mucha más frecuencia de la que nos gusta admitir, para ser egoístas, para pensar en ellos antes que en cualquier otro, para atender primero sus propias necesidades y pensar después en los demás.
La relación causal no es directa, no es inmediata. No son todas las personas egoístas culpables de violaciones, pero ese sí es el caldo de cultivo de esa falta de empatía, de la ausencia de compasión que habilita a tantos hombres para convertirse en agresores. Y cuando menos, sería bueno tener más hombres capaces de hacer un almuerzo para 15 personas, desde la planeación hasta la ejecución y la limpieza.
Digo que hay que educar a los hombres con tanto cuidado como a las mujeres, pero claro, a las mujeres también hay que darles un poquito más de esa dosis de egoísmo. Como siempre, hay que buscar un equilibrio. Y con su permiso opino sobre educar niños, tengo la perspectiva de ser mujer en un mundo para los varones.