En esta economía no tengo esperanza de tener una casa propia en los próximos años. Un cuarto propio, que según la escritora Virginia Wolf es fundamental para que las mujeres podamos pensar en paz, tal vez sea posible, pero por ahora me conformo con un cuarto en arriendo, es decir, un cuarto prestado.
Mi cuerpo es el único lugar que me pertenece, es más, mi cuerpo soy yo. Hay señores filósofos que decían que el alma y el cuerpo están separados, pero esa idea no la entiendo. Creo que mi alma, si existe, está en algún lugar cerca de mi estómago, entre todos los otros órganos. Comer mucho afecta lo que sueño, dormir mal bloquea mi capacidad de pensar y la menstruación se siente muchas veces como estar iluminada, tener un tercer ojo que me ayuda a ver con claridad lo que dos días antes estaba borroso. Por eso no hay cosa que me choque más que cuando alguien se mete con esa libertad tan básica de hacer lo que una quiera con el único territorio que no pueden quitarle.
A las mujeres nos dicen desde que somos niñas qué hacer con nuestros pelos, nuestras grasas y nuestras piernas. Nos dicen que para estar “cuidadas” y “bien” no basta con estar sanas, hay que invertir plata, tiempo y trabajo. A veces son consejos bienintencionados, otras veces prohibiciones explícitas de parte de instituciones educativas o públicas.
Véase: en España prohíben el burkini por “razones de seguridad”
Nuestro cuerpo no es leído como neutral: nuestras decisiones de cómo vestirnos y qué comer se interpretan como mensajes ofensivos, provocadores o irrespetuosos. Ni se diga de nuestras decisiones sexuales y reproductivas. En la serie La casa del dragón, la reina Aemma le dice a su hija Rhaenyra: “el parto es nuestro campo de batalla”. Esta frase refleja los peligros de estar en embarazo en la edad media, pero aún hoy, con una medicina mucho más avanzada, persiste la narrativa de que la mujer, como los soldados, debe prestarle su cuerpo al Estado. Sus luchas y dolores tienen objetivos como ayudar a que el sistema de pensiones se sostenga, aunque la pobreza en la vejez es más probable en mujeres por tener menos participación en el mercado económico[1].
A pesar de todo el estigma, los juicios y la idea de que el destino de las mujeres es ser madres, en Colombia desde el 2022 es legal hacerse un aborto por deseo y desde el 2010 es posible hacerse una ligadura de trompas pagada por la EPS siempre y cuando una sea mayor de edad. Cuando yo tenía 21 años estaba segura de no querer tener hijos, tenía un viaje pendiente y no quería irme del país sin tener claro cómo iba a planificar, por eso fui a Profamilia.
El doctor que me atendió se asustó por mi edad y porque no tuviera hijos ni pareja en el momento de tomar la decisión, me dijo:
“Cuando te consigas un marrano no vengas a demandarme”
Yo le dije que tranquilo. Que estaba segura. Me dieron una cita para la semana siguiente.
Como la cirugía es sencilla y rápida, los preparativos los hicimos juntas todas a las que iban a operar ese día, éramos en total como diez mujeres en batas blancas, una a una nos tomaron datos y nos prepararon para el procedimiento. Casi todas ellas tenían hijes y yo era, creo, la más joven. Cuando iban a canalizarme una vena me puse pálida, como cada vez que veo una jeringa. Una de ellas me dijo que todavía estaba a tiempo para arrepentirme. Me hizo gracia el comentario. Una de ellas contó que su exesposo se enteró de que ella se iba a operar y le mandó un mensaje insultándola. Algunas no le contaron a nadie, otras tuvieron una experiencia de un parto difícil y riesgoso y no querían volver a pasar por eso. Hablar con ellas me recordó lo grande que es la decisión de tener o no tener hijes, y que no quería dejársela a la suerte.
El ginecólogo Juan Carlos Vargas dice que un 5% de las mujeres que se hacen una ligadura de trompas en Colombia no tienen hijos, es una tendencia en aumento, aunque son más los hombres sin hijos que se hacen una vasectomía, tal como explica este artículo de El Tiempo
En el campo y en pueblos ha habido quejas de que los hospitales y los médicos ponen trabas, he escuchado de amigas que sus doctores les han dicho que no se pueden operar hasta tener veinticinco años y por lo menos un hijo, lo cual es directamente una mentira.
Han pasado diez años desde el día de la operación y creo que fue la decisión correcta. Lo permanente del procedimiento, en lugar de angustiarme, me genera calma, pues ya no hay Iván Duque, ni Donald Trump, ni Friedrich Merz, que puedan obligarme a ser madre.
[1] https://www.anif.com.co/comentarios-economicos-del-dia/pobreza-monetaria-por-genero-en-colombia-2023/