No vivo en Manizales, la natal. Pero cada que voy a mi ciudad, como en las pasadas ferias, una gran experiencia es vivir mi sueño cumplido hace dos años: moverme de un barrio a otro al azar con la excusa de estar trabajando en el oficio soñado: taxista.
Descender a La Francia, Asturias o Alcázares; aventurarme hacia La Enea por la Panamericana o la avenida Alberto Mendoza; atravesar vericuetos en Fátima, la comuna La Fuente, la ciudadela de Norte, la comuna universitaria; ¡caer a una cuneta y quedar varado en la parte baja de El Carmen y salir gracias a una rampa de costales de escombros aportados por los vecinos!; subir las faldas del centro, del barrio El Bosque, La Carola, La Isla, San Sebastián, La Pradera en Villamaría, el barrio El Nevado…; llevar rumberos de remate a Moliendo Café, Carrataplán, Sabadel o los de la Panamericana; recorrer decenas de veces las avenidas Paralela, Santander, del Centro, 12 de octubre (Chipre), Lindsay, Kevin Ángel, sin perder el asombro de toda la vida; contemplar la ciudad —aunque ya velada por los árboles— desde el Cerro de Oro, aún llamando Bar C a la discoteca en vez de 2150.
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La primera imagen que tengo de alguien conduciendo es la de María Elena, en 1992. Era mi transportadora de kínder. Recuerdo la fascinación de ese niño observando desde el puesto de copiloto o desde la cabina trasera cómo la señora tomaba las curvas y movía la palanca de cambios de esa Luv verde noventera que me llevaba desde el barrio Arrayanes hasta el jardín infantil de Confamililares de la calle 50.
Desde esos tiempos fantaseaba con recorrer también mi ciudad manejando un automóvil igual que María Elena. Y como mis ulteriores envidiados: taxistas y buseteros.
En la casa, cuyo sostenimiento debió enfrentar sola mi madre antes durante y después de su temprana viudez, sólo alcanzaba para cruzar la registradora de los carros de Socobuses y Autolegal, y de eventuales taxis.
De suerte que en vez de empujar carritos, mi gran juego de niño consistía poner patas arriba el gran triciclo de mi hermano, simular el volante con una de las llantas, izar un palo cualquiera que hiciera las veces de palanca, hacer ruuunn nasalmente y rechinar los dientes a modo de motor.
Aunque en la preadolescencia la afición por el automovilismo la sintiera más mi hermano, y su liderazgo para que nos uniéramos a millones de colombianos en apoyo a Juan Pablo Montoya (por el Canal A), cuando ambos tuvimos capacidad de endeudamiento yo fui el único en lanzarme a la deuda por un carro, en 2023.
Tuvieron que pasar tres décadas desde el jueguito con el triciclo para cumplir mi sueño. Con mi esposa le compramos un Clio Cool modelo 2008 a un man de Fátima gracias al crédito con Davivienda y Confa. (El hombre nos pilló lo novatos y no hubo puja: le pagamos lo que le dio la gana. Pero bueno, agradecido).
Tuvieron que pasar tres décadas, decía, para atestiguar lo que aún me asombra: que con solo pisar un pedal pueda desplazarme de manera autónoma.
Tuvieron que pasar tres décadas, perdónenme la nostalgia, para que en vacaciones o algunos fines de semana con puente, pudiera emular a los taxistas, buseteros y a mi transportadora: recorrer Manizales en carro e incluso cobrar por ello. ¡Otro trabajo en el que me pagan por hacer lo que me gusta!
Hay que ver mi felicidad entrevistando pasajeros, parando a comprar en un puesto de dulces, yendo a tanquear a esta o aquella bomba, sonando la bocina en los túneles.
Esta posibilidad me la comunicó Daniel, mi mejor amigo, en aquella Navidad de 2023. Para entonces ya llevaba rato funcionando por primera vez en Manizales la aplicación parecida a Uber para llevar pasajeros.
Por último, desdigo el título de este artículo citando la aplicación: “esta app facilita la conexión entre prestadores de servicios y clientes; no es un servicio de transporte público”.