Zoológicos humanos

22 de enero de 2026

En las primeras Exposiciones Universales fueron expuestos algunos seres humanos como si fueran animales porque, carambas, hubo un error en la clasificación.
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En el principio todo era caos, pero Dios creó el cielo y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: haya luz, y hubo luz.

Como al día siguiente de La Creación todavía quedaba mucho desorden, pero el ser humano ya había sido creado, y por un soplo divino se le había otorgado la conciencia de sí mismo, se ató un delantal, se llenó de valentía, se remangó la camisa y se puso en la tarea de ordenar, barrer, sacudir y clasificar. 

Entonces dijo el ser humano: “a ver, a ver, estos seres sin conciencia de sí mismos se llamarán animales y podrán ser vertebrados e invertebrados; mamíferos, aves, anfibios, reptiles y peces; vivíparos y ovíparos; herbívoros, carnívoros y omnívoros; terrestres, acuáticos y aéreos, y ya veremos si necesitamos más casillas”, y el ser humano vio que era bueno. 

Caminando por la vereda venía tranquilo el ornitorrinco que amamanta a sus crías, pero pone huevos, y el ser humano dijo, “qué raro, este animal no cabe en ninguna casilla”, y vio la necesidad de crear un espacio para las excepciones: y dijo el ser humano “los animales que no clasifican en los compartimentos previamente creados los vamos a poner todos juntos aquí”. Y ahí estuvo solo y aburrido el ornitorrinco mucho tiempo, hasta que el ser humano encontró que los machos de los caballos de mar paren a sus crías, y por fin el ornitorrinco tuvo compañía. 

Y este orden dio satisfacción al ser humano que vio que todas las cosas empezaron a encontrar su casilla. Y antes de poner a cada cosa en su lugar el ser humano las limpiaba muy bien, las sacudía, las brillaba, y el mundo entero empezó a tener sentido y forma. Los animales, las plantas, las rocas, los hongos, los países, las ciudades, la matemática, el lenguaje y las ciencias encontraron un lugarcito bonito. 

Pasaron siglos y siglos hasta que todo estaba más o menos ordenado, y el ser humano llamó a esto civilización, y finalizando el siglo XIX, inventó las Exposiciones Universales para mostrar las colecciones que había armado con tanto cuidado. Mientras tanto Dios lo miraba y pensaba “pobre pendejo”. 

En las primeras Exposiciones Universales fueron expuestos algunos seres humanos como si fueran animales porque, carambas, hubo un error en la clasificación. El ser humano de epidermis rosa que se quemaba bajo el sol creía que el ser humano de epidermis café que no se bronceaba ni se quemaba bajo el sol, era inferior. Incluso pensaba esto mismo del ser humano con epidermis rosa oscuro o café claro, algunos de los cuales se quemaban o se bronceaban. 

Claro, lo que sucedía era que en ese momento había dos casillas primordiales para la especie humana: 1. ser humano superior y 2. ser humano inferior. Y, convenientemente, solo los seres humanos de epidermis rosa claro, que habían creado esas casillas y que se quemaban bajo el sol, cabían en la primera de ellas. 

Este error fue tan catastrófico que las casillas “superior” e “inferior” todavía existen y hay muchos seres humanos que insisten en darles uso a pesar de que la categoría Ciencia ha explicado con suficiencia que no hay evidencia para justificarlas. 

Pero este traspié no nos desvió del camino, somos tercos y esos han sido inconvenientes menores. Entonces, insistimos en seguir clasificando y en seguirnos equivocando porque a veces acertamos y esos aciertos son bellos, buenos, y le han dado sentido a la existencia, y esto último ha sido clasificado como un Bien Superior. 

Y entonces los seres humanos creamos la categoría hombres y la categoría mujeres. Y dijimos que estas categorías se complementan. Y nos pareció tan hermoso y tan necesario que perdimos de vista la existencia de las personas transexuales e intersexuales que claro que existen, como el ornitorrinco, aunque no hubiéramos creado la casilla para clasificarlas. Y clasificamos el gusto y dijimos que lo natural es que a los hombres les gusten las mujeres y a las mujeres los hombres, y por mucho tiempo hicimos sentir como animales dignos de zoológicos humanos a todas las personas que no encontraban un lugar dónde ubicarse. 

Todo esto ha venido a demostrar la poca flexibilidad del cerebro humano y ha sido evidente que de ahí nace la necesidad de tener un lugar para cada cosa y de poner cada cosa en su lugar, como decía mi abuela Alba, fanática del orden. Es una contradicción: las casillas explican el mundo y lo limitan. Son necesarias, pero a veces estorban. Impiden que veamos algunas cosas, pero iluminan otras. La naturaleza es orden y caos, pero a los seres humanos nunca nos ha gustado tener dos casillas diferentes para una sola cosa, a pesar de que Dios son tres cosas distintas y eso lo hemos aceptado sin ninguna dificultad.

No está tan claro si buscando la iluminación o las tinieblas el ser humano pasó de clasificar a inventar, e inventamos los aviones y los carros, para que los hombres pudieran jugar, y la lavadora y la licuadora, para que las mujeres pudiéramos trabajar. Y mezclamos inventos y clasificaciones y señalamos que un kilo de sal equivale a dos gallinas, y que el oro es la unidad de medida del valor de todas las cosas, y que el agua vale 550 pesos el metro cúbico, sin importar que el agua sea sustento de la vida y el oro una baratija bonita. 

Y nos entusiasmamos y sentenciamos que la jornada laboral es de cinco días de trabajo por dos de descanso, y que la economía debe crecer siempre en un sistema cerrado, y que la mejor manera de organizarnos es confiar en que elegiremos a alguna persona que sea menos bruta que las demás para que nos diga qué y cómo hacer. 

Y tratando de simplificar complejizamos hasta el absurdo mientras Dios piensa “qué desorden” y recuerda que nos otorgó la valentía para que podamos, cada vez que nos dé la gana, reclasificar.

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  • Manizales, 1974. Periodista. En 2020 publicó "Como Hombres": el mundo de las mujeres en zapatos masculinos.

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