Literatura salvavidas

23 de enero de 2026

Hay dos obras literarias manizaleñas que, con más de 50 años de distancia, hacen apnea en los entramados del suicidio: "Suicidio por reflexión", de Adalberto Agudelo Duque, y "Supervivencia sentimental", de Valentina Arias.
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“Hay que hablar del suicidio”, escribía Alejandro Samper en una columna en Substack —que Barequeo republicó hace varias semanas— para decir que el suicidio es una problemática que deriva en censuras y tabúes. Alejandro cita en su texto a Andrés Caicedo y a Goethe. Dos ejemplos literarios, cada uno en situaciones, causas y contextos distintos, pero vinculados con este abismo, a veces insondable. 

En continuación, y con la necesidad de hablar, hay dos obras literarias manizaleñas que hacen apnea —podría decirse— en los entramados de esta realidad. Que han hablado, y con más de cincuenta años de distancia. La primera, Suicidio por reflexión, publicada en 1967 por Adalberto Agudelo, dice al final: «Morir… Morir»; la segunda, Supervivencia sentimental, de Valentina Arias, publicada en 2025, pregunta: «¿Seré capaz de sobrevivir-me?».  Destinadas a dialogar, escriben sobre nosotros. En primera persona ficcionalizan una catástrofe que no claudica, que aqueja y persiste.

La literatura es catarsis. Con ella se pueden expiar los miedos más entrañables. Y, en este sentido, las dos obras anteriores pueden leerse como un alivio en tres fases o estados de una experiencia poética. 

La primera es el tedio; para muchos filósofos es la experiencia del tiempo: una condición profundamente contradictoria para una modernidad saturada de actividades. Como decía Baudelaire en «Al lector», en Las flores del mal: “poco importa que no genere grandes gestos ni grandes gritos: haría fácilmente de la tierra un escombro y, en un bostezo, se tragaría el mundo”.

¿Tragarse el mundo? Sí ¿Y cómo es posible que en el ritmo de una modernidad sin paraderos, el tedio exista? Va a existir siempre. Es ineludible.  Y tal vez en las obras de Adalberto y Valentina—cosa extraña y deforme— el tedio se mezcla con la angustia al enfrentar la abrumadora seguidilla de quehaceres que nos invaden y nos expulsan de nosotros mismos. El tedio, en estas dos obras, es una forma de auto-exilio: síntoma de la imposibilidad para sostenerse en lo mínimo esencial, en ese refugio íntimo desde el cual resistir los hostigamientos de una sociedad que nos arrebata los lugares más propios, y que en su gravedad devora lo más bello que puede tener un ser humano: la imaginación, el poder de una conciencia capaz de divagar, de soltarse del peso de lo real.

En consecuencia, el tedio lleva al segundo estado: la confusión y, con ella, a la falsa salida: desaparecer. Los personajes de Suicidio y Supervivencia, en el curso de sus caminos, quieren aniquilarse. Inmóviles y extraviados, ya no saben si su voz proviene de afuera, y es el eco que rebota en las paredes del laberinto, o si es una voz interior que retumba en su mente, pidiendo a gritos salir o lanzarse. Las palabras hacen cacofonía, ruido, son confusas, y los extraviados son incapaces de distinguir el mínimo detalle de su propia existencia.

Pero ¿es posible escapar del laberinto? Sí, en la acción poética. Entre las innumerables puertas y pasadizos acaso encuentren una salida; o tal vez, en el fondo de una conciencia turbada, tengan que aceptar el lugar que ocupan, sin pretensiones de entendimiento, (por ahora). En ambas obras los personajes se entregan a las musas. La vitalidad, la ironía, el desprendimiento de la gravedad y la aceptación de la aventura poética aparecen aquí como un remedio contra el tedio pegajoso que, con su materia informe, empuja a la huida en el ahogo y en la asfixia.

La clave de los personajes en ambas ficciones está en las palabras. Ellas  funcionan como un relevo que impide completar el círculo de la desesperación: es preciso no tomarse demasiado en serio, y aquí surge una ironía, una pequeña dislocación que los separa de sus angustias, porque pueden escribir y por lo tanto duplicarse en el reflejo de lo que esas palabras simbolizan.

Avanzando así, aún a tientas y al borde del acantilado, en este resquicio irónico de alivio que es la acción poética, los personajes de Suicidio y Supervivencia abrirán la tercera fase de su aventura: el coraje. Y no como exaltación heroica, sino como la capacidad de despegarse de sí mismos y dejar que la conciencia retome la vitalidad que le devuelve la imaginación. Justamente esta capacidad les va a permitir recrear-se lejos de aquel sujeto atascado en el fango de la inacción.

En este espacio donde aparece el coraje —que podría ser la virtud de la desesperación, que es preciso renovar una y otras vez, opuesta al coraje del héroe griego, que parece estar inoculado en su esencia por los dioses para siempre—,se darán cuenta de su oportunidad; habrá un paso más, una palabra más, un gesto más, y va a aparecer la esperanza para seguir.

La literatura vista así, es una alternativa porque continuar es un inevitable. Las palabras salvan vidas; por supuesto que las salvan y nos muestran que, cómo dice Maurice Maeterlinck, en la bellísima obra de la Vida de las abejas: “Lo que podemos saber también son las formas sorprendentes y a veces enemigas que toman, ahora en la inconsciencia absoluta ahora en una especie de conciencia, el fluido extraordinario que se llama vida…” y que en definitiva él, tan misterioso como la muerte, puede ser tedio, o la metáfora de obra en construcción con sus azares y vicisitudes que nos hacen vivir poéticamente en una realidad prosaica y abrumadora.

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  • Manizales, 1988. Administrador de empresas. Lector, caminante y librero en Refugio librería.

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