La fe está muy cara

19 de enero de 2026

En el 2015 la Corte Constitucional legalizó la adopción homoparental. El fallo histórico provocó reacciones (negativas) de los sectores conservadores, incluyendo mi profesor de Religión en el Colegio de Cristo. Dedicó la clase entera para condenarlo.
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El 24 de diciembre fui a misa por primera vez en años. Las iglesias en Noruega son de puertas cerradas, dan una apariencia sólida y compacta, como una piedra pintada, a las que sólo se va por curiosidad de turista o cuando se convoca algún concierto de orquesta. Ésta era Luterana, la religión más grande en un país ampliamente secular, y en el bolsillo tenía una carta arrugada que llegó cuando salía para el aeropuerto. La Iglesia Católica de Noruega me hacía saber que ya estaba registrado en la parroquia de Oslo, y que podía acceder a sus servicios clericales. Fue tan imprevisto que me divertí con la idea de que esa misma carta me había seguido por tres ciudades y seis direcciones, durante cuatro años, hasta dar con un destinatario que por primera vez en mucho tiempo bajaba la guardia de su agnosticismo.

En plena misa de Navidad, cantando los salmos impresos, me alegré de que por fin entendía el idioma, y vi que eran los mismos que cantaba en Manizales. Y entre más cantaba y más los recordaba, más me sentía arrullado por un coro que clamaba gloria a Dios, paz a los hombres, y el perdón de los pecados. Estaba tan agobiado por el estado del mundo, tan decepcionado de la política, tan desesperanzado y tan temeroso del futuro, que lo único que quería es que alguien viniera a salvarnos.

Esa esperanza innata me abandonó en la adolescencia, en Manizales, cuando terminé por aceptar (con mucha vergüenza) que eran vanos todos los esfuerzos para que empezaran a gustarme las muchachas en vez de los muchachos. Lo que más me dolía era pensar que me convertía en villano. Ya no sólo se me cerraban las puertas del paraíso, sino que estaría condenado al martirio de los remordimientos y el pecado.

Nunca encontré la suficiente valentía para confesárselo al párroco, pospuse la ocasión de misa en misa, hasta que dejé de comulgar. En el 2015 la Corte Constitucional legalizó la adopción homoparental. El fallo histórico provocó reacciones (negativas) de los sectores conservadores, incluyendo mi profesor de Religión en el Colegio de Cristo. Dedicó la clase entera para condenarlo y, a pesar de mi intención de permanecer en el closet hasta la muerte, tuve que sorberme la rabia y ser el único que trató de defenderlo.

Ese ardor me animó a saltar de aquí para allá, de credo en credo, pasando incluso por los Testigos de Jehová y la iglesia mormona, sin que nada me sirviera para descongestionar el alma. No encontré las respuestas que buscaba, y dejé de buscarlas cuando encontré refugio en el lugar más imprevisto: la ciencia y los saberes del ser humano.

Hace diez años el mundo era otro. La sociedad se veía encaminada a una secularización progresista, tolerante, que nos veía como seres humanos en condiciones iguales, merecedores de los mismos derechos y de esa misma libertad que pregonaban políticos occidentales y las series de Netflix. Asumí que era cuestión de tiempo para que la humanidad no sólo superara la supersticiones y prejuicios de la religión, sino también que la ciencia y la sabiduría nos encarrilaran por la ruta de un progreso imparable. Uno en el que tuviera derecho a existir. Terminé por convertirme en un ateo recalcitrante, más bien motivado por la rabia, pero genuinamente interesado en participar en la construcción de un mundo secular. El criterio de los hombres, tristemente, estaba infestado de comején.

Luego de un desastre natural como las sequías, las inundaciones o los huracanes, uno creería que los destrozos de la tragedia sirven para espabilar a los escépticos del cambio climático. Pero tanto en los desastres naturales como en la pandemia, las únicas que hirvieron fueron las teorías de conspiración que, por más absurdas que parecieran, pasaron del imaginario colectivo a la memoria colectiva y finalmente a los saberes del ser humanos.

Era sólo el principio: entre noticias de Facebook, cadenas de WhatsApp, vídeos de TikTok y grupos de Telegram terminamos aplaudiendo la barbarie, riéndonos de la tragedia y justificando guerras, masacres y dictaduras. Las teorías empezaron a salirse de las pantallas para meterse en los pensamientos y, en consecuencia, también en los tarjetones electorales que pusieron a los locos en el poder. Locos que llegaron hablando de Dios y de justicia, y que ahora desmantelan instituciones, desfinancian a la ciencia y hacen origami con las leyes que reconocen nuestra existencia.

Todo empezó a hacerse tan incierto y abierto a interpretaciones, y a la reinterpretación de la interpretación, que cualquier debate sobre democracia o hechos científicos se hace cada vez más inútil. Como las palabras se hicieron al mismo tiempo inciertas e incuestionables, dejamos de saber qué es, por ejemplo, un derecho humano, y por qué los miembros de la comunidad LGBT también los merecemos. A nosotros también se nos olvida que tanto el matrimonio igualitario y la adopción homoparental no surgieron de la empatía de los congresistas sino de los fallos de la Corte Constitucional, siguiendo el mandato de la Constitución Política. Sin constitución, sin corte y sin fallo, lo que creemos caído del cielo y grabado en la piedra puede derogarse mañana mismo.

Entre guerras, violencia y conspiraciones me he atormentado con el abismo del futuro y con el desamparo de no saber en qué creer ahora, o quién habrá de tener piedad de nosotros. En un día del orgullo asistí por curiosidad a la misa que la pastora de una iglesia local hizo en solidaridad con nosotros: como dice Iván Duque, los no heterosexuales. No me sorpendieron los arcoíris que colgaban del techo, sino la multitud presente. No entendía cómo podían tantos creer en un Dios que nos castigaba por ser como somos. Allí oí decir que la identidad sexual no es incompatible con la espiritualidad.

En marzo conocí a una pastora luterana que se sentó a mi lado y con quien charlé sin pausas en un viaje de ocho horas. Lejos de mis peleas en Facebook o las discusiones familiares, parecíamos compartir la misma preocupación por lo que ocurría en el mundo, con la única diferencia de que ella, por fuerza de su fe, era inmune a la desesperanza. No fui tímido en declarar mi agnosticismo (o ateísmo desgastado), pero su convicción en valores elementales me pareció envidiable. Los axiomas religiosos, las cosas indiscutibles que tanto me indignaban, se me hicieron urgentes: el amor es amor, el perdón es perdón, la paz es paz y, aunque cada quien lo interprete a su manera y no falta quien convierta en puñal su religión, la fe es mucho más accesible y resiliente que la esperanza. Algo tuvo que haberse estropeado dentro de mí, porque no encontraba la puerta por donde la vi salir diez años atrás, y no sabía dónde comprar una nueva.

Quería fe, más que cualquier otra cosa, y en esto pensaba al cantar los salmos navideños en una iglesia luterana, con la carta de la iglesia católica todavía en el bolsillo, sin saber cómo o por dónde empezar a creer. Quería cerrar los ojos, quería esperar con esperanza, queríoa decir «Señor, ten piedad de nosotros», porque nosotros ya no podemos.

Los que aún la tienen, que la aprecien y la guarden, porque la fe ya está muy cara.

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  • Manizales, 1998. Escritor y activista. Vive en Noruega.

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