Aunque la vanidad sea fundamental para promocionar tus libros, aunque sea cierto que publicar nos eleva el ego, aunque los cinco minutos de fama se le suban a una a la cabeza y aunque cada piropo te ruborice y enorgullezca al mismo tiempo, la verdad es que una carrera literaria trae constantes lecciones de humildad.
La primera lección es financiera. Casi nadie vive exclusivamente de su escritura y pocas personas viven de ejercer actividades afines. Tal vez sea por eso que, cuando una persona que escribe consigue algo de éxito, su principal ganancia es una especie de satisfacción personal; los aplausos y los halagos te hacen sentir menos tonta por dedicarte a un arte con el que a veces no pagas ni el arriendo.
Hace un par de años, cuando Juan David Correa era ministro de cultura y lanzó el programa Soy Cultura, me inscribí de inmediato y corrí al evento de lanzamiento. Les confieso que ahí, sentada en ese bello auditorio del Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella, en lo único que pensaba era en esto: «Por favor, ¡que nos digan que nos van a financiar la seguridad social!». Pero no. Aunque los pasabocas estaban ricos, y aunque disfrutamos el vino, la verdad es que el Registro único de agentes culturales lo que ofrece son descuentos, y actualmente solo doce empresas forman parte del convenio.
Escribir un libro es un proyecto que puede tomarte años y su investigación requiere inversiones que van más allá del tiempo: a veces es necesario viajar, comprar libros, pagar suscripciones en la biblioteca o incluso multas, si tienes la mala suerte de ser despistada o de no leer antes de la fecha de entrega.
Afortunadamente la escritura es un arte de producción barata; lo único que necesitas en estos tiempos es un computador al que le sirva el Word, así que ni siquiera requieres un MAC de tamaño gigante como el que usan los editores audiovisuales o los diseñadores. Eso sí, conviene tener una suscripción a Internet y de preferencia uno que otro insumo de papelería, en especial agendas, si eres como yo, de la vieja escuela.
Digo que afortunadamente es un arte de producción barata porque las regalías que ganas por escribir un libro corresponden solo al 10% de las ventas. Significa que si tu libro tiene un valor comercial de $70.000, recibirás $7.000 por cada ejemplar que vendas, pero aún así tú los regalas, y a veces hasta los compras por tu propia cuenta para esos parientes que prefieren gastar plata en otras cosas o ese periodista que te ayudará con una reseña o esa amiga que tan amablemente te asesoró para publicarlo.
Pero además de la plata, que es algo de lo que prometo hablar nuevamente (porque parece que es un tabú hablar de plata y literatura), hay otras lecciones que a veces aniquilan incluso a los corazones más fuertes. La peor de todas ellas son los rechazos editoriales. Te duelen cuando estás empezando a escribir porque aumentan tus dudas sobre si tendrás futuro en una carrera literaria; te duelen cuando ya has publicado tu primer o segundo libro porque empiezas a sospechar que no haces parte de cierta rosca; te duelen cuando has cosechado algo de éxito previo porque te sientes desacreditada y piensas que todo lo que pasó antes fue solo un golpe de suerte.
Si el rechazo editorial viene acompañado de un periodo importante de espera, esto empeora la infección de tu herida. Sientes que te amputaron un tiempo vital que habrías podido invertir en mejorar esa obra, o en mandarla a otros lados, o en echarla definitivamente a la basura. A nadie le gusta que le hagan perder el tiempo, pero las y los escritores aprendemos a perderlo, es más, aprendemos a rumiarlo, mientras vemos al calendario moverse y lanzar piojos.
Recuerdo que mi primer rechazo editorial fue hace quince años: mandé un cuento a una revista y ni siquiera me respondieron, solo supe que no me habían elegido cuando revisé la publicación, con el alma entre los dientes, pensando que en cualquier momento aparecería mi nombre. Mi último rechazo fue en noviembre de 2025, cuando Rey Naranjo Editores consideró que mi cuento era en realidad una crónica que no ahondaba en las atmósferas.
Otra lección importante son las críticas que recibas. A veces ni siquiera importa si tienen o no razón porque también depende de la forma en que te las entregan, de la coherencia de su análisis, de si tuvieron o no la sensibilidad necesaria para entender tu propuesta. A veces detrás de una mala crítica se esconde una verdad profunda y otras veces detrás de una crítica que suena acartonada y correcta se develan envidias, egos o vicios machistas y patriarcales. Toma tiempo identificar la verdadera intención de algunas lecturas.
Son cosas que me mantienen humilde como escritora.