Algo murió en Venezuela

12 de enero de 2026

Pocas cosas nos han devuelto tan crudamente a la sola celebración del resultado —sin pensar las muertes morales que deja— como la decisión de Estados Unidos de invadir Venezuela para secuestrar a su presidente ilegítimo y dictador.
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Detrás de alguien que celebra una agresión internacional suele haber algo que se está perdiendo. Detrás de cada buen resultado político o militar, casi siempre hay algo que muere. Por eso hace rato dejamos de definir la convivencia entre Estados a partir de celebraciones y metas cumplidas. Esa lógica quedó, por lo menos, mandada a recoger hace 80 años, cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, o hace 30, con el final de la Guerra Fría.

Creíamos haber entendido que celebrar y mostrar resultados es lo fácil. Lo difícil es abrirle paso a la vida humana con fronteras morales que permitan cumplir objetivos sin poner todo lo demás a perder. Ese ha sido el reto real a lo largo de los siglos. De ahí el conjunto de innovaciones y sofisticaciones políticas —algunas tan complejas como la comunidad de Estados o el derecho internacional— que aún están por terminar de acordarse, ejecutarse o inventarse. Porque participar de un conflicto, celebrando y dando resultados, hace rato es una tarea sencilla con leyes despóticas, manuales militares y, todavía más, con armamento nuclear a la mano.

Pocas cosas nos han devuelto tan crudamente a la sola celebración del resultado —sin pensar las muertes morales que deja— como la decisión de Estados Unidos de invadir Venezuela para secuestrar a su presidente ilegítimo y dictador. Una operación tan fácil y tan rápida como los 40 minutos que duró. El mismo tiempo que bastó para poner en riesgo avances de medio siglo en política internacional.

Trump siguiendo la operación militar en Venezuela. Tomado de whitehouse.gov

En política internacional celebra cualquiera. El actor John Wayne hizo de vaquero también fuera de la pantalla cuando celebró, una y otra vez, la invasión de Estados Unidos a Vietnam. Decía que si no se detenía allí al comunismo, habría que hacerlo después a un precio más alto. Quien celebra una guerra suele hablar de una catástrofe futura que nunca puede confirmarse. Al dirigir Los boinas verdes (1968), película cofinanciada por el gobierno, Wayne volvió a insistir en la retórica de que esa potencia es siempre un país agredido y que sus guerras son respuestas inevitables. Años después, el balance fue un ejército estadounidense en retirada, cerca de cuatro millones de muertos y un comunismo que sigue vivo —en muchos lugares integrado a la democracia— en pleno siglo XXI.

La celebración también viene de justificaciones intelectuales. “El despertar del sentido de responsabilidad” fue como el poeta Ezra Pound definió, en 1935, lo que llamó “el milagro mussoliniano” en la Italia fascista. Para entonces, Mussolini ya avanzaba en la invasión a Etiopía y estaba a punto de intervenir en la Guerra Civil Española con 70 mil soldados. El balance fue de cerca de 350 mil muertos en Etiopía y más de medio millón de asesinados, directa o indirectamente, en España. No hace falta contabilizar lo que vino después con Mussolini en términos de Holocausto y Segunda Guerra Mundial.

Carta de John Wayne al presidente Lyndon Johnson sobre la película Los boinas verdes.

El derecho internacional, por supuesto, también busca celebraciones y resultados: la garantía de los derechos humanos, la protección de la democracia, la prevención de la guerra, la autodeterminación de los pueblos, el respeto a la soberanía. Pero buena parte de sus tratados y principios existen para que la búsqueda de cualquiera de esos fines use medios que no destruyan todo lo demás. Así parezcan débiles, ineficaces o difíciles —que suele ser señal de que vamos por el camino que veníamos—, son esos medios las que marcan la diferencia moral y nos evitan el cinismo de celebrar solo porque algo se podía hacer… y era fácil.

En materia de resultados, en el caso venezolano basta contrastar la capacidad de Estados Unidos para extraer a Nicolás Maduro del territorio con la rapidez con la que Trump desconoció a la oposición como poder legítimo. ¿El resultado es para qué? Puede verse como logro la liberación rápida de opositores que nunca debieron estar presos, pero aparece la contradicción de la velocidad con la que se detuvo a catorce periodistas venezolanos por informar la posesión de Delcy Rodríguez, nueva presidenta que tampoco ganó las elecciones, pero que viene robándose los corazones de una parte de la derecha global, solo por los resultados.

Leer estos resultados desde sus contrastes insiste en una idea. Si hay que ser tan selectivos con lo que reconocemos como logro, tal vez lo que estamos disimulando es que lo que dejamos morir en Venezuela, en el plano internacional, es más grande de lo que queremos aceptar.

Rechazar la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela no equivale a justificar lo que venía haciendo la dictadura de Nicolás Maduro. Y una forma de entenderlo es recordar que la caída de un dictador es siempre una buena noticia, pero si se celebra como simple resultado es posible que algo del resto del mundo haya tenido que morir.

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  • Abogado y periodista. Director de Manizales Cómo Vamos. Profesor de periodismo en la Universidad de Manizales. Ganador en una ocasión con el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. Codirector de Barequeo.

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