Antes de que a los caraqueños los despertara el estruendo de las bombas el pasado sábado 3 de enero, el olor a pólvora ya le había dado la vuelta al mundo. Para finales de diciembre casi un centenar de personas habían muerto en aguas del Caribe en presuntas operaciones contra el narcotráfico, y al menos dos barcos petroleros fueron incautados por el ejército estadounidense como parte de su estrategia de presión contra el régimen de Nicolás Maduro.
Las cálidas aguas azules ya no sólo se alborotan en tiempo de huracanes, sino que se mezclan barcos de guerra con cruceros comerciales, y los archipiélagos que se creían paraísos (turísticos o fiscales) se vieron convertidos en guarniciones militares por su posición estratégica.
Pero mucho antes de que estallara la primera lancha ya Venezuela parecía haber vivido una guerra en cámara lenta. Durante la última década, ocho millones de personas abandonaron sus hogares y se perdieron por el mundo, primero de a pocos y luego de a muchos, y por años nos acostumbramos a ver multitudes cruzando a pie los puentes, los ríos, las cordilleras y la carretera Panamericana, de norte a sur y de sur a norte, incluyendo la selva que la corta en el Darién. Familias que, como en Colombia, estuvieron juntas por generaciones y añadían pisos a sus viviendas para que le siguieran el ritmo a su árbol genealógico, terminaron no sólo desintegradas sino también regadas por el planeta.
Desde supermercados vacíos hasta apagones prolongados, el pueblo venezolano soportó años de sanciones económicas, intereses extranjeros y un régimen autoritario que dividió a la izquierda internacional en partes irreconciliables. Venezuela se acostumbró a ser vista desde afuera, por nosotros, por la prensa, por los líderes mundiales y por los mismos venezolanos, y su crisis terminó por hacerse tan cotidiana que sólo nos acordábamos de ella cuando ocurrían eventos extraordinarios, como las últimas elecciones, el plebiscito para anexar media Guyana, la decisión del Comité del Nobel de Paz o los repentinos ataques militares en una región acostumbrada a algo que se parecía a la paz. Una paz en términos generales, claro, porque las bandas criminales, las guerrillas y otros grupos armados son un mal que se combate en casa.
El caso venezolano provocaba acalorados debates entre los sectores progresistas, y era usado de espantapájaros en parlamentos y en campañas electorales por candidatos tan conservadores que conservan intactos el discurso y la tradición de la Guerra Fría. Los venezolanos, convertidos en un pueblo nómada, fueron objeto de xenofobia y rechazo, e incluso fueron instrumentalizados para impulsar el ascenso de líderes radicales como Donald Trump, Javier Milei y José Antonio Kast.
En Europa, algunos sectores de una izquierda nostálgica no los vio como exiliados, sino como burgueses que llegaban a esperar que las sanciones e intervenciones estadounidenses les regresaran sus empresas ahora nacionalizadas. Otros los vieron como víctimas de una guerra económica y de un longevo patrón de intervencionismo gringo en América Latina y el mundo, pero por su discurso anti-socialista no eran idóneos para introducirlos en sus movimientos. Los venezolanos en exilio se hicieron entonces refugiados ideológicos: ignorados por la izquierda, usados por la derecha, en un mundo cada vez más polarizado en donde a la centro-derecha le dicen fascista y a la centro-izquierda comunista.
Durante la última década los países europeos se encontraron con una diáspora latinoamericana tan distinta que parecía incompatible con la otra que conocían, la de los tiempos de golpes de estado y dictaduras de extrema derecha. Movimientos de solidaridad establecidos cuarenta años atrás, creados por chilenos, argentinos, uruguayos o brasileños exiliados, sus hijos, sus nietos y locales simpatizantes, con el trauma de su tragedia y el horror de la impunidad, no reconocieron la nueva diáspora como parte de la suya, porque el peso de la historia pareció dividir el mundo en dos fuerzas opuestas: el fascismo o el comunismo autoritario. Muchos venezolanos tuvieron una reacción similar: todo lo que se decía de izquierda, y más aún de la socialista, para ellos era sinónimo de totalitarismo, miseria y destierro. Aunque el exilio de unos no fuese menos exilio que el de los otros, la suerte de sus países de origen determinaría la suerte de su país de refugio.
En Noruega, entre el 9 y el 10 de diciembre, se materializó esa diáspora rota en las calles de Oslo, en donde el Premio Nobel de Paz entregado a María Corina Machado representó la luz de la esperanza para unos, y un premio a la barbarie para otros. Con carteles, antorchas, megáfonos (y ropas de invierno que no habrían de usar nunca en sus países), latinoamericanos gritaban en español consignas que a fin de cuentas no eran tan diferentes, pues, entre lo que querían y lo que denunciaban, compartían el mismo anhelo de paz, justicia y soberanía nacional.
Este sábado, menos de un mes después y recuperándose del punzón agridulce que deja la Navidad en tierra ajena, los mismos latinoamericanos en diáspora despertaron con la noticia de los bombardeos, el ataque militar y la decapitación del régimen venezolano. Volvieron a la calle, patinando en el hielo para no caerse, abrigados hasta la nariz, con sus mismos carteles y sus mismas consignas, unos celebrando por todo lo alto y otros presa de una indignación tan ardiente que no podía tener otro origen más que el miedo: la época de golpes e invasiones estadounidenses se ha reanudado.
En todos los noticieros mostraron las mismas imágenes, la misma noche alumbrada por amaneceres múltiples bajo el vuelo de helicópteros. Resplandores repentinos que hacía tres días eran de pólvora y fuegos pirotécnicos y ahora eran de artillería militar, la misma que se usó en el mar Caribe, en Palestina, en Nigeria, en Ucrania, en Sudán y en Irán sólo en el 2025. Ahora les tocaba a ellos.
Mientras unos celebran la aparente caída del régimen tras la captura de Nicolás Maduro, otros advierten que la violación al Derecho Internacional y a los acuerdos multilaterales no se limitarán a Venezuela, sino que la nueva doctrina de Donald Trump tiene los ojos puestos en todo el territorio al que él mismo se ha referido como su patio trasero. Los líderes europeos, preciados por el pragmatismo y entereza con que defendían el Derecho Internacional ante la invasión a Ucrania (al menos hasta que se toparon con los bombardeos israelíes en Gaza), tienen como aliado estratégico, económico y militar a un país que actúa con el mismo desdén al multilateralismo, la misma sed imperialista y el mismo fervor beligerante que su vecino ruso.
A los otros, la gente de a pie, los asalta un sentimiento contradictorio al no entender por qué unos latinoamericanos celebran el bombardeo y otros lo rechazan horrorizados. El mundo de verdades simples y colores sólidos borró sus contornos de la noche a la mañana: se acaba el Derecho Internacional, se acaba la autodeterminación, se acaba la diplomacia, se acaba la paz, se acaba la búsqueda de justicia y se acaba, al menos en principio, la dictadura de Nicolás Maduro.
Se acaba también la democracia, incluso para quienes no la tenían. Donald Trump, bien conocido por socavar las instituciones democráticas en su país y en el resto del planeta, acaba de capturar a un dictador con la promesa de traer democracia a los venezolanos, una vez en control de las reservas petroleras y la posición estratégica. Quién y cómo será esa democracia son preguntas aciagas, porque serán el barómetro de lo que ocurra ahora en el resto de América Latina: ¿habrá de repetirse el caso de República Dominicana, en donde el dictador Trujillo fue reemplazado tras el golpe por su mano derecha, el entonces presidente autoritario Joaquín Balaguer?, ¿o pondrá en su puesto a otro Pinochet u otro Videla?, o quizá a un ejemplo más contemporáneo, más cool, como Nayib Bukele.
Es difícil pensar en democracia cuando se usa como bandera de guerra, y, aunque muchos venezolanos celebran la caída de Maduro, lo que obtendrán en reemplazo, si acaso no es más de lo mismo pero con otro color, podría ser también una tierra arrasada por la guerra. Sus casas vacías, sus familias dispersas, sus nostalgias aún vivas: todo puede hacerse trinchera.
Pero qué sé yo, qué saben ellos, qué sabemos todos: sólo vemos a Venezuela desde afuera.