Mi querido Pérez Sarmiento:
Con cierta discreta indiscreción me pides para tu revista algunas reflexiones matrimoniales, ya que yo he cometido la sublime calaverada de casarme sin saberse cuándo ni cómo.
Un paisano, muy aficionado a los chistes simples, decía que el matrimonio es un negocio en que el hombre pone el capital y la mujer los gastos. Tal vez haya algo de verdad en ello, pero en este caso, el matrimonio sería el único mal negocio en que sale ganando el perdidoso; porque se gana una mujer, esa cosa extraña y magnífica que es una mujer, ese delicioso animalillo de ojos fulgurantes, ese pequeño ser magnético que ves por la calle cubierto de pieles, tan mimoso y tan poderoso, tan delicado y tan fuerte, tan flexible y tan heroico.
Además, tener una mujer pobre, garantizada para toda la vida, es el único lujo que se puede dar un muchacho pobre; porque los otros sports, aun cuando no cuesten mucho por sí mismos, sí requieren una decoración imponente; si te dedicaras, por ejemplo, al automovilismo o a la equitación, lo menos que tendrías que hacer sería afeitarte todos los días para que te diferencien hasta cierto punto de tu chofer o de tu jockey; dentro del matrimonio, en cambio, puedes vivir todo lo modestamente que quieras, porque tu mujer, si te ama, será capaz de acomodarse contigo en el ventilado palomar de un cuarto piso, y pasar, sin embargo, muy feliz. Amigo mío: la mujer es al mismo tiempo lo más decididamente lindo y lo más relativamente barato que Dios ha puesto en el mundo.
En esto del amor, el matrimonio y la pobreza, hay una inefable paradoja que yo no he logrado comprender jamás, pero que resulta cierta: y es que dos personas pobres juntas son menos pobres que una persona pobre sola; la fórmula huele a enunciado de teorema; sólo que es también tan absurda y tan misteriosa, como todas las fórmulas exactas; yo no he podido explicarme nunca por qué menos por menos da más, en el álgebra de los números y en el álgebra del amor.
Lo que sí aconsejaría yo a mis amigos que deseen casarse, es que no lo piensen mucho ni lo preparen demasiado; eso debe hacerse de una manera súbita y relampagueante, como cuando se va a tomar una ducha fría.
A mí me preguntan a menudo: bueno, ¿y cómo fue eso? Y yo contesto que fue un accidente de viaje, porque yo iba muy tranquilo para Manizales, pero, de pronto, me casé en Pereira; y ¡claro! me tuve que devolver. Al fin y al cabo, el amor es una enfermedad del corazón, y lo más natural es que uno se case de repente.
Y ahora, después del suceso, no he dejado de pensar un poco en las palabras de Sócrates, aquel viejo socarrón que hacía chistes trascendentales: «si me caso, me arrepiento, y si no me caso, también me arrepiento». Pero, viéndolo bien, ¿no será mejor arrepentirse uno de casarse que de no casarse? Porque lo único terrible e imperdonable que debe haber en el universo será el arrepentimiento de algo que no se ha hecho.
Tu amigo afectísimo.
Luis Tejada.
El Espectador,7 de octubre de 1922
El Diario, Pereira, 8 de diciembre de 1936

La crónica «Reflexiones de un cronista recién casado» corresponde a las páginas 213-215 del libro Luis Tejada 100 años. Breve eternidad de un cronista, disponible para descarga gratuita en la página web de la Universidad Tecnológica de Pereira. El libro fue publicado en 2025, con ocasión de los 100 años de la temprana muerte del cronista, quien falleció como consecuencia de una tuberculosis a sus 26 años. El volumen editado por la UTP incluye una selección de textos de Luis Tejada Cano, así como ensayos sobre su obra escritos por Maryluz Vallejo, Rigoberto Gil Montoya, Gilberto Loaiza Cano, Mauricio Ramírez Gómez, Abelardo Gómez Molina, Edison Marulanda Peña, Franklin Molano Gaona y Gleiber Sepúlveda.
Luis Tejada 100 años. Breve eternidad de un cronista,
Luis Tejada Cano y otros autores
Doctorado en Literatura, Facultad de Bellas Artes y Humanidades, Editorial Universidad Tecnológica de Pereira.
Pereira
2025
242 páginas
ISBN: 978-628-501-038-5