La nueva lengua de Fonseca

31 de diciembre de 2025

Los anglicismos –otra moda lingüística contemporánea– que van desde el cold brew hasta el brunch, funcionan como un termómetro de la salud general del cuerpo léxico de una lengua.
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Desde hace poco más de un mes hay un anuncio en varios rompetráficos de la ciudad con la fotografía de Fonseca recortada en un fondo de color violeta degradado, de estilo futurista, en el que, además de símbolos musicales que flotan en la imagen, aparecen dos textos. El primero, ubicado en el margen superior izquierdo, dice: «Make a safety statement». El segundo, mucho más grande y situado sobre el pecho del cantante: “I don’t text and drive”. La palabra drive aparece resaltada en color azul y la frase culmina con la firma de Fonseca. Se trata de una campaña para generar conciencia vial promovida por las Naciones Unidas. En el cartel se lee: United Nations.

En principio, no hay nada de extraño en ello. Es normal que cientos de publicaciones nos impacten a diario en inglés. La gran mayoría en redes sociales.

Ahora bien, hace treinta y un años, cuando Fonseca aún tenía quince, se promulgaba la Ley 115, Ley General de Educación, que establecía la enseñanza obligatoria de lenguas extranjeras en la educación básica y media. Veinte años más tarde aparecía la Ley 1651, conocida como Ley de Bilingüismo, cuyo objetivo era promover el dominio de una segunda lengua. En la actualidad, según cifras del Departamento Nacional de Planeación (DNP), solo el 10 % de la población domina dicho idioma.

De ahí que uno se pregunte: ¿por qué Fonseca firma en inglés este anuncio? ¿No era más sencillo traducir la publicidad y decir: haz una afirmación segura, yo no escribo y manejo? Lo que resulta evidente es que el anuncio funciona como una ironía de la ley. Además de su ambigüedad. Deja excluida a una gran parte de la población y promueve una precarización de nuestro idioma a través de la usurpación del sentido. Y la publicidad de Fonseca no es el único ejemplo. Los anglicismos –otra moda lingüística contemporánea– que van desde el cold brew hasta el brunch, en sí mismos, no tienen nada moralmente reprochable. De hecho, funcionan como un termómetro de la salud general del cuerpo léxico de una lengua. La influencia, la apropiación y la modificación son características propias de una lengua viva. Este proceso también ocurre en sentido contrario. Basta pensar, por ejemplo, en el uso del latín dentro de la terminología jurídica. Los hablantes simplifican la lengua para facilitar la comunicación. 

Sin embargo, el riesgo reside precisamente en lo que advierte George Orwell en su ensayo Políticas y lengua inglesa: “lo que importa, ante todo, es que el sentido elija la palabra y no al revés”. La amenaza radica en la sobreutilización de extranjerismos para reemplazar palabras endémicas, sin saber lo que significan. En el caso concreto de la ley, esta imposición expone un desconocimiento de lo que realmente significa aprender una nueva lengua. Tomar la decisión de aprender un idioma significa tejer una prolífica relación con el mundo. Es darle paso a otra forma de entender nuestra existencia. Por el contrario, la Ley del Bilingüismo pone al idioma como una herramienta: lo pone a la par de un tornillo o una mesa. Por el contrario, este aprendizaje supone un vínculo cultural autónomo, en el que el futuro hablante habitará el universo simbólico que ese campo lingüístico le propone. 

En el fondo, lo que inquieta y horroriza es la fascinación por la moda y el estatus, y en esto las parodias de Open English son el mejor ejemplo: el aprendiz ridículo al estilo yes very well. La apuesta por el bilingüismo en Colombia ha contribuido a la creación de una caricatura, un globish, (especie de esperanto moderno) que desprecia y exilia la riqueza semántica y cultural de las palabras autóctonas, capaces de expresar mejor y con mayor asertividad que lo que “expresa” un anglicismo que en la mayoría de los casos la gente no entiende.

El anuncio de Fonseca puede interpretarse como una forma de cultura de la cancelación invertida, una versión actual de la nueva lengua de Orwell, a través de la cual no solo se pretende ocupar un sentido y volverlo perenne y hegemónico, sino instaurar, en el vértigo de cambios incesantes, (el lenguaje como moda) una totalización de modificaciones que terminan reducidas al absurdo y a la incomprensión. «I don’t text and drive«,  bien podría reemplazarse por: «I speak English not well.» A los efectos de la comprensión: ¿cuál sería la diferencia?

En definitiva, parece que el entendimiento ya no es una opción: es obligatorio seguir reduciendo el lenguaje hasta volverlo una ruina empobrecida y gobernable en la miseria del sentido. Destruir las palabras de la lengua materna es el comienzo de la decadencia del pensamiento, y este diálogo entre el personaje de 1984: Winston Smith, y el personaje de Open English, sentados en la parada de la buseta mientras Fonseca los observa, lo dice mejor:

¿No ves que el objetivo es estrechar el alcance del pensamiento?

–I not understand 

No te preocupa que habrá menos palabras, y el alcance de la conciencia será cada vez más pequeño.

–Sorry mai Spanish is not well

Silencio…

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  • Manizales, 1988. Administrador de empresas. Lector, caminante y librero en Refugio librería.

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