El niño y el abuelo
Jarol quería tanto a Iván que no imaginaba una vida sin él. “¿Qué voy a hacer yo, abuelito, si usted se me muere?”, le preguntaba al viejo tozudo que cojeaba por una lesión en la rodilla, pero que se negaba a consultar a un médico.
Gloria e Inés, la mamá y la abuela, mandaban al niño a que convenciera al abuelo de que bajara al pueblo para consultar y se tomara los medicamentos que le ayudaban a aliviar los dolores, porque sabían que el amor del abuelo hacia Jarol también era tan grande que lo escuchaba.
El niño, que era el primer nieto, se mudó a la casa de los abuelos con su mamá cuando apenas tenía tres años, pocos meses después de aquel 29 de julio de 1997, cuando fue asesinado Eladio Tabares, el papá, en una cantina del parque principal de Pueblorrico. Lo mató el dueño del bar en medio de una pelea que sostuvieron.
Iván e Inés los protegieron de la orfandad y les sirvieron de apoyo para superar la tristeza. El niño encontró en el abuelo una figura paterna y por eso —porque ya conocía la muerte y por quererlo tanto— no imaginaba vida alguna sin él.
Inés iba al pueblo con Jarol cada fin de semana. Él la acompañaba a comprar los alimentos que no les daba la finca donde vivían en La Pica. Al terminar las compras, la abuela llevaba al niño a una cafetería, le compraba un café con leche y un buñuelo. Jarol guardaba la mitad de la fritura para llevársela como regalo a Iván.
Jarol era muy detallista. Muchas tardes, regresando de la escuela, recogía flores en los jardines para dárselas a Gloria e Inés. El niño decía que cuando fuera grande iba a ser abogado y con la plata de su salario les iba a comprar vestidos, cosméticos, y a construir una casa grande para su mamá.
En La Pica, las familias Tamayo e Isaza Carmona eran vecinas. Jarol y Cristian, los más pequeños, además estudiaban en el mismo salón en la escuela, cursaban el segundo grado en el año 2000. Eran, por lo tanto, los mejores amigos. En la vereda pasaban las tardes en los tierreros pateando balones de fútbol y jugando con canicas, trompos, yoyos, pirinolas y con carritos de juguete que desplazaban sobre autopistas imaginarias.
Una tarde el abuelo le pidió a Jarol que suspendiera los juegos un rato y lo acompañara a cortar unos chamizos y a traer leña para el fogón. Mientras estuvieron juntos, el niño le insistió que fuera al médico, que se hiciera revisar los dolores y que se tomara las pastillas. Le habló varias veces de la muerte y le reiteró esa inquietud que tenía: “Si usted se muere, qué voy a hacer yo, abuelito”.
El viejo le decía que no se preocupara, que en caso de que eso pasara, la mamá y la abuela lo querían mucho y lo iban a cuidar. La escena, pocos días antes del asesinato de Jarol, se la contaba Iván a Inés cada vez que recordaba al niño. El viejo —que tampoco imaginaba la vida sin Jarol— creía que el niño presentía su destino.
***
Los dos campanarios de la catedral de Jericó, Antioquia, marcan el ritmo de la vida cotidiana de sus habitantes. Las agujas del reloj, en ángulo recto, señalan las nueve y treinta, los cobres retumban para anunciar la misa de diez. En los corredores del parque principal se mueven familias en dirección al atrio: mujeres maquilladas que usan vestidos, hombres de jeans, cabello peinado con gel y camisas sin arrugas; los bebés —que hoy serán bautizados— llevan ropas blancas en los brazos de sus padres.
Gloria Tamayo, con una chaqueta lila y un pantalón negro, ingresa al templo por una de las puertas laterales, alza la mano para saludar y se adentra por el corredor central hasta la primera banca, donde están Amalia, su primera nieta, y su hija Dayana Marín, de quince años.
Al finalizar la ceremonia, Gloria coordina el registro fotográfico del bautizo. Llama, ubica y organiza para lograr el mejor encuadre de la familia: ella, con Amalia en los brazos, su mamá Inés y los seis hijos, Katerine, Duván, Dayana, Juan Diego, Juan José y Nanllely.
—¿Por qué tan arreglada hoy? —le preguntan cuando salimos de la catedral y caminamos por el parque del pueblo.
—Por el bautizo de la niña —responde, orgullosa.
Es muy conocida en Jericó debido a su oficio: es una de las barrenderas del pueblito que, desde la canonización de Laura Montoya, la única santa colombiana, en diciembre del 2012, se convirtió en destino turístico obligatorio para los fieles católicos.
En la cafetería La Ceiba, a un costado del parque de Jericó, los invitados al bautizo de Amalia pedimos buñuelos, empanadas, pasteles de pollo, chorizos, almojábanas, pandequesos, café con leche y jugos. A ese lugar llega Jorge Arboleda.
Lo trae hasta aquí, más que el deseo de estar en el festejo, el de saludar a Gloria, la mamá de Jarol, quien fuera uno de sus amigos más cercanos de los primeros años de escuela, y escuchar los recuerdos que ella tiene de su hijo, de los hechos en los que el niño perdió la vida y conocer el documento de la Procuraduría del que me habló Argemira en Pueblorrico.
—Jorgito, como estás de pispo —le dice Gloria con una sonrisa cuando lo saluda.
—Ya tiene cara de hombre grande —dice Katerine, una de las hijas mayores—. ¡Cuánto tiempo sin vernos!
Gloria me había dicho días antes que el sábado 14 de diciembre no nos podía recibir porque era el bautizo de su nieta. Ansioso porque no quería dejar el encuentro con ella para enero, pensando en que antes de que se acabara el año quería al menos terminar la reportería del artículo breve que iba a escribir, le pregunté si ya tenía quién le tomara las fotos de la ceremonia, y dijo que no. Le propuse hacer de fotógrafo y ella aceptó entusiasmada. Me dijo que, entonces, por la tarde sacábamos el rato para conversar o que hablábamos temprano en la mañana del 15 de diciembre.
Al terminar el desayuno, Gloria nos propuso a Jorge y a mí ir a su casa en la tarde, después almorzar, para que hiciéramos la entrevista, y nos adelantó que Inés podía dar testimonio, que había escrito poemas que hablaban de Jarol. Inés, la mamá que toda la vida estuvo en casa cuidando a los hijos y al marido, bien pudo ser una reconocida humorista, poeta o trovadora: es el centro de atención de la reunión por sus chistes pasados de tono y sus versos improvisados.
“Venga, pues, hablemos”, dice Gloria al vernos aparecer en su casa, ubicada a los pies del cerro Cristo Redentor. La vivienda tiene un salón amplio y tres habitaciones en las que vive con sus hijos. En todas las paredes están colgadas imágenes de cristos, vírgenes y ángeles, pero es un retrato de Jarol el que sobresale en la decoración. Era un niño de cabello castaño, nariz fina, cejas delgadas y mirada dulce.
De ojos color miel
Con donaire de alegría
Trasegando por la casa
Iba siempre el nieto mío.
Es la primera estrofa que nos lee doña Inés de una colección de poemas que ha escrito sobre Jarol y que fueron reunidos en el libro El vuelo de los ángeles, publicado en Pueblorrico en el 2015 para conmemorar los tres lustros que habían pasado desde la masacre.
Miré la vida pasar
Con apacible dulzura
Y vi a mi nieto crecer
Bajo el manto de la luna.
Así lo arrullé con temple
Entre la finca y el pueblo
Y entre caricias y besos
Le sembré un amor materno.
—Jarol era muy inquieto —dice Jorge al escuchar la lectura de doña Inés.
—¿Verdad que sí? —pregunta Gloria—. ¿Cierto, Jorgito, que ese día, el del paseo, ustedes iban juntos?
—Sí, claro. Íbamos con mis hermanos, también estaba Cristian, el hijo de Mira, y yo. Nosotros tres éramos los mejores amiguitos de la vereda y estudiábamos juntos —responde Jorge.
—¡Ay sí! Mi niño era muy cercano al de Mira, como éramos vecinos, ellos se mantenían jugando juntos en esas fincas.
Gloria se casó con Eladio Tabares, el papá Jarol, el 19 de diciembre de 1992, cuando ella tenía 19 años y él 29. La pareja se fue a trabajar la tierra donde él había vivido toda la vida, en la vereda El Barcino. Exactamente un año después, el 17 de diciembre de 1993, nació Jarol.
Gloria recuerda que en tres días Jarol cumpliría 26 años, la misma edad que hoy tienen Jorge y Cristian. Que en ese último diciembre que pasaron juntos, el niño pidió como regalo de navidad una volqueta y un tractor de juguete. Luego hace un recuento de su vida, que ha sido una seguidilla de tragedias que hasta hoy no logra explicar cómo superó. “Serán los hijos”, comenta. El 29 de julio de 1997, cuando Eladio fue asesinado en el parque principal de Pueblorrico, Jarol, que tenía tres años, fue la energía de la que se sostuvo Gloria para recuperarse de la pena por la pérdida de su marido. “Tenía que seguir adelante por el niño”, nos dice.
Su deseo cuando enviudó era vivir en la misma finca de la vereda El Barcino donde llevaba la vida matrimonial, pero en cuestión de meses el grupo paramilitar que operaba en la zona asesinó a cinco de sus cuñados. A la fuerza le tocó irse a la casa de sus papás en La Pica, y reconoce que su apoyo fue esencial para tramitar el duelo.
Doña Inés cuenta que ella y su marido, Iván, los recibieron felices. Jarol en ese momento era el primer y único nieto, y sabían que la finca se inundaría de alegría con su presencia. La abuela dice que lo quería como una mamá y recuerda con nostalgia las flores que el niño le regalaba al llegar de la escuela y la relación tan profunda que entabló con el abuelo. Entonces busca otro fragmento de sus poemas y nos lee:
Amigo de la azalea
De tulipanes y de rosas
Con un juguete en la mano
Y de callar muchas cosas.
Hoy la fatiga del tiempo
Nos traduce en sus dulzuras
Y adivinará en cada instante
Sus sueños y locuras.
—Es que ni el niño imaginaba una vida sin el papito, ni el papito una vida si el niño —nos dice Gloria a Jorge y a mí—. Cuando murió Jarol, mi papá delante de nosotras se hacía el fuerte.
—Es que las mujeres y los hombres llevamos los duelos de forma muy distinta —comenta Inés—, pero varias veces lo encontré llorando en el cafetal.
—Así fue hasta que se murió hace diez años, en el 2009 —dice Gloria—. A él se lo llevó la tristeza.
El 17 de enero de 1999 nacieron los mellizos Duván y Katerine. Gloria cuenta que el nacimiento de los niños fue otro aliciente para superar el duelo por el asesinato de Eladio y que Jarol, con la noticia de que ella estaba en embarazo, se puso feliz porque por fin se le cumplía el anhelo de tener hermanos para jugar con ellos en la finca. “Cuando mataron al niño —explica Gloria— fue pensar en Duván y Katerine lo que me ayudó a no morirme de tristeza”.
—Gloria, ¿usted cree que se va a hacer justicia?… ¿Usted qué espera? —pregunta Jorge, quien en la tarde se ha limitado a escuchar.
—¡Ay mijo! —responde ella tras respirar profundo—. Que se aclare la verdad. Después de todo eso nos dejaron solos, nuestros hijos todavía nos duelen. Hoy todavía no sabemos por qué pasó, cómo lo hicieron, aquí no han venido a pedir perdón.
—¿Eso en qué puede ayudar, Gloria?
—Yo creo que me ayudaría a sacar una cosa que mantengo a diario por dentro —dice Inés mientras se toca el pecho.
—Es que esto está en la impunidad —responde Gloria—. Yo quiero que se aclare y que haya justicia, que algo así no se repita.
Gloria dice que tiene un escrito que relata todo lo sucedido el día de la tragedia. Trae de la habitación una caja en la que guarda recortes de prensa donde se registró el ataque, fotografías de Jarol y un documento con membrete de la Procuraduría General de la Nación, del que había hablado Argemira durante mi primer viaje a Pueblorrico. Es la sentencia disciplinaria en contra del sargento segundo Jorge Enrique Mina González y los cabos Ancízar López y Avilio Peña Tovar, por su responsabilidad en el asesinato de los seis niños y las heridas que les causaron a otros cuatro en la mañana del 15 de agosto del 2000.
—Vean, Camilo y Jorge, uno no se explica cómo es que en este documento está todo tan bien explicado, muestran la culpa de los soldados y no hay una condena judicial contra ellos —dice.

El Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar a mejor libro periodístico se entrega cada dos años. El comité evaluador de la edición 2025 estuvo conformado por Yolanda Reyes, Carmen Millán y Fernando Alonso Ramírez. El acta del jurado que premió el libro «Los niños de La Pica», de Camilo Castañeda Arboleda, señala lo siguiente: Rescatar del olvido la historia de seis niños asesinados por el Ejército en la vereda La Pica, en el municipio de Pueblorrico (Antioquia), en el año 2000, es solo uno de los méritos del libro Los niños de La Pica. Más allá de eso, la habilidad narrativa de Camilo Castañeda, su tesón para (perseguir) reconstruir la historia a partir de las voces de las familias, en los lugares en donde quisieron sepultarla para que nadie más hablara de ella; lo mismo que su capacidad para interpelar al poder sobre las razones de la impunidad campeante en este lamentable hecho, y su rigor ético a la hora de abordar a las fuentes, en un caso que entraña tanto dolor, se convierten en una lección de periodismo para la Memoria.
El mismo autor se cuestiona por las vidas de quienes hoy tendrían su edad, por la falta de atención del Estado a la salud mental de los sobrevivientes, de sus familias, de esos campesinos que vieron partir a sus hijos a un paseo de olla y los tuvieron que recibir destruidos, por lo que algunos llaman un error militar, pero otros más mencionan como una ejecución. Hoy esos colombianos humildes esperan que la justicia les pueda resarcir en algo su dolor, como parte del Macrocaso 07 de la Justicia Especial para la Paz, que investiga el Reclutamiento y utilización de niños, niñas y adolescentes en el conflicto armado. En un país con más de ocho millones de víctimas por la guerra que no termina, y que por momentos se exacerba para recordarnos que la barbarie no cesa, es un imperativo ético del periodismo impedir que el olvido se apodere de las historias de dolor que mantienen abiertas las heridas en comunidades. Además, es necesario asumir el papel que corresponde de ser caja de resonancia de las víctimas que aún no encuentran paz ni justicia. Eso es lo que Camilo Castañeda Arboleda logra con este libro, recordarnos a todos que hay muchas cuentas pendientes para con las víctimas del conflicto armado colombiano, y lo hace de manera dolorosa y magistral, porque al final abre espacios para la esperanza.
Los niños de La Pica
Camilo Castañeda Arboleda
Medellín
Septiembre de 2024.
184 páginas
ISBN: 9786287729162
El capítulo publicado corresponde a las páginas 71 a 79 de esta edición.