Humor con humor de muerto

26 de noviembre de 2025

Quien no soporta el humor es porque está a un paso de ser un fanático —o ya lo es—. Es muy irónico: los fanáticos suelen ser un chiste.
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El fin de semana pasado estuve en el club de lectura de Dato Literario, aquí en Manizales (sigan sus redes, inscríbanse al club). Nunca había estado en uno y por momentos sentí lo que se siente ser alguien leído. A diferencia de los talleres o de las presentaciones de libro, en los clubes la cercanía es mayor y el diálogo sobre los textos propios se hace por momentos estimulante. El escritor se expone —y, aquí entre nos, los lectores también—.

Leímos un par de cuentos que escribí. Uno de ellos, “Cicatrices en la espalda”, parte del libro De noche alumbran los huesos, suscitó una discusión que me ha tenido pensando (pensando es un decir, si puedo decir que pienso cuando me elevo mirando por la ventana). En el cuento, tres niños olvidados de Manizales solo encuentran en el cementerio un espacio “seguro” donde no los echen. Los niños se burlan de todo, de sus propias tragedias y hasta de los muertos: narran situaciones sórdidas (como violaciones, asesinatos, adicciones) con groserías y chistes. Al final del cuento se descubre una tragedia, pero no se las revelo para que vayan a leerlo —o por lo menos lo intenten—.

El cuento bebe de Víctor Gaviria y de su La vendedora de rosas o de su Pelaíto que no duró nada; historias del abandono de la niñez, largos padecimientos condensados en pocos años y formas de hablar desenvueltas y libres (algunos lo llaman “palabras malsonantes”, aunque, viéndolo bien, a mí la palabra “gonorrea” me suena muy bien). En estos trabajos el humor funciona como una especie de catalizador; hace que se estimule la lectura y que las historias trágicas tengan también —mejor o peor logradas— escenas e ironías que provoquen risas, si acaso carcajadas.

Una discusión giró en torno de hasta qué punto debería ser usado el humor para narrar historias tan difíciles, y tan reales (a veces toca hablar en serio del humor, ni modo; Cortázar dijo en su libro Clases de literatura en Berkley que no hay nada más terrible que hablar en serio del humor, porque si se habla del humor con humor este se “las ingenia para que uno diga cosas que no son las que quiere decir”). Cortázar usaba en sus clases una metáfora, la del túnel: el humor al tiempo que destruye, construye; con el mismo material sacado de las montañas se elabora el túnel por el que antes no era posible pasar.

Una cosa es el chiste por el chiste y otra cosa es el chiste con crítica social, que en últimas es lo que Cortázar llama el “humor”. Para él, tiene la función de “desacralizar”, quitarle el velo de sagrado a las cosas, que al final no lo son tanto, como “echar hacia abajo una cierta importancia de todos los pedestales” o, lo que es lo mismo, burlarse de “las palabras con mayúscula”. Con el humor se puede narrar sobre los calzoncillos del sacerdote o sobre el botón a punto de reventarse del político de turno. La lectora se queda con una imagen trágica y cómica de la realidad: por debajo de la risa y del absurdo, no obstante, subyace la problemática social a la que pocos resultan ajenos.

Una de las lecturas que por lo general no soporta el humor es la academicista (academicismo: dícese del pedestal que el mismo académico se labra). No soporta incluso el estilo. En su afán de encontrar palabras más “neutrales” o palabras más “cosmopolitas”, la gracia es censurable y censurada. Como el policía que no dice “perro” sino “canino”, o que prefiere el “equino” al “caballo”, así el academicismo propondría —con su modesta sugerencia— no hablar de “pobre” sino de “humano en condición económicamente vulnerable”.

Entendería que a alguien no le guste el humor. Sin embargo sospecho que, en muchos de los casos, quien critica un cuento con humor solo tiene una mala comprensión lectora —“humano en condición literariamente limitada”—. Así y todo, es cierto que en este momento es poco el espacio para el humor en la literatura contemporánea, más comprometida con reivindicaciones políticas (las reivindicaciones suelen ser muy solemnes, hasta este intento de reivindicación del humor) que con la gracia en el lenguaje. También parece cierto que quien no soporta el humor es porque está a un paso de ser un fanático —o ya lo es—. Es muy irónico: los fanáticos suelen ser un chiste.

Supongo que algo parecido sucede en el periodismo. Este año no se otorgaron premios en la categoría Humor de los Premios Simón Bolívar. Fueron declarados desiertos por el jurado en texto y video, mientras que en audio no hubo postulaciones. Me llamó la atención que el presidente del jurado, el gran cronista José Navia Lame, no hubiera mencionado esto en su discurso, posiblemente porque no hace falta redundar en algo que ya está muerto.

A juzgar por lo que ha ocurrido en los últimos años, esta categoría está de capa caída, con muchos premios declarados desiertos y con la figura de Daniel Samper Ospina como gran ganador. Aunque el victorioso el año pasado en la categoría de texto fue un acabado sarcasmo sobre el poeta exfiscal de dos maestrías Francisco Barbosa (La novela del fiscal (a manera de reseña)). Por ahí puede haber un respiro para el humor en el periodismo colombiano. Premio para el que primero se escriba un texto sarcástico de las excelentísimas novelas del atigrado Abelardo De La Espriella —y que comience diciendo: “El tigre no es como lo pintan”—.

Ahora, en Colombia, el lugar para la risa está en la comedia —brillan los flashes del humor negro de Perros Criollos o de Fucks News, formatos más elaborados que Sábados Felices, con licencia para ser burdos y con algo más de crítica social—; el periodismo se volvió un señor demasiado serio; las caricaturas son la mancha en la corbata. Quizás es el academicismo, quizás esta realidad es muy trágica como para hacer chistes, o a las audiencias ya no les gusta el humor (porque el humor también les señala las manchas en la camisa, como lo hacía Jaime Garzón), o más bien los periodistas serios no tienen mucho tiempo para pensar en bobadas. O todo junto. O a lo mejor somos lo suficientemente inmaduros para no burlarnos de nosotros mismos —inmaduros no, perdón, “humanos en condición de colombianidad estrecha”—.

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  • Manizales, 1993. Es escritor, editor, periodista y politólogo. Autor de los libros ‘Donde el eco dijo’, ‘De noche alumbran los huesos’ y ‘Como un volcán entre los huesos’. Ha publicado textos de periodismo narrativo en revistas como El Malpensante, Vorágine, Universo Centro, Late, Literariedad, La Cola de Rata, entre otros. Algunos de sus textos de ficción han recibido reconocimientos. Trabaja como editor en Jaravela Editores.

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