1. Previa
En la noche del jueves 11 de junio, el Estadio Azteca desprendió sus luces sobre la colonia Santa Úrsula y se convirtió en el centro de todo. Era el inicio del Mundial de fútbol 2026, y la apertura a una celebración esperada cada cuatro años estuvo a cargo de México y Sudáfrica, las primeras selecciones en pisar el césped, escuchar sus himnos y convocar las voces en eco de los fanáticos.
Hasta el 19 de julio se jugó el torneo deportivo, y una final entre Argentina y España cerró más de un mes de pensar en un tiempo esférico, plagado de superestrellas provenientes de las diversas ligas del planeta. 48 selecciones anhelaron el último partido de los 104 disputados y repartidos en las tres sedes: México, Canadá y Estados Unidos.
Hubo una segunda copa para España, la última contienda de Messi, Cristiano y Modrić, conciertos de medio tiempo con Shakira, Madona, Gustavo Dudamel y los Muppets.
Hubo banderas de Palestina ondeadas como apoyo, pancartas por las islas Malvinas, tarjetas rojas retiradas luego de una llamada de Donald Trump.



Hubo requisas en migración de Estados Unidos a los jugadores de equipos del Oriente Medio y África, visas negadas a integrantes de la selección de Irán, que debió tomar como sede Tijuana si quería estar cerca de Los Ángeles y Seattle, donde jugó sus partidos de fase de grupos y no pudo alojarse.
Pero antes de esa noche del 11 de junio, en los caminos sin publicidad, se convocó a la Mega Reta Anti FIFA. El balón con una X sobre las siglas de la poderosa federación rodó por la Ciudad de México. En la mañana, el silbato dio inicio a las cascaritas o recochas, convocadas por diversos colectivos de resistencia.
Contra “el mundial del despojo”, la gentrificación, el desalojo de viviendas.
En apoyo a las familias buscadoras, que prendieron el fuego de la Marcha de las antorchas, la conmemoración del llamado Halconazo de 1971, y exigieron por los más de 130 mil desaparecidos en México. Fue un recorrido nocturno hacia el Azteca por la calzada Tlalpan, hacia la llamada última milla en la estación Textitlán del tren ligero. 1.5 kilómetros es la distancia entre este punto y el estadio, al cual sólo entrarían quienes tuvieran el boleto o permiso oficial. Nadie más podía. Ese era el mensaje de los antimotines o granaderos.
A unas horas del México contra Sudáfrica, la reta antififa y sus goles, batucadas, saxofones, banderas de Palestina, mantas con fotografías de personas desaparecidas: “Santa Úrsula, líbranos del mundial”, “México campeón en desaparición”.


2. Primer tiempo
“¡La pelota vuelve a casa!” Alma Meneses lo dudó. Volvió a México, sí, pero no a casa.
La conversación era sobre el mundial. Estábamos en su departamento de la colonia Vértiz Narvarte, y pronto tomaríamos ruta hacia el Bosque de Chapultepec para escuchar el concierto de Xarab.
Era 18 de junio, el segundo partido de México en la fase de grupos. Venía de ganarle a Sudáfrica y en la tarde enfrentaría a la selección de Corea del Sur en el Azteca.
En publicaciones en plataformas sociales, la rivalidad se presentaba amistosa. Mexicanos y coreanos compartieron palabras, intercambiaban camisetas, se lanzaban hacia los cielos gracias a una catapulta humana en forma de celebración, bailaban norteñas o K-pop. México tiene una amistad con el oriente, y en el mundial se hizo evidente. Se anhelaba ver un partido de Japón o Corea, a los países árabes y africanos en semifinales, con sus banderas extendidas. Se anhelaba un campeón no tradicional, y en el fondo de las promesas, la imagen cautivante de Earling Haaland. Quizá Noruega fue el único europeo que animó la sensación de una final distinta.

Alma, una abogada con trayectoria en temas de derechos humanos, creció en Azcapotzalco, en el norte de la Ciudad de México. En sus calles vivió y quiso el fútbol.
— Me pregunto si realmente era como lo planteaba el gobierno, porque la pelota no vuelve hacia su verdadera casa, que es lo popular, la familia, el barrio, y al poner esos precios, se hace una segmentación de esa pelota y del juego.
Con este Mundial 2026, en México se han jugado tres torneos de la misma dimensión, por eso se dijo “¡La pelota vuelve a casa!”. El recordatorio fue publicidad en estaciones del metro, en fachadas de edificios, en columnas de puentes peatonales.
— Las personas con acceso a todo el mundial tienen un capital económico que les permite acceder a la renta de los canales de televisión, a pagar entradas. Eso genera segmentación, y no todos alcanzan a dimensionar la separación en torno al poder adquisitivo, reforzado por el tema del mundial, el desplazamiento en barrios, las viviendas Airbnb, la gentrificación.

Antes del primer partido el 11 de junio, las boletas se ofrecieron a precios desbordados. Álvaro Piñeirua, periodista deportivo, publicó un ejercicio de comparación en la oportunidad de compra de un boleto en México 70, 86 y 2026: “En 1970 y 1986, bastó uno o dos días de salario para vivir un Mundial desde la grada; en 2026, en cambio, se necesitarían meses -e incluso años- de ingresos para aspirar a una entrada”.
En su análisis, Piñeirua se refirió al tiempo gastado y la capacidad de adquisición al hacerse con un boleto.
En el mundial 1970, el de Pelé y la tercera copa de Brasil, el primero transmitido a color, la entrada podía costar entre 30 y 80 pesos mexicanos del momento. Es decir, la garantía de ver dos películas en un cine de barrio. Era el rango del salario mínimo diario, 32 pesos: “El futbol más grande del planeta siguió siendo un espectáculo popular, cercano y humano”.
En 1986, la segunda copa de Argentina en una final, la imagen de la ‘Mano de Dios’ de Maradona ante Inglaterra, el mundial después del terremoto de 1985 y antes del cambio al nuevo peso en 1993, la FIFA decidió vender los boletos en paquetes. Los 13 juegos en la Ciudad de México, de fase de grupos a la final, costaron entre 8125 a 135000 pesos mexicanos. Cada contienda, del paquete más barato, tuvo un costo de 625 pesos, lo cual era menor al salario mínimo diario del momento: 1474 pesos.

Cuarenta años después, contemplar el partido inicial en el Azteca desde la banca más económica costaba 7000 pesos mexicanos, 22 días del salario mínimo. Y si fue en reventa, el boleto más caro sobrepasó el millón de pesos, cantidad ahorrada por un trabajador en tres años si ganara un salario mínimo diario: 315 pesos: “El Mundial seguía en México, pero para la mayoría de los mexicanos solo existía en una pantalla”.
Cuando escribo “fútbol” hay una tilde sobre la “u”. Es palabra grave. Con Alma no es igual, pues mi fútbol es su futbol, una palabra aguda que no termina en n, s o vocal. La diferencia puede indicar hacia dónde se dirigen amores y odios. En mi caso es la selección Colombia. Su primer partido fue contra Uzbequistán, el 17 de junio en el Azteca; el segundo, contra Congo, el 23 de junio en el Estadio Akron o Estadio Guadalajara. Esos dos encuentros fueron atestiguados, desde la misma clasificación de gradas, por amigos colombianos.
Juan, cartagenero, ingeniero de sistemas, con residencia en México, pagó 15 mil pesos mexicanos, 860 dólares, por un lugar general en el partido contra Uzbequistán. Carlos, comunicador social, viajó desde Pereira y pagó la misma cantidad, tal vez un poco más, por su acceso al partido contra Congo. Sólo fue la entrada al estadio, sin sumar el dinero necesitado en su estadía.


En la estación Taxqueña del metro, un fanático de Colombia, investido con la camiseta de Rusia 2018, intentó compartir la felicidad que le embriagaba al apoyar a su selección en el mundial. Estaría con la gran hinchada en un estadio, ahí, a unos metros de las estrellas en el césped. “Vivir un mundial”, enfatizó, porque se jugó cerca de su país.
Aunque estar ahí significó ahorrar o pedir un crédito. Estar ahí, quizá en familia, quizá con los amigos. Valió la pena, han dicho muchos. Otros, ni siquiera imaginaron la boleta más barata, sólo quedaba ser testigo por medio de las transmisiones televisivas.
En nuestra charla, Alma compartió una historia de Instagram de la filósofa Dany Ayala, @deaflourishment. Su mensaje invitaba a pensar otras maneras del fútbol: “Creo que la pregunta no es si debemos o no apoyar el mundial. Vamos más lejos: cómo reapropiarnos de formas donde el juego, la fiesta y el encuentro no dependan de la lógica de la FIFA”.

3. Medio tiempo
La entrada principal del Bosque de Chapultepec está custodiada por dos leones de bronce gigantes. Cuando las rejas del inmenso jardín de Ciudad de México se abren, aparece un largo camino cuyo punto en el horizonte es el mausoleo Altar de la Patria, también conocido como el monumento a los Niños Héroes. En los costados de esa ruta directa se levantaron las carpas que exponían la música, gastronomía y postales turísticas de los países participantes del mundial. Era una geografía imaginada bajo el título de Aldea Global, uno de los eventos destinados a fomentar la contienda futbolera.
Alma se desplazaba por esa geografía, evadiendo todo olor o acento de latitudes diversas, superando a las personas aglomeradas en cada país, anhelantes de los sellos en su librito tipo pasaporte, un pasaporte Aldea Global, pues había la promesa de un premio al obtenerlos todos.
Alma sólo quería llegar al escenario musical, cerca del mausoleo.
— En esta tierra hay una razón para vivir —introducía al concierto Daniela Olmedo, vihuela y voz —. En esta tierra, la dama de todas las tierras. El inicio de la madre tierra de todos los finales se le conocía como Palestina, se le conocía como México, siempre se le reconocerá como Palestina. Mi tierra, mi dama, somos una razón para vivir. Palestina libre.

El mensaje llegó a los asistentes, orgullosos de lucir la camiseta de la selección mexicana en el día del segundo partido. En la tarima, Hasan Alí invocó los sonidos árabes con su canto. Bailó cada canción, incluso aquellas en español como el Fandanguito con décimas de Arcadio Hidalgo, un arreglo de los versos del famoso músico jarocho. Hasan desprendió sus movimientos de súper estrella.
No obstante, a pesar de la entrega evidente del showman del grupo Xarab, Alma se dedicó a registrar al violinista, Madison Ree Koen, músico originario de Texas y su compañero de vida. Con la cámara del celular no perdía ninguna de sus intervenciones. A ambos les conocí a través del Fandango Fronterizo, evento anual de música de son jarocho realizado en Tijuana, frente al muro impuesto como límite entre México y Estados Unidos.
Luego del concierto, pude conocer a los demás integrantes de Xarab. Días después conversé con Joel Olmedo, ‘ud, voz y dirección.
— Con la música árabe encontramos una cercanía fuerte, y más en lo político. La retomamos por lo sucedido con Palestina. Antes tocaba música de oriente medio, del levante, del mediterráneo como una forma de vivir, tocar porque me gusta y puedo, pero a raíz de lo de Palestina me pareció mucho más importante hacer visibles esas músicas.


Xarab es el encuentro semántico de dos palabras: sharab, cuya traducción en español es brebaje curativo, y jarabe, que es un brebaje curativo y también un género musical y de la danza en México.
En este proyecto Joel comparte con sus hermanos Daniela y Axel. Los tres son parte de una familia de músicos. El grupo se conformó en 2014, y en 2025 se integró Hasan, amante del fútbol y quien fuera un jugador en potencia en Gaza, la ciudad donde creció.
En la Ciudad de México del mundial, la plataforma DocsMX presentó Más allá del balón, un concurso de cortometrajes producidos en 10 días. Participaron 100 equipos, y en uno de estos Xarab hizo parte de la musicalización. Fue en El muchacho que soñó con un gol del cineasta Aldo Sotelo Lázaro, pieza audiovisual compuesta por tres historias palestinas.
— Se supone que no debería jugar fútbol. Recibí un disparo en la pierna de un soldado israelí y perdí la mitad de mi músculo —dice Hasan en el documental. Lo dice mientras pasan escenas de su vida, mientras corta el cabello a una persona, mientras juega una reta en una calle, mientras contempla el Azteca a lo lejos, mientras la cámara muestra su pantorrilla derecha y aparece la intromisión en la carne, la herida cicatrizada en un caos—. Debido a la guerra, debido al genocidio, debido a todo lo que Israel nos ha hecho durante cien años no podemos participar en el mundial, y no podemos jugar al fútbol como el resto del mundo, simplemente no podemos. Las cosas que están al alcance de todos en el mundo, nosotros no las tenemos.
Joel, quien parecía no querer omitir ninguna letra de sus palabras, dijo que Aldo conoció a Hasan en reuniones con el grupo, mientras planeaban la musicalización del cortometraje, y decidió incluir su historia en la pieza audiovisual.

Además de integrar Xarab, Joel hace parte de la Brigada de Acción Mitotera, o la BAM, un colectivo compuesto hace más diez años, cruzado por músicos de diferentes geografías, aves migratorias llegadas a México desde Chile, Colombia, Argentina o Brasil; llegan por una estancia, dejan sus sonidos y toman vuelo en retorno.
Mantener la BAM ha sido difícil, sus integrantes nunca son los mismos, aunque la postura fundacional permanece. La música interpretada son adaptaciones de temas populares latinoamericanos. Temas acentuados por un enfoque político. La brigada ha sido manifestación sonora en las marchas por la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa, también contra el desalojo de espacios okupa como la cafetería La Caracola y Chanti Ollin, un centro cultural iniciado en 2002 en un edificio abandonado, tomado por integrantes del Movimiento en Pro de la Educación Gratuita.
— Venimos acompañando diferentes procesos, y hemos participado en diferentes luchas en Ciudad de México, pero también en Oaxaca, Morelia, Cuernavaca. A raíz de eso, tuvimos la propuesta de sumarnos a este momento histórico del tema del mundial con una manifestación pacífica en la inauguración.
En el inicio del mundial, la BAM se presentó en una reta antififa con sus pasamontañas alucinantes, con sus acordeones, saxofones, clarinetes y percusiones, con sus voces ascendentes. Se integró a los grupos de búsqueda de personas desaparecidas, a los colectivos de apoyo y a las voces a favor de Palestina. Cumbia, Violeta Parra, Víctor Jara, consignas de las luchas sociales. La BAM fue la música de todos.

4. Segundo tiempo
El miércoles 17 de junio, las camisetas amarillas aparecieron en todas las esquinas. Colombia jugaba su partido de inicio contra Uzbequistán, una selección proveniente de Asia Central y con el mismísimo defensa italiano Fabio Cannavaro como director técnico.
En los vagones del metro de la línea azul, ruta hacia el Estadio Azteca sobre la calzada Tlalpan, se escucharon cánticos de apoyo. Los acentos colombianos cruzaron las conversaciones como si fueran la cotidianidad de la ciudad.
Varios medios aseguraron que “el país cafetalero” se tomó México. Incluso, horas antes del partido, la glorieta de la Avenida Reforma donde el Ángel de la Independencia se levanta como postal turística necesaria o lugar icónico de celebración, conmemoración o protesta en México, fue un nodo de encuentro por esa primera contienda.
Los colombianos llegaron hasta la estación Taxqueña de la línea azul del metro. Cantaron, alentaron a su equipo, lucieron la melena del Pibe Valderrama, saltaron de emoción al bajar de los vagones y pasar los torniquetes; tocaron sus tambores de júbilo al seguir las órdenes de los policías que les guiaron hacia la entrada al tren ligero, medio de transporte final hasta la llamada última milla.
Los colombianos ondearon su bandera, se amontonaron en las puertas de acceso, mostraron su boleto FIFA, una imagen digital guardada en sus celulares.

— Sólo pueden pasar si tienen boleto —gritó uno de los policías para que su voz alcanzara al último en la fila sin orden. Hasta el inicio del partido, nadie más podía abordar, ni siquiera quienes viven o trabajan cerca del Azteca.
Muchos residentes de la zona buscaron otras maneras de terminar su viaje. En Tlalpan hubo cierres viales, y debieron tomar rutas alternas y abordar los colectivos o combis estacionados en los alrededores.
En algún momento de la tarde, un grupo de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) intentó entrar a Taxqueña. Los policías cerraron las rejas de la estación y les impidieron el paso. No había otra manera de estar cerca sin ser detenido en los cordones de seguridad. La única opción era buscar vías alternas por medio de colonias aledañas.
Traté de acercarme, y alcancé a ver el Azteca, las filas difuminadas en amarillo a lo lejos, los cotejitos o retas de aficionados cerca de un puente peatonal; las familias, los amigos, la hinchada coreando sus apoyos. Hubo cumbia y salsa por parte de un grupo de danza, música de feria con bailes de máscaras. Muy cerca, son jarocho y zapateado, norteños y botas texanas. En medio de las banderas colombianas, se alzaron dos o tres de Uzbequistán.
Aunque el partido, jugado en la noche, lo vi en el FIFA Fan Fest, una instalación tipo centro de convenciones levantada en el Zócalo, de acceso gratuito, a una hora y media en auto del Azteca, con puntos de venta oficiales de la FIFA, Coca Cola y Lego; con puestos de cerveza y comida rápida, con la monumental pantalla y un par de presentadores en tarima que parecían sacados de un programa matutino de entrevistas.
Colombia ganó. En la glorieta del Ángel de la Independencia, por lo menos 10 mil personas celebraron hasta agotar la noche, bajo la lluvia permanente.

Un día después, el 18 de junio, dejaba a Alma y Madison al terminar el concierto de Xarab y desprendí los pasos por Reforma. La avenida era una iniciación a las celebraciones en la noche si México le ganaba a Corea del Sur en su segundo partido. Era el día de los anfitriones, las camisetas verdes. En la glorieta, frente a una gran pantalla, los aficionados esperaban el partido. No paraban de llegar, parecían acudir a un llamado urgente. En un costado, las madres buscadoras marchaban, cubiertas por capas rosas porque la llovizna caía.
“Voces de la ausencia. Hasta encontrarlas. Justicia y verdad”, era el mensaje en la lona que sostenían, con fotografías de cuatro jóvenes. Mensaje que replicaban por los megáfonos, sus voces perdidas en el ruido de la festividad del juego.
Una semana atrás, en la celebración de la victoria de México en el partido inaugural, algunos aficionados tomaron sin permiso las lonas de los colectivos de búsqueda, extendidas sobre las escalinatas de la glorieta, y las usaron para cubrirse de la lluvia.
La situación fue difundida por plataformas sociales, y se identificaron a tres jóvenes que agredieron a un periodista e insultaron a las activistas. Las críticas emergieron y hubo apoyos constantes, pero el día del juego de México contra Corea del Sur, cuando las madres buscadoras pasaban por un costado de la glorieta, pocos se detuvieron a escuchar sus manifiestos. El grupo parecía desaparecer en la multitud, ahogado por el ruido del mundial.
La avenida Reforma fue una mancha verde. Había retas improvisadas, ebrios sin sentido de la orientación, cantos desbordados, el México lindo y querido, el Cielito lindo. En las calles cercanas al Palacio de Bellas Artes, otra gran pantalla. Un voceador del gobierno advertía sobre lo imposible de acceder al FIFA Fan Fest del Zócalo. No había cómo llegar, pero sí había otras pantallas en otros puntos del Centro Histórico de la ciudad.

México ganó, y más de 400 mil personas celebraron en la glorieta del Ángel. Al día siguiente, los medios anunciaron destrozos en los espacios públicos, la recolección de más de 40 toneladas de basura. Y cuando la selección aseguró el pase a octavos de final en una victoria sobre Ecuador el 30 de junio, se confirmó la muerte de cuatro personas entre el júbilo, tres de ellas por asfixia.
5. Prórroga
República de Cuba está en el Centro Histórico. La calle, a unas cuadras del Zócalo, cruza la Plaza Santo Domingo y es una composición de locales comerciales, librerías, restaurantes, taquerías, bares y vecindades establecidas hace más de cinco décadas al interior de varios edificios.
— Desafortunadamente a nosotros nos desalojaron —dijo Angélica Gómez mientras conversábamos en el campamento de resistencia, hecho con lonas de plástico sobre la calle de Cuba y el callejón 57—. Fue un desalojo forzoso, un fraude inmobiliario.
Hace casi un año, los residentes del edificio marcado con la dirección Cuba 11 observaron cómo un grupo de personas y policías de la Secretaría de Seguridad Ciudadana irrumpió en su privacidad, tumbaron puertas y entraron a sus hogares sin medir palabra alguna. En la calle dejaron muebles, electrodomésticos, ropa, colchones, cuadros, fotografías familiares. Toda una vida ahí, en medio del día a día de la Ciudad de México.
19 familias y 8 comercios bajo el despojo, sin explicaciones.

La situación inició en 1992. Tras la muerte de quien fuera el dueño del edificio, los inquilinos empezaron a pagar la renta a una inmobiliaria que desapareció de un momento a otro, provocando la expropiación del inmueble y luego un contrato de compraventa, hace cuatro años. Fue un cambio sin ser anunciado. Nadie se enteró, y según indicios de los vecinos, en su hogar quieren construir departamentos de lujo.
El domingo 21 de junio, Madison me acompañó al campamento de resistencia de Cuba 11. Ese día, el colectivo Asamblea Antimundialista había convocado una segunda reta antififa con los inquilinos como una manera de manifestarse. Era una fecha del mundial con cuatro partidos de grupo jugados en Estados Unidos y Canadá. Era una fecha de resultados en los comicios de la segunda vuelta por la presidencia de Colombia. El candidato de la ultra derecha, Abelardo de la Espriella, ganó por la mínima a Iván Cepeda, y la mayoría de los votantes colombianos residentes en México se alegraron porque “el comunismo no triunfó” y dijeron “firmes por la patria” mientras hacían saludo militar y usaban la camiseta de la selección.
— El centro es un punto de gentrificación desde hace unos 25 años —dijo Angélica —, y se debe a un plan de embellecimiento. Antes estas calles eran muy del barrio, pero cuando empezaron a adoquinar, a poner cámaras, luces, empezó más fuerte. En las calles aledañas han puesto bares, y los bares crean turistificación. Eso hace que haya más gente y que los edificios históricos como el nuestro los quieran arreglar y rentarlos más caros, que sean para Airbnb u otras plataformas para personas que puedan pagar mucho más.


Mientras nos platicaba de su compañera gata y de la renta obligada de un apartamento en otro lado, muy lejos de Cuba 11, Angélica nos invitó a jugar la cascarita con la Asamblea Antimundialista, una de las actividades de integración más utilizadas al tratar de “visibilizar” las situaciones acontecidas.
Cascarita o reta o recocha en las calles. Ante la FIFA, “reivindicar que el futbol está chido, pero de otra manera”, fue la postura de Angélica previo al primer encuentro pactado entre DesplazHadas y Gentrificadas.
Alrededor de una mesa, varias jóvenes hacían máscaras de cartulina con la cara caricaturizada de César Cravioto Romero, Secretario de Gobernación de la ciudad. Un día antes del inicio del mundial, funcionarios de su dependencia quitaron el Antimural, una obra hecha en una lona y colgada en la colonia Santa Úrsula, donde el Estadio Azteca surge como un gigante rodeado de pequeñas casas.
Lágrimas, diseñadora de menos de 25 años, integrante de la Asamblea, quien decidió mantenerse en anonimato, dijo que hubo un acuerdo con Cravioto en una reunión para respetar el Antimural. Sin embargo, el acuerdo no se cumplió y la lona fue decomisada.

— Hicimos un antimural porque el gobierno y la FIFA hicieron un mural en un jardín de lluvia y no nos pareció correcto. Ese antimural era una forma de decir aquí estamos, es un trabajo con infancias, personas de la tercera edad, vecinas de ese territorio y que sí lo representan. El mural dice “Fuera FIFA” y creo que eso no les gustó.
En el momento que daba algunas sugerencias sobre la pinta de la cancha en el callejón 57, Lágrimas aseguró que el colectivo al cual pertenece no “odia” el fútbol, tampoco a sus aficionados, pero sí están en contra de la “mercantilización” del deporte.
La Asamblea Antimundialista surgió en noviembre de 2025, poco a poco, en la tenacidad, a raíz de una invitación por parte de habitantes de Santa Úrsula para intervenir murales de Coca Cola con el tema del mundial. Su base fueron varios grupos cuya principal preocupación es la gentrificación; grupos con un trabajo de más de cinco años en varias delegaciones o zonas de Ciudad de México.
— Nos conformamos como una asamblea de distintos colectivos, principalmente en el sur de la ciudad, y hemos estado viendo desde el año pasado los efectos del mundial.
En el mismo origen de la Asamblea se jugaron las primeras retas. Una manera de protestar en los espacios públicos desde el “gozo y la alegría”.

— También como manera de recuperar el futbol, que nos encanta. Muchos de nosotros no habíamos jugado hasta esta oportunidad del mundial, y en paralelo empezamos a hacer protestas contra la turistificación.
Lágrimas proviene del Frente Antigentrificación, y su preocupación por el desplazamiento de las personas originarias de un barrio o colonia se dio en Coyoacán, donde vive. Este es uno de los espacios turísticos de Ciudad de México más mediatizados. Allí está el Museo Casa azul de Frida Khalo, el Museo Casa León Trotsky, el Museo Anahuacalli. Allí hay cafés, heladerías, mercados de artesanías, calles empedradas, parques con fuentes, viveros, iglesias coloniales. En Coyoacán el turismo ha traído el aumento de las rentas, de los productos básicos, de la alimentación.
Por ello la continua preocupación por el encarecimiento de la vida y transformación de los espacios a partir del mundial. Pero las retas antififa también han estado presentes en otras luchas, nos dijo Lágrimas. Incluso, varios grupos de resistencia las han integrado en sus actividades. Los sindicatos de trabajadores, las madres buscadoras, por ejemplo, buscan ampliar su mensaje por medio del fútbol en la calle.
— Llevamos preparándonos varios meses. Hemos hecho hasta megaretas, ocupando el espacio público a modo de visibilizar y boicotear la experiencia de la FIFA en el FanFest, en los estadios.
Así, en el callejón 57, las integrantes de los equipos DesplazHadas y Gentrificadas saltaron a la cancha improvisada cuando Lágrimas les convocó con un megáfono.

Cancha pintada sobre el asfalto, con la bandera de Palestina y mensajes antififa en las lonas del campamento de resistencia:
“FIFA go home”, “Mundial de los desalojos”, “Ni gente sin casa, ni casas sin gentes”, “¡Futbol sí, FIFA y Mundial no!”.
Cancha para la fotografía oficial de los equipos, y en cuyo centro pusieron uno de los tres balones de las retas, aquel investido con una máscara de Donald Trump.
Cancha para invitar a los transeúntes a jugar una cascarita, a escuchar la emisora de la Asamblea Antimundialista, a dialogar acerca del desalojo y la gentrificación.
Al fondo se oyen canciones de Queen. Un grupo de adolescentes de vecindades contiguas ensayaba una coreografía siguiendo el ritmo de Under Pressure.
Al doblar la esquina, una patrulla de la Policía.

Varias personas se acercaban, curiosas, atentas. Miraban una que otra magia futbolera surgida en los pies de las jugadoras. A veces se quedaban buen tiempo y hacían uno que otro comentario de experto, la mayoría seguía su camino, la mayoría lucía la camiseta de la selección mexicana.
— No le teman a la pelota. Teman a la gentrificación —decía Lágrimas a través del megáfono, mientras dibujaba con su narración las jugadas fenomenales, los vuelos impensados de las porteras, los goles desafiantes de la física, mientras lanzaba mensajes contra la FIFA y criticaba los desalojos y el encarecimiento de la vivienda.
Todo en la calle, lejos de los estadios, en el fútbol de las esquinas de Ciudad de México.