Sopa de lentejas a tres pesos

La confusión reinaba. Hubo tensión. Abelardo alzó la mirada, buscó a una mesera, la llamó y ella de inmediato se acercó a la mesa. Abelardo y Wilmar le comentaron la situación. Por decencia, suspendí las lentejas y presté atención.
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“¿Almuercito, o qué…?”, preguntó Wilmar cuando entrábamos en Santa Rosa de Cabal, un municipio de Risaralda, ubicado a 30 minutos de Pereira.

Quienes lo acompañábamos asentimos sin vacilar, a lo que Wilmar respondió indicando el restaurante, un típico lugar muy cerca de la plaza de las Araucarias: “allí hay unos muy buenos fríjoles. Charlamos y después nos vamos para la conferencia”, apuntó.

Llegamos a Santa Rosa de Cabal para escuchar a Albalucía Ángel, la autora de: Los Girasoles en Invierno, de 1970; Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, de 1975; Misia Señora, de 1982; y Las Andariegas, de 1984, por citar algunas de sus novelas. Se trata de una de las escritoras más destacadas de la región cafetera, representante del talento de la mujer colombiana y que, por motivos personales, decidió abandonar Pereira, jurando no volver. Después de tantos años escuchar a Albalucía era un privilegio personal y la oportunidad de indagar sobre su trayectoria como escritora y su vida.

En ese conversatorio, Juliana Javierre Londoño, autora de Siete Veces Lucía y Plaga, interrumpe sus estudios de doctorado en literatura en Houston, Texas, Estados Unidos para acompañar a Albalucía

El encuentro, además, sería la antesala a la décimo segunda versión de la Feria del Libro de Pereira, que se llevará a cabo del 30 de septiembre al 4 de octubre en Expofuturo.

Era un sábado, las manecillas indicaban que era la una de la tarde y el día estaba perfecto: sol, algo de brisa suave y ya venía el almuerzo.

Dejamos el carro en el parqueadero y caminamos sin afán hasta el lugar. El restaurante, es una casa tradicional amplia de dos pisos, con escalas largas de madera, mesas para ocho o diez personas, decorado con objetos antiguos, varios pianos de pared de inicios del siglo pasado y meseros elegantes con camisa blanca de puño que siempre están buen presentados. El sitio se está convirtiendo en un lugar de paso obligatorio para los visitantes, quienes, cada día más, buscan disfrutar de su sazón.

Nos ubicamos en una mesa de madera de tamaño mediano. Allí estábamos, en un lado, Abelardo Gómez Molina, editor, periodista y docente universitario; al centro, Wilmar Ospina Mondragón, autor de los libros: Carne para caníbales, Cartografía del mal, Relatos de una Pereira oscura y Putópolis, y en el otro costado, yo.

Sin titubeo pedimos tres bandejas paisas: “el caso es de hambre”, anotó Wilmar, nos miró inquisidor y, de inmediato, Abelardo y yo, asentimos.

A los pocos minutos, el mesero llegó con tres tazas de sopa de lentejas y, sin preguntar, las acomodó en la mesa. La sopa estaba rebosante, calientica, humeante, sabrosa, con trozos finos de carne y muy bien condimentada. Como el apetito urgía, los tres comensales tomaron la cuchara y de inmediato, la sumergieron en la sopa.

—Está buenísima —señaló Abelardo.

—Sí, está buena —agregó Wilmar, quien ya iba por la segunda cucharada.

—Está muy bien hecha —seguí yo, luego de una nueva cucharada llena de sopa de lentejas.

Pasaron unos segundos y hubo un silencio seco. Abelardo, agudo como siempre, alzó su ceja derecha y preguntó:

— ¿Nosotros sí pedimos lentejas?

—De pronto es una entradita —respondí yo.

—¿Uy, sí!, verdad. Nos trajeron fue lentejas y nosotros pedimos bandeja paisa —añadió Wilmar.

—¡Eso qué va!, eso debe ser una entradita —insistí yo.

Abelardo dejó la cuchara sobre la taza e insistió en que no habíamos pedido lentejas.

—Eso debe ser una atención de acá —subrayé yo, que ya iba por la quinta cucharada.

Wilmar también se detuvo y se hizo la misma pregunta, pero yo ya sumaba siete cucharadas de aquella sopa de lentejas.

—Se habrán confundido —murmuré.

La confusión reinaba. Hubo tensión. Abelardo alzó la mirada, buscó a una mesera, la llamó y ella de inmediato se acercó a la mesa. Abelardo y Wilmar le comentaron la situación. Por decencia, suspendí las lentejas y presté atención a lo que respondía la mesera.

—Tranquilos —dijo ella, una mujer joven de piel blanca y de cabello hasta la cintura—. Eso fue que el mesero se confundió, pero tranquilos —insistió.

Ella se acercó unos centímetros más y cuando la calma había vuelto a la mesa, dijo en voz baja:

—La sopa de lentejas vale tres pesos y no se las vamos a cobrar

Los tres nos miramos y sin decir nada, reafirmamos que había una confusión. Wilmar, admirado, dijo:

—Tres pesos.

Abelardo siguió y dijo:

— ¿Cómo así que tres pesos?

Ella, muy segura, explicó:

—Sí, vale tres pesos. No se preocupen. El otro mesero se las trajo, se confundió, pero la sopa de lentejas vale tres pesos y no se cobra en la cuenta.

De nuevo los tres nos miramos, sin entender.

“Lentejas de tres pesos…”, pensé unos segundos y no le encontraba un argumento económico sólido para justificar ese precio. Volví la mirada sobre la mesera y escuché que repitió que la sopa de lentejas valía tres pesos y al sentir su seguridad, volví a sumergir la cuchara en la taza y le resté importancia al episodio. La joven indicó:

—Ya les traen las tres bandejas. Ella se retiró.

Los minutos seguían corriendo. Wilmar y Abelardo hablaban con sospecha sobre el valor de las lentejas. Yo, en silencio disfrutaba de la sopa hasta que llegaron los fríjoles.

—Bueno, si el asunto de las lentejas vale tres pesos y no nos las van a cobrar, entonces sigamos con la bandeja —dije.

El plato traía chorizo, chicharrón, carne molida, arroz blanco, tajada, una rodaja de aguacate y por supuesto, fríjoles. Los tres, aún sorprendidos por la taza de lentejas de tres pesos, tomamos tenedor y cuchillo y empezamos con el plato fuerte. Cada uno estaba en su batalla: un pedacito de chorizo, unos cuantos granos de arroz, luego la carne, más adelante el chicharrón…, pasados unos minutos, Wilmar rompió el silencio:

—Esta bandeja está poderosa. Creo que no voy a poder seguir. Esas lentejas, me llenaron—, anotó moviendo la cabeza:

— Están mejor las lentejas que los fríjoles—, sentenció.

Sin reparos dije:

—El chorizo está algo duro, mucho chicharrón y la carne no me gustó. Lo mejor fue esa taza de lentejas.

Abelardo, más conservador mencionó:

— Yo dejo este plato. ¡Esas lentejas estuvieron muy buenas!

Apartamos la comida, el mesero recogió los platos, que estaban a medio terminar y los tres coincidimos en que lo mejor del almuerzo fue aquella taza de lentejas. Sonreímos. Nos paramos de la mesa, cada uno pagó su plato de fríjoles, el cobro de las lentejas jamás ocurrió y salimos hacia el evento. En el camino nos preguntábamos:

—¿Cómo es posible que un plato de lentejas valga tres pesos?

— ¡Vainas de la economía!—, medité mientras me acomodaba para escuchar a Albalucía.

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