Ya que terminaron las elecciones y los grupos de WhatsApp con la familia pueden tener algo de distensión, una prima decidió poner como tema de conversación en el chat familiar el asunto de la belleza de los jugadores de fútbol que van al mundial.
Alcanzamos a conversar sobre Richard Ríos, el centrocampista colombiano, sobre Maduka Okoye, el portero de Nigeria (sobre quien recaen denuncias por maltrato, supe después) y sobre Rodrigo de Paul y Mikel Merino, mediocampistas de Argentina y España respectivamente, antes de que alguien llamara la atención sobre la contradicción de andar discutiendo la belleza de los señores cuando las mujeres hemos pedido tantas veces que revisemos y evitemos la sexualización cuando ocurre con nosotras.
Se discutió si apreciar la belleza masculina es lo mismo que sexualizar a estos jugadores que, para colmo, no pasan de los 30 años y nosotras tenemos más de 40 o 50 años. Nos preguntamos si nos hemos convertido en patéticas viejas verdes. Algunas de mis primas aclararon que ellas no estaban pensando en sexo cuando hablaban de los jugadores, pero no faltó la que dijo que claro que piensa en sexo. Mucho y salvaje.
¿Es acaso lo mismo sexualizar señores que sexualizar mujeres? Esta cuestión es similar a preguntarse si existe el racismo a la inversa, dirigido desde las personas racializadas hacia las personas blancas. ¿Es lo mismo irrespetar a alguien que tiene mucho poder que a alguien vulnerable? ¿Es equivalente decirle cerdo a Iván Duque o gorila a Francia Márquez? Como dice Alejandro Sanz no, no es lo mismo ser que estar. La vida está llena de matices.
A pesar de que no me gustó el gobierno de Iván Duque, ni me considero una persona de derecha, tampoco nunca me referí a él como un marrano, pero eso es porque a mí, personalmente, no me gusta burlarme de la gordura de los demás, entre otras porque me haría falta un espejo para burlarme de mí misma. Pero no juzgo a quienes se burlan de él porque entiendo que eso no lo pone en peligro. No pasa lo mismo con Francia Márquez, que, aunque está en una posición de poder, es incapaz de desarmar ella sola, con esa condición, los siglos de racismo que la preceden y que ocurren en su contra. Ya sabemos que la justicia no es lo mismo que la igualdad. Iván Duque y Francia Márquez no son iguales, por tanto lo que es injusto para una puede ser inocuo para otro.
Pero divago, estoy hablando de fútbol y de la sexualización de los seres humanos. Apreciar la belleza no es problemático. Desear a alguien no es problemático. El problema es olvidar que detrás del deseo del cuerpo hay una persona. El problema es viciar la mirada y ser incapaces de ver al ser humano dentro de su estuche. El problema es fallar con el cuidado hacia el otro. Y esto sí es lo que pasa con la misoginia. Esto es lo que pone en riesgo a las mujeres. Esto es lo que hay en la cultura de la violación: una forma de tratar la sexualización de las mujeres que la normaliza, la minimiza o la justifica de manera que los irrespetos o las violencias ocurren en gran proporción.
El problema de la sexualización a la que estamos sometidas todas las mujeres es que esto ocasiona que nuestro valor esté dado principalmente por nuestro atractivo sexual y solo mientras lo tengamos. Pero al mismo tiempo da a entender que este valor es un capital de acceso público y que cualquiera puede tomarlo, nombrarlo, tocarlo, asirlo, si así lo desea. Habilita la creencia de que las mujeres existimos para el placer y el agrado de los señores. Y termina con las violaciones y los feminicidios que destruyen las vidas de las mujeres que son víctimas de estos delitos sin que haya una correspondencia con los victimarios que las llevan a cabo.
Que yo diga que cualquiera de esos jugadores es un papacito, que lo son, no implica que sienta que tengo ningún derecho sobre ellos o sobre sus cuerpos. No quiere decir que me abrogue el derecho de decir, por ejemplo, si me parece bien que se tatúen o no. O que señale que “les haría” como si ellos quisieran hacer conmigo. No implica que los juzgue cuando envejezcan de una manera poco agraciada para mi vista y que me moleste cuando hacen cualquier cosa diferente a ser bellos, por ejemplo: pensar, opinar, liderar, escribir, leer, ser muy mandones o muy asertivos, ser muy lobos, ponerse cosas muy escotadas, vestirse de manera demasiado recatada o no vestirse para su edad, dejarse las canas, ser padres o no serlo, participar o no en política, etc.
Pero incluso si me pusiera en ese papel de creer que tengo alguna autoridad sobre ellos, si les critico los tatuajes, si digo que les haría, estoy todavía muy lejos de ponerlos a ellos, o a los hombres en general, en el riesgo de que las mujeres, como colectivo, creamos que tenemos derecho sobre los cuerpos masculinos, y que esto termine en la violación masiva de varones, o en la estadística de que el 97% de ellos hayan sido en alguna medida vapuleados, irrespetados o asesinados.
Me doy cuenta de que esto no es sencillo de entender. ¿Cómo sabemos cuándo una mirada lleva una carga de misoginia y cuándo no? Siglos y siglos de considerar que no había ninguna conexión entre el acoso callejero y los feminicidios nos llevaron a borrar todas las líneas del respeto. Es posible que ver al presidente electo de Colombia hablando sobre las mujeres nos ayude a darnos una idea del problema:
Palidece Trump al lado de esto.
— Carolina Sanín (@SaninPazC) June 22, 2026
No miren para otro lado.
Esto es lo que ganó. pic.twitter.com/xtkdskVYXB
El problema no es el deseo, el problema no es el gusto, el problema no es la admiración por la belleza. Todos, hombres y mujeres, podemos hablar sobre la hermosura de los demás sin que sea problemático. Siempre que no creamos que los demás existen para que nosotros los admiremos, siempre que no nos adjudiquemos derechos que no nos pertenecen, siempre que reconozcamos su integridad y cuidemos a quienes habitan esos cuerpos que nos gustan, y que nos gusten también por lo que llevan adentro y no solo por lo que muestran afuera.
Para desarmar el peligro en el que estamos las mujeres de resultar violentadas o maltratadas, una de las herramientas más poderosas son los hombres que entienden todo esto y que no dejan pasar los comentarios que faltan al cuidado por parte de sus amigos y familiares. Es triste cuando ante esas actitudes descuidadas de hombres potencialmente peligrosos la respuesta de los señores decentes es el silencio, el «eso no es conmigo», el mirar para otro lado. Por eso creo que los hombres tienen que aprender sobre feminismo y, si quieren, convertirse en feministas. El mundo no lo vamos a cambiar las mujeres solas. Necesitamos hombres valientes que sean capaces de romper el pacto patriarcal y llamar la atención de sus congéneres.
Mientras tanto tú, querida amiga, me puedes seguir mandando fotos de jugadores bizcochos, y yo prometo respetarlos y admirar a quienes, además de lindos, leen poesía.